
Al acercarse la navidad quería aprovechar para escribir algo totalmente inútil y perfumado, sólo para cumplir con mi compromiso hacia esta muy honorable revista digital, que todos los meses decide ensuciar sus píxeles con los argumentos de quien, como yo, tiene muy poco que decir. Pero no se me ha ocurrido nada al respecto.
En cambio, he leído con asombro que en el río Mekong, en China, se han descubierto 200 nuevas especies vivientes, entre ellas un lagarto psicodélico y un mono que cuando llueve estornuda continuamente. Podría hablaros de eso, pero, tal vez, os interesaría más la vibrante historia de un santón indio que desde hace 38 años mantiene el brazo derecho levantado (y eso que no es un militante del PP). El problema es que ya se me ha olvidado todo. ¿Por qué? Porque me fui a la cocina.
¿Sabéis cuando, con suma dificultad, os levantáis del sofá para ir a buscar algo en otra habitación y de repente se os olvida el propósito de vuestra misión? Al parecer hay una explicación. Según el neurólogo estadounidense Gabriel Radvansky, “entrar o salir de una puerta funciona como un evento de frontera para la mente, que divide en episodios las actividades en curso y los registra por separado”. Esto significa que, cuando entramos en la cocina y vemos los muebles, el cerebro ya ha ido más lejos que lo que nos llevó allí y no siempre puede volver a la información de manera eficaz.
Llegados a este punto, os estaráis preguntando: ¿Pero de qué demonios estás hablando? Tenéis razón. La verdad es que estoy perdiendo el tiempo para no tener que discutir con Angela Merkel, que sé que me lee con avidez, ya que no me parece acorde con la atmósfera navideña. En cambio, la falta de memoria es un tema muy actual.
La crisis, entre los muchos aspectos negativos, también tiene la capacidad de hacer que vuelvan a lucir todos los estereotipos nacionalistas que dominan Europa desde siempre: franceses traicioneros, alemanes testarudos, latinos disolutos (con matices de cabaret para lo que se refiere a Italia), ingleses canallas y ferozmente hostiles a la idea europea. Igualmente, si existen, alguna base de realidad tiene que haber.
En este momento, además, los italianos son el centro del mundo. Si llegamos al default, arrastraremos al infierno con nosotros a un área de quinientos millones de personas, que a su vez estallará en la cara al resto del planeta. Después de todo, un poco de protagonismo sirve para la autoestima. Por supuesto que España, Grecia, Irlanda (más o menos el grupo de la Eurocopa…) son un problema, pero los peores líos estallan siempre en Italia. Chicos, no hay color, somos los mejores. Too big to fail.
Pero volvamos a Frau Angela. Los alemanes, en tiempo de paz, deberían ser el modelo para cualquier sociedad civilizada. El problema surge cuando se pasa de la prosperidad a un período de dificultades y hay que tomar decisiones rápidas, rompedoras, brillantes y libres de prejuicios.
El actual comportamiento de Berlín es tan obtuso, que es difícil de justificar con el simple cálculo electoralista de la Canciller, o con el ogro de la inflación, que habita las pesadillas de los sucesores de la desgraciada República de Weimar, cuyas desgracias, hay que recordarlo, nacieron precisamente de la misma actitud económicamente punitiva y moralista que ahora Berlín quiere utilizar para enderezar la espalda del perezoso Mediterráneo.
Alemania es la economía que más se ha beneficiado del euro, convirtiéndose en un magnífico exportador, especialmente hacia el mercado común, y creando un gran desequilibrio comercial entre el norte y el sur de Europa, hecho que es el verdadero problema de esta crisis (no lo son ni las deudas, ni el supuesto laxismo contable de los sureños).
En todos los países existe una parte más productiva, que exporta y consume más que todos, actuando como locomotora del sistema, mientras que los desequilibrios se compensan a través de una redistribución interna de la riqueza. Es así en Estados Unidos, en Alemania, en España y en Italia, pero no lo es en Europa, ya que, y no me caigan de la silla, Europa no es un estado.
Alemania quiere seguir exportando, pero sin aumentar su consumo interno y, por lo tanto, las importaciones, por temor a una inflación que podría tranquilamente sostener. No se da cuenta de que de esta manera acabará matando a sus principales clientes y de que, a menos que no piense exportar a Marte, va encaminada hacia la autodestrucción. Y en términos de capacidades autodestructivas Alemania no tiene rival… Si la casa se incendia, podrás intentar salvar el salón, aún así, tarde o temprano, vas a necesitar el baño y la cocina. La pregunta entonces es si Berlín, que ya no se encuentra cómoda en la vieja casa asomada al Mediterráneo, no esté pensando comprarse un apartamento con vistas a los oleoductos rusos.
Alemania no siempre ha sido así. Fue uno de los países más europeístas, gracias a figuras visionarias como Adenauer, Brandt, Schmidt, Kohl, quien renunció al símbolo laico del Marco para obtener la reunificación del país. Si Alemania es culpable de terquedad y falta de confianza en sus aliados europeos, mucho se debe a la falta de fiabilidad histórica de los mismos. París, mucho más que Berlín, siempre ha defendido obstinadamente su soberanía en el nombre de una grandeur que, desde hace mucho tiempo, es imaginaria tanto cuanto la inmaculada concepción… Aún están muy de moda en Francia las palabras del general De Gaulle: “Para hacer Francia sirvieron setenta reyes y siete siglos de sangre. ¿Y ahora nos deberíamos conformar con ser una provincia de Europa?”.
En el fondo, el obstinado rechazo alemán hacia herramientas de salvación como los eurobonos y la transformación definitiva del Banco Central Europeo en un verdadero banco central, capaz de imprimir dinero y prestarlo directamente a los estados, es también el resultado de esta motivada desconfianza. Esta vez, Alemania está dispuesta a arriesgarlo todo, antes de satisfacer las demandas de aquellos que ya le han timado demasiadas veces. La falta dramática de líderes europeos de valor hace el resto.
Dos frases del ex presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, me parecen indicativas del momento. La primera, tras el nacimiento del euro en 2001: “Estoy seguro de que el euro nos obligará a introducir nuevos instrumentos de política económica. En la actualidad es políticamente imposible. Pero un día habrá una crisis y los nuevos instrumentos serán creados”. La otra es de hace unos días: “Ha llegado el momento en que Alemania tome una decisión sobre cómo utilizar el inmenso poder logrado. Lo puede utilizar para sí misma y para la Unión Europea, o en contra de sí misma y contra de Europa”.
El euro, sin duda, ha sido un experimento formidable y visionario, pero, tal vez, demasiado precipitado. Sin embargo, volver atrás es imposible. Se han deliberadamente quemado los puentes, para no caer en la tentación de escapar hacia atrás. El tiempo de las pequeñas y anacrónicas soberanías nacionales, falsas porque en gran parte se han perdido en el mundo globalizado, ha terminado. Los gobernantes deben tener el valor de explicarlo a los ciudadanos. De esta crisis se saldrá únicamente con más Europa, todas las alternativas tienen los contornos de la tragedia.
La generación a la que pertenezco está lista, pero es necesario, en el marco de un intercambio de roles histórico, que nos encarguemos de enseñar el valor del europeísmo a nuestros padres, que por razones culturales y de edad, no consiguen sentirse, en primer lugar, europeos. De esta crisis se sale únicamente con la centralidad del pueblo europeo. Que somos nosotros. Desde la Puerta del Sol y Wall Street, tal vez haya llegado el momento de moverse para manifestarse a Estrasburgo y Bruselas, ya que es allí donde se encuentra nuestra casa.
Por ElEuropeo.es
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