El Terremoto

“Hola, ¿has vuelto?”
“Si, unos días, ¿que tal todo?”
“Ya sabes, la placa africana nos presiona”.
“Claro”
“Ahora parece que la falla se mueva hacía el oeste”.

El terremoto monopoliza las conversaciones. Cada grieta, incluso las mayores de treinta años, encuentra nuevo protagonismo. En los parques nunca he visto a tanta gente. Muchos duermen allí con las tiendas de campaña. Los que pueden han aparcado la caravana fuera de casa. Al lado de los campamientos han montado unos refugios para gatos y perros, que ellos también son ‘terremotatos’.

Terremotato’ es una palabra específica que existe sólo en italiano. O tal vez en japonés. De hecho con los japoneses tenemos mucho en común: una sociedad anciana y tradicional, una dieta sana, una clase política corrupta, un estancamiento económico veinteñal y una vieja alianza militar. Pero, sobre todo, tenemos los terremotos.

Todos los italianos al menos una vez han sentido temblar la tierra bajo sus pies. Italia es un país maravilloso (estropeado por los italianos) gracias a su sismicidad. Es una zona de frontera entre placas, una esquina curva hecha de volcanes, una naturaleza viva que se mueve y resopla, mantieniendo visible su fuerza creativa. Es un error suponer que los seres humanos puedan hacer daño a la naturaleza. Como mucho, pueden hacer daño a ellos mismos, porque la naturaleza, si le apetece, con un toque se libra de todas las ofensas sufridas.

El terremoto se anuncia con un gran estruendo. Luego empieza el temblor. Mi primera experiencia la viví en el cole. Era una hora de suplencia y estaba sentado de espaldas a la profesora, tratando de ligarme a una chica que me gustaba. Vi una grieta formarse y ocupar, de arriba a abajo, toda la esquina de la aula. Después de la evacuación, volví a entrar en el edificio para robar los bollos de las máquinas abandonadas. Finalmente se proclamó una semana de huelga contra el terremoto…

Esta vez ha sido mucho más fuerte. Todo es muy extraño, porque lo de ‘terremotato‘ es un concepto que asocio al atraso y a la pobreza, como si un sismo golpease sólo áreas alejadas o desfavorecidas. Somos de provincia y no estamos acostumbrados a leer los nombres de nuestro pequeños pueblos en los medios de todo el mundo. En Mirandola un fotógrafo de un periodico nacional pedía a una anciana que pusiese cara de desesperación para sacarle una foto impactante. La señora no le entendía. No nos gusta que nos vean desanimados. Es una mezcla de pudor y orgullo. Aquí siempre se ha ofrecido ayuda a quienes lo necesitaran, en cambio, ser los destinatarios de esta caridad, duele y mortifica.

La obra que mejor explica lo que es Emilia es Novecento de Bernardo Bertolucci. Campesinos que van a la guerra juntos y conquistan sus tierras, algo que no lograron ni siquiera en Rusia. Luego la industria y la riqueza, llevando sus tradiciones al mundo: Parmigiano Reggiano y Ferrari, vinagre balsámico y Maserati, tortellini y Ducati, Lambrusco y Lamborghini. Pero también cerámica, química, biomédica. Emilia es el mayor productor mundial de kiwis. ¡Más que Nueva Zelanda! Acero y campo viven en perfecto equilibrio. Aquí la gente es alegre y profunda, descarada y tímida. El norte del sur y el sur del norte.

Levantaremos cabeza. En cuanto se vayan los curiosos y los entremetidos.

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The English Breakfast

La organización de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 está intentando otorgar sentido a un acontecimiento que, notoriamente, se ha convertido en uno de los peores cataclismos económicos que puedan acontecer en una ciudad. Entre las iniciativas propuestas, está la de invitar a algunos de los grandes iconos de la música británica, como Keith Moon, ex batería de los Who. El problema es que Moon murió en 1978, después de una noche pasada con Paul McCartney, lo que confirma, por si aún fuera necesario, que el ex Beatle es la reencarnación del diablo.

Desde el punto de vista musical siempre he pertenecido al bando estadounidense. Prefiero el rock al pop, Lou Reed a David Bowie y Bob Dylan a Donovan. El blues es la matriz de todas mis preferencias. Los afroamericanos son lo verdaderamente específico de la música de Estados Unidos y lo que hace de Otis Redding la voz perfecta.

Con Londres siempre he tenido una relación complicada. Era el destino por excelencia de los deseos turísticos de casi todos mis amigos. El paraíso de las compras, de la modernidad. La Nueva York a la vuelta de la esquina, con el encanto añadido de las bodas reales y de la melancolía por el Imperio perdido. En cambio, a mí me ha parecido siempre demasiado arrogante. En las principales estaciones de Londres se pueden leer eslóganes como: “Los londinenses tienen un 37 por ciento más de posibilidades de convertirse en líderes de opinión”, o “Tus amigos que no son de Londres tienen que correr para mantener tu ritmo”. Suficiente para desear un desbordamiento del Támesis…

Siempre he preferido el Mediterráneo. Me gusta el calor, el sol, la buena comida, la vida en la calle, la pasión y todo lo que Inglaterra no tiene. Sin embargo, y muy a mi pesar, reconozco tener un carácter muy british. Mi self-control roza la parálisis cerebral. Soy una persona afligida por un Superyó elefantiásico, me avergüenzo en un número infinito de formas y matices. Vergüenza personal y ajena. Por otro lado, Chéjov dijo que una buena persona se avergüenza incluso delante de un perro…

Por mucho que lo niegue, estoy profundamente influenciado por el juicio de los demás, tal vez no tanto de cara a los individuos particulares, sino al conjunto de la sociedad en la que me muevo. Paolo Conte, en Wanda, ilustra este tipo de pudor, cuando a la novia que, en público, le demanda besos, responde: “Wanda, vamos, enamorados todo lo que quieras, pero no estamos solos”.

Soy muy poco almodovariano. Las pasiones –suponiendo que las tenga– las escondo bajo metros y metros de understatement inglés. Nunca me entusiasmo y, por mucho que me esfuerce, no consigo tomarme en serio. De todo esto, sin duda, es responsable mi madre, un personaje dramático que parece haber salido de la pluma de Emily Bronte (Freud estaría orgulloso de mí…) Este pudor tan fuerte se encuentra en abierta contradicción con el exhibicionismo que implica el escribir, una violencia que impongo a mi carácter. En el momento exacto en el que envío algo por escrito, empiezo a avergonzarme de ello y deseo con toda mi alma cambiarlo o eliminarlo. Es una especie de terapia de hurto. Si tuviera más dinero y fuera menos cínico, tal vez acudiría a un psicólogo, pero, de momento, prefiero ahorrar y enfermar gratuitamente a los demás, mientras me tomo una taza de exquisito earl grey.

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Saber dejar

Pasar página siempre me ha resultado  sumamente difícil. Reciclo más por mi incapacidad de deshacerme de las cosas, que por una verdadera creencia ecologista. Ciertamente tengo un perfil propenso a la síndrome de Diógenes.

Acumulo botes y fiambreras, porque pienso que algún día podría tener gana de producir toneladas de salsa de tomate y entonces los necesitaría. En mi armario tengo una radiografía de la moda de los últimos veinte años. Conservo prendas grunge, góticas, indie, algunas de las cuales muestran agujeros tan grandes como los de los balances autonómicos. Como mucho acepto que la ropa que, por decencia y dramática decadencia física, dejó de usar, pase al campo de la ‘ropa de ir por casa’. Con el resultado de acumular montones de camisetas de la Copa del Mundo de Italia ’90 o de la propaganda anti-reganiana, tejidos que con una simple mirada se pulverizan como una hostia consagrada.

En amor, en el minúscolo ámbito de mi experiencia, nunca he dejado. El estado de mártir me resulta mucho más congenial. Trato de llegar al límite de tolerancia de los demás, me pongo la máscara de gatito indefenso y, cuando realmente ya no pueden aguantar más, me queda la satisfacción de contemplar el inevitable sentido de culpa que suele coger aquellos que, con valentía, han decidido cortar.

Soy un gran conservador. Peor que el mismísimo Winston Churchill. Lo guardo todo, hasta que no se biodegrada. Si un alimento no me apetece, lo congelo. Algún día me apetecerá. Tengo cajas llenas de cuadernos y libros de texto de mi infancia, donde, entre otras cosas, puedo comprobar fácilmente como el pico de mi inteligencia se alcanzó a los siete años. A partir de entonces ha sido un colapso que se volvió catástrofe después de los veinte años. Entre las lecturas de mis catorce años estaba Charles Bukowsky. De hecho, en lo que respecta a los gustos literarios de la adolescencia, yo estaba entre los de Bukowsky y le tomaba el pelo a los de Hesse

El escritor americano también terminaba siempre por ser dejado por las mujeres, mientras que en el trabajo era menos conservador. Decía: “Siempre empiezo un trabajo con la sensación de que lo voy a dejar pronto o que voy a ser despedido, y esto me proporciona una forma relajada de hacer que se confunde con inteligencia o con la impresión de guardar algún que otros ases en la manga”.

Más o menos tengo su mismo enfoque, pero el resultado es el contrario. Yo vivo con la angustia del abandono inminente. Con la perenne necesidad de preparar un bote salvavidas, que necesitaré cuando llegue el momento inevitable de la separación.
Los trabajos que he tenido, por muy extraños y precarios que fuesen, casi nunca he sido capaz de dejarlos. Sabía que pronto se habrían agotado naturalmente, pero el primer paso hacia la conclusión no era capaz de darlo.

Despedirse de un trabajo es como dejar a una pareja. Se producen las mismas dinámicas. Al principio todo es movido por un momento de ira, frustración y deseo de libertad, pero pronto comienzan a surgir la culpa, la duda y la inseguridad.

¿Habré actuado de manera correcta? Vale, el jefe era insoportable, pero yo tampoco soy fácil y no me he portado del todo bien. Habría podido comprometerme más, después de todo él también tiene sus problemas. También tuvimos buenos momentos. El problema ha sido la comunicación. Habríamos tenido que hablar más. Queríamos cosas diferentes. Lastima. Ha sido lo correcto. Aún así, lo siento. Me pregunto si ahora él estará pensando en mi. O si ya ha encontrado a un sustituto. Tal vez lo tenía listo incluso antes de que me fuera. ¡Cabronazo! Me pregunto si él piensa que yo le pienso, o si él piensa que yo pienso que él no me piensa. ¿Y los compañeros? Pobres, los he dejado solos. Soy un traidor. Tal vez debería enviar un ramo de flores y pedir disculpas. ¿Llamo? Demasiado violento ¿Escribo? Demasiado impersonal. Aunque sólo sea para saber cómo les va. No, es mejor dejar pasar un tiempo. Tal vez algún día podamos ser solo amigos.

El problema es que no es suficiente tener un trabajo, para soportarlo también debe resultar interesante, excitante y todas esas tonterías que hacen de algo que debería ser frío e impersonal un cataclismo emocional. De hecho, lo que el trabajo hace libres queda por demostrar, sobre todo para las personas inseguras, emotivas y que tienden a lo cobarde como yo.

Además de tener el valor de dejar, una persona seria también debe saber cómo hacerlo. La forma es fondo. Como ya dije, casi siempre he conseguido evitarlo. Sin embargo, una vez me despedí de un trabajo con un e-mail, del día a la mañana. Sin preaviso (y también sin contrato…). Llevaba muy poco tiempo. El día después apagué el teléfono y desaparecí de la faz de la tierra. Ni siquiera abrí mi ordenador por temor a que, de alguna manera, el jefe fuese capaz de ponerse en contacto conmigo, poseyendo con su espíritu los microchips de mi portátil y materializándose en pantalla. En el e-mail había calculado la dosis correcta de victimismo felino, sin embargo, se trataba, ni más ni menos, de una huida cobarde de la responsabilidad. Era evidente. Una gesto vergonzoso y digno de condena total. Cómo cortar con una pareja con un sms. Pero, al menos, era una decisión y, para un cobarde como yo, ya es mucho.

“Piensen en todos los millones de personas que viven juntas, a pesar de que no le guste, que odian su trabajo, pero tienen miedo a perderlo, no es de extrañar si tienen la cara que tienen”, Charles Bukowsky.

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Un lugar feliz

Al parecer la vida en las grandes ciudades nos ha hecho inmunes a muchas enfermedades. Es lo que afirma un grupo de investigadores británicos que ha publicado un estudio en la revista Evolution. De acuerdo con los resultados de la investigación, las personas que viven en zonas densamente pobladas son más propensos a poseer una variante genética en su ADN que los hace resistentes a ciertos tipos de enfermedades como la tuberculosis y la lepra.

La vida en la ciudad, por lo tanto, hace más resistente a nuestra especie, porque, como individuos, nos selecciona con más ferocidad. Nos vuelve más fuertes y duraderos y, honestamente, no estoy del todo seguro de si es algo positivo, ya que, entre otras cosas, hay otro estudio que predice que los seres humanos en el futuro se parecerán todos a Denny De Vito…

Yo, hasta que he conseguido ser mínimamente creíble, he tratado siempre de venderme como una persona desinteresada, enmarcada en una sociedad de la que quiere ser un miembro activo, deseosa de aportar su propio pequeño grano de arena para el bien común. Sin embargo, la realidad es otra. Soy vergonzosamente egocéntrico y básicamente egoísta. Para demostración de esto está también mi incapacidad de escribir de otra cosa que no sea: yo en frente al espejo, yo de perfil, yo desde arriba, yo desde abajo, yo con bigote, yo sin bigote. De hecho, aprovecho la ocasión para pedir mis disculpas a los pacientes lectores de este espacio, que soportan este tedioso onanismo.

De verdad que estaría muy contento y orgulloso de ser capaz de imaginar increíbles y exóticas aventuras o de entablar meditaciones de sabor y envergadura universal, pero no soy capaz. Me gustaría tener la fantasía ilimitada de Emilio Salgari, que concibió a Sandokán y supo escribir innumerables novelas ambientadas en tierras lejanas, sin abandonar nunca su pequeño pueblo de provincia. Salgari escribía a destajo y acabó suicidándose, cubierto por las deudas, con un hara-kiri (lo que comprueba su imaginación y sentido del drama hasta el final). Antes de morir escribió: “La profesión del escritor debería estar llena de satisfacciones morales y materiales. En cambio, yo estoy clavado a mi escritorio durante muchas horas del día y algunas de la noche, y cuando descanso estoy en la biblioteca para documentarme. Tengo que escribir ‘a todo vapor’ carpetas y carpetas e inmediatamente enviarlas a los editores, sin haber tenido tiempo para volver a leer y corregir. A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semi-miseria o aún peor, solo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma”.

Últimamente pienso a menudo en la posibilidad de dejar la urbe, si solo tuviera medios, planes y perspectivas más claras. Podría ser feliz, creo, en un lugar tranquilo y aislado, en la orilla de algún mar o en la cima de algún pico, relajar los ojos y las orejas y ralentizar todos mis biorritmos (aunque hay quien no podría creer que mis biorritmos se puedan ralentizar aún más…) La ciudad ofrece muchas oportunidades, pero hay que tener medios y cuerpo para poderlas aprovechar y para soportar ritmos definitivamente agresivos. La metrópoli complica las relaciones humanas, haciéndolas más incomodas y fragmentadas, por otro lado, ofrece la magnifica oportunidad del anonimato. Sin embargo, una isla ofrece esto. No estoy tan convencido de que una mente creativa (y ahora no estoy hablando de mí…) obtenga un mayor beneficio de un bombardeo constante e irregular de inputs que de una tranquila meditación solitaria. De hecho, en Harvard dicen que las personas pueden guardar recuerdos más duraderos y precisos de los momentos que han vivido en solitario.

Como decía, me cuesta ver más allá de mi experiencia diaria. Pienso, hablo y escribo sobre lo que me pasa. Si me encuentro mal, tengo la necesidad de que se entere todo el mundo. En cambio, si estoy bien me vuelvo más introvertido… Incluso cuando trato de escribir para encontrar los gustos del público, con lo que creo que podría interesarle, en realidad termino pensando en un público potencial que se me parece en un modo preocupante. De manera que acabo escribiendo y hablando siempre y solo para complacerme a mi mismo. Un cortocircuito bastante miserable, lo entiendo.

Sin embargo, puede que, por paradoja, puesto delante de la total ausencia de estímulos externos, sería por fin capaz de crear un mundo ficticio más interesante que mi aburrida cotidianidad, o que, directamente, dejaría de ponerme el problema y me buscaría un trabajo de verdad. Hablaría con menos gente, pero lo haría con más ganas de escuchar. Un par de veces me ha pasado que alguien, después de leer algo simpático que había escrito, me pidiese con curiosidad contarle mi jornada-tipo, con la absurda idea de encontrar allí, vete a saber qué anécdota brillante. En estos casos habría que tratar el asunto por lo que es, una mera pregunta retórica, resultado de un rápido y efímero interés. No hace falta revelar lo banal que es la vida. De hecho, es definitivamente mejor no responder y dejar sitio al misterio, o, si no se puede callar, imaginarse una vida paralela llena de aventuras.

Salgari también tenía un maravilloso don que se concede a pocos: estaba loco. Esa es probablemente la única manera para hacer que la propia felicidad o tristeza, creatividad o trivialidad no dependan en absoluto de los lugares en donde se vive.

Por ElEuropeo.es

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El Misterio del Filete

Mientras que estaba pensando si se puede morir por psoriasis, me ha venido a la mente la luna. Nuestro simpático satélite que un vendedor de ollas de Estados Unidos, por casualidad candidato en las primarias republicanas, querría explotar, en breve, como almacén de materias primas. Siguiendo con la ciencia ficción, siempre me he preguntado qué pasaría si se anunciase la llegada de los extraterrestres a la Tierra. Más en concreto: ¿nos levantaríamos igualmente para ir a trabajar? ¿Todo terminaría siendo metabolizado y nuestra miserables certezas tampoco se rayarían? Probablemente sí. Se emitirían unas ediciones especiales del telediario, se publicarían unos cuantos millones de posts en Internet, escucharíamos un par de sermones del Papa para decir que todos son bienvenidos, siempre y cuando no practiquen el sexo fuera del matrimonio, y, en un mes, ya nos habríamos olvidado del asunto, hasta encontrarnos con el primer marciano en la casa de Gran Hermano.

Lo que realmente gusta es lo desconocido, la incertidumbre, y, fundamentalmente, la ignorancia, que ofrece seguridad y deja amplios margenes para la especulación, la fantasía y la paranoia. En esto se basa, por ejemplo, la religión. Si ya lo sabes todo, no tiene gracia y, a menudo, la verdad resulta muy banal. Nos encantan los misterios, a todos nos gustaría un primo como Iker Jiménez, que mientras nos aburrimos en la cena de Navidad nos entretenga con la terrible amenaza de la estelas químicas, la conspiración global de Goldman Sachs, los falsos ataques del 11 de septiembre y la verdadera identidad de Bin Laden, que, como es sabido, en realidad era un carnicero de Salamanca. Esto precisamente se ve confirmado por las últimas aterradoras revelaciones de su ex amante, la señora Kola Boof, que ha destapado la pasión cegadora del fallecido terrorista para la también difunta Whitney Houston, a la que, dicen, quería regalar un bonito chalet en Sudán para ganar su corazón. Afortunadamente, la prensa internacional no nos deja secos de noticias tan fundamentales.

La pasión por las verdades extra oficiales y por las conspiraciones es algo que, como italiano, conozco muy bien. A causa de una historia llena de acontecimientos misteriosos y asesinatos sin resolver, en su mayoría atribuibles a la anarquía total que siempre ha reinado en el país y a una posición geográfica fronteriza, durante la Guerra Fría, que le convirtió efectivamente en un lugar muy divertido, los italianos se deleitan con pasión en lo que ellos llaman, con un término que no tiene traducción en otros idiomas, dietrologia. El discurso sobre lo que está detrás, escondido.

Últimamente hemos tenido una prueba más de eso, con el supuesto scoop de un periódico transalpino, que afirma ser entrado en posesión de una papeleta secreta, pasada de manos entre algunos cardenales, que anuncia una conspiración interna al Vaticano para eliminar al actual Papa dentro del 2012. Os podéis imaginar la alegría general.

Si ya es notoria la propensión a la estupidez de la gente, lo que aún sorprende por criminal es la constante competición entre la prensa en el lanzamiento de la chorrada más grande. Los periodistas no son nada más que cotillas y bocazas que han encontrado en Internet la gallina de los huevos de oro.

Todo esto para llegar a decir que la historia de Contador me deja estoicamente solo contra todo (o casi) el pueblo español (en sus diversas variaciones y coloraciones regionales) y de su prensa. No os lo esperabais, ¿a que no?

Me adelanto a las críticas y en seguida reconozco. Soy una persona que juzga a los demás sin tener ningún titulo para hacerlo, basándome sobre elementos totalmente superficiales. Soy uno que, por ejemplo, cuando entra en casa de alguien comienza a analizar con modales y miradas altivas los libros y los discos, viviseccionando títulos y ediciones. De hecho, los Mp3 me han quitado un parámetro fundamental para hacerme una idea de las personas. Por otra parte, soy medianamente envidioso. Envidio un poco a todos, me siento aliviado solamente cuando una persona que envidio resulta ser más joven que yo, ya que entonces me siento superior de todos modos. Debe ser un legado enfermizo del cole. Pero, por encima de todo, soy italiano, con toda la carga y la culpa por barcos hundidos que esto conlleva… Además, los franceses, no digo que me resulten simpáticos (todo tiene un límite), pero si me parecen muy interesantes y muchas veces los he encontrado más parecidos a mi forma de ser que los propios italianos. Seguramente con los guiñoles se habrán pasado un poco (sin embargo, a mi me han hecho reír…), pero la sátira es precisamente esto. Además, los franceses son así y los amamos por eso también…

Así que, llegados a este punto, ya podéis partir vuestro ordenador con la cabeza y enviar un sicario a mi casa. Os entendería.

Los tres países (Italia, España y Francia) han tenido su momento de shock debido a la pérdida de inocencia (si es que nunca la habían tenido) tras el descubrimiento de que su atleta favorito les había engañado. A Francia le tocó con Virenque, a Italia con Pantani y a España con Contador, sólo para limitarnos al ciclismo (el deporte con más casos de dopaje, simplemente porque es el que más se controla…). Algunas veces se ha echado la culpa a los caramelos de la tía o a un café y otras a un filete, pero la sustancia es la misma y no me refiero al clembuterol… La diferencia se encuentra, tal vez, en la reacción de la gente a la noticia. La decepción fue fuerte en todos los casos, algún tonto suelto se tragó la bola del complot, pero, en general, la conciencia de que el deporte profesional es, sobre todo, un espectáculo mitológico amañado como la lucha libre y un producto económico como una película, en Francia e Italia es bastante difundida y casi nadie, a pesar de la propensión a la dietrologia de la mente italiana, se ha atrevido a llorar mucho por una supuesta conspiración. Será que somos más cínicos, o geneticamente más tramposos, o que muy pocos aún creen en la objectividad de los periodistas.

De hecho, hay menos diferencias en la forma de tratar la noticia por las prensas nacionales, que casi siempre acaban sometiéndose a la ley del silencio. Si alguien se atreve a romper ese muro mafioso, como es el caso de un periodista francés que llegó a desvelar, sin ningún tipo de chovinismo, el rendimiento sospechoso de la selección de fútbol campeona del mundo en el ’98, acaba siendo expulsado y marginalizado por su gremio. Aún así, hay matices, y la verdad es que una barrera de fuego tan compacta como la que han armado los medios españoles no tiene igual en otros países. Algunos podrían hablar de una “mala conciencia” o de complejos, otros de ceguera nacionalista. Yo prefiero hablar de “conflicto de intereses”.

En España el deporte tiene una importancia desproporcionada y la prensa deportiva una relevancia que no merece. Es cierto que en Italia se tiran motocicletas abajo de las curvas del estadio, que hay peleas y estafas, pero estas son cuestiones de falta de civismo, de orden público y de la incapacidad de mantenerlo por parte del Estado. Un problema (grave) que concierne a una pequeña y ruidosa minoría de criminales. El resto de la población, a pesar de lo que pueda parecer, no vive el deporte de manera tan dogmática. Casi nadie piensa (realmente) que sea una isla feliz o un motivo de orgullo nacional, ni siquiera cuando se gana. El deporte es el deporte, una diversión y ya está.

En España, en cambio, la cantidad de valores sobreentendidos vehiculados por el deporte es totalmente inmotivada. La pasión sin duda es genuina, pero este exceso de furor, que a menudo lleva a no ver la realidad, en gran parte es culpa de la prensa, que se alimenta como un buitre de los ídolos que crea y destruye según le antoje, lo que favorece también la falta de espíritu crítico de las personas y la creación de muchas coartadas. Más que una verdadera cultura deportista, existen fetiches. La F1 es Fernando Alonso, el deporte en si es lo de menos.

Es positivo que, por fin, se haya obtenido alguna tímida apertura política a la necesidad de enfrentarse sin hipocresía a un problema que existe desde hace mucho. Cuando también la prensa deportiva lo haga, no será nunca demasiado pronto.

Bueno, ya he terminado con mi sermón. Me imagino que ya no volveremos a vernos y que tendré que emigrar a París. Lástima, ha sido bonito hasta aquí. Ahora puedo volver a medirme la prima de riesgo para ver si la tiene más grande un italiano o un español (ciertamente no será un francés).

Por ElEuropeo.es

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El Super bajo el mar

Había una vez un pequeño pececillo rojo que no sabía nadar. Su mejor amiga era una gran ballena, que un día creó una burbuja de aire con su espiráculo, donde el pececillo podía entrar y, por fin, flotar en el mar, sin temor de ahogarse. Fue el nacimiento de una larga amistad submarina.

En esto pensaba el otro día, mientras que un chico guapo, bien peinado y afeitado, me preguntaba si la idea de gestionar la cuenta Facebook de su joven y dinámica empresa me emocionaba y me hacía sentir el aroma de la felicidad y de la realización personal.

La del pececillo y la ballena era un cuento que escribí cuando tenía siete años y que entusiasmó de forma irreversible a la pobre mujer que es mi madre. Desde entonces, su pequeño niño bizco se convirtió en un genio en potencia. Se trataba únicamente de esperar que los granos desaparecieran y luego, sin duda, habría acabado escribiendo el nuevo Canon occidental. Pero mejor, con más garbo.

Como casi todas las expectativas positivas de una madre hacia su propio hijo, ésta, por supuesto, tampoco se hizo realidad. No me he vuelto un genio, ni comprendido, ni tampoco incomprendido. No soy un escritor. Además de la falta de técnica y de genio, estoy vencido por una pereza felina. Y el talento, en el supuesto de que haya alguno, tiene que trabajar duro, para servir de algo. En cambio, si el relato es la novela de un vago, a mí se me da muy bien el resumen…

De modo que, cíclicamente, tengo que aguantar entrevistas absurdas para trabajos que realmente no me interesan. La experiencia ya me ha proporcionado las herramientas necesarias para seducir a los entrevistadores; y aún así, siempre hay un momento, hacia el final, en el que bajo la guardia y me dejo enganchar. Ocurre cuando salen del sendero técnico y se pasan al ámbito personal, tanteando las ‘emociones’. En ese preciso momento ya no puedo sostener el personaje con credibilidad, la mirada, que había mantenido segura y pegada a fuerza a los ojos del inquisidor, se me baja, los brazos, ordenadamente paralelos al busto, se me cruzan como una serpiente pitón por todo el cuerpo, la caspa, que hasta entonces se había quedado buena en su lugar, empieza a nevarme sobre los hombros y, al instante, me brotan en la barbilla recién afeitada sospechosos y pocos fiables pelos revolucionarios.

Me resulta difícil imaginar un trabajo que realmente me emocione, a parte de las fantasías infantiles que, sin duda a causa de Angela Merkel, ya no son viables… Sin embargo, por desgracia algo se tiene que hacer, para comer y, sobre todo, para responder con algo sensato a todos los que, recién conocidos, no pueden aguantar sin preguntarte acerca de tu trabajo, como si fueran todos inspectores de Hacienda… Además, tener mucho tiempo libre ya no es socialmente aceptable.

No tener tiempo para nada, andar siempre a toda prisa, se ha convertido en uno estatus symbol, así que es necesario buscarse un trabajo lo suficientemente intrusivo para poderlo presumir en público, ser respetados universalmente y tener una buena excusa para negarse a hacer todas las tareas que los ‘ocupados’ anhelan enchufarte. La única alternativa que ofrece la misma credibilidad es la de tener un hijo. Las dos cosas obtenidas al unísono nos volverían apreciados y respetados tanto cuanto la Madre Teresa o Pol Pot.

En los frecuentes momentos de excesivo tiempo libre que vivo entre un desempleo y otro, vuelvo a descubrir el placer de la cocina. No, ya sé lo que estáis pensando, pero el negocio de la hostelería requiere una inversión financiera, física y temporal, que no creo que tenga nunca el deseo y la capacidad de afrontar. Además no soy un empresario. “¡Pero entonces el problema eres tú, que no tienes ganas de hacer nada!”. Bien, veo que lo estáis pillando.

Regresando de un reciente viaje a Francia, he descubierto las cualidades de la mantequilla. Siempre la había despreciado, de acuerdo con una presunta superioridad de la cultura mediterránea del aceite de oliva. Eso sí, sigo pensando que el aceite es, en general, un mejor alimento. Pero para algunos platos específicos, sopas o risottos por ejemplo, la mantequilla es un ingrediente indispensable.

Así que el deseo de cocinar y la necesidad, muy rara, de ver en vivo seres vivientes que no maúllen, me lleva a pasar la mayor parte del tiempo fuera de casa en el supermercado de abajo. El primer obstáculo es el de superar la ansiedad que me produce pasar por delante del portero. Sé que Luis lo sabe todo sobre mí. Él sabe que vivo como un ermitaño, que no me peino y no me afeito, que no abro la puerta a nadie, que no trabajo y que, si lo hago, no se trata de un trabajo digno. Sabe que nunca salgo y que, si lo hago, es sólo para bajar al super. Él me ve y me juzga desde el alto de su flema gallega.

Una vez dentro del Consum me siento otra vez tranquilo, sereno. He establecido una ruta precisa que empieza con las verduras, pasa por la carne y el pescado y termina con los productos lácteos. La rutina del super me ofrece tranquilidad. Las luces y la gente me parecen menos amenazantes que las que encontraría en la calle. También sé que aquí nadie me pedirá un relato de mis íntimas emociones frente a los descuentos del besugo o cuestionará mis conocimientos del inglés. Es una relación clara y honesta, en la que nadie debe impresionar a nadie, por lo que muchas veces bajo en pijama y con toda mi hermosa caspa orgullosamente en exposición. También estoy convencido de que les interesan mucho mis necesidades. Por ejemplo, estoy seguro de haber impuesto la venta de nuevos productos, como la pasta italiana o las carcasas de pollo, gracias a mis compras masivas. “¡Hey, el tipo alto con la caspa anda loco por las carcasas de pollo! Hay que complacerle, es un amigo”. Pero siempre llega el momento de pagar y salir, pasando por las terribles columnas antirrobo. Aquí es cuando, a punto de regresar al feroz mundo exterior, la paz de mi mente comienza a flaquear y, de repente, estoy seguro de que, sin darme cuenta, alguien me ha metido una berenjena en los bolsillos, sonará la alarma y me llevarán a la cárcel. De hecho, a menudo, antes de salir me dirijo al banco del pescado, con la vana esperanza de que vendan lonchas de ballena capaces de fabricarme una burbuja protectora.

pd: Queda claro que escribo disfrutando de la licencia literaria y narrativa que nos conceden los pixeles en libertad y para que los lectores se identifiquen. Así que todos los que quieran ofrecerme un empleo como administrador de socialcosas, sepan que soy un trabajador de aplicación franciscana y que cumpliría con el sueño de toda una vida…

Por Eleuropeo.es

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El trabajo duro paga a largo plazo, la holgazanería de inmediato

Fellini - I vitelloni

Cuando salgo de viaje, lo primero que hago es seleccionar cuidadosamente una maleta adecuada. Una vez identificada, la relleno sin pensar en lo que realmente necesitaré. El objetivo es colmar el recipiente. Ese ‘apólogo de la maleta’ también identifica muy bien cuál es mi relación con el tiempo. Dado un cierto número de horas para dedicar al trabajo, el objetivo del juego es saturar lo más posible ese espacio de buenas intenciones, aspiraciones y proyectos, con la casi seguridad de dejar sin respuesta la mayoría de ellos. Me ocurría lo mismo en la Universidad, cuando, una vez sacados de la biblioteca los textos para el examen, me parecía que ya había hecho mi deber y que la fase de estudio real era sólo un accesorio. Mi problema, por lo tanto, no es el de encontrar sitio para todo lo que quiero/debo hacer (de hecho, tengo un montón de espacio), si no el de dilatar lo poco que realmente hago para ocupar la vasta columnata de tiempo libre disponible. Nunca he sido muy hábil en la planificación y en la gestión controlada del tiempo. No tengo una actitud ‘fordista’, más bien vivo de desarticulados e impredecibles ímpetus estajanovistas, casi siempre dictados por la urgencia. La presión es, de hecho, mi mejor combustible y con los años he aprendido que todo puede llegar a ser urgente, si se tiene la paciencia de esperar lo suficiente… Durante años he incluso usado un reloj chino que marcaba un minuto cada 55 segundos, con el intento de darme prisa artificialmente. El trabajo, sin embargo, me fascina tanto, que podría estar sentado mirándolo durante horas. Así que estoy de acuerdo con Henri Bergson, cuando afirma que la objetividad espacial de las manecillas del reloj es asunto triste que hay que dejar a los físicos. El tiempo, en cambio, es una dimensión subjetiva y una hora de ocio irresponsable vale cuanto cinco de trabajo concienzudo.

Publicado por El Ciervo

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#OccupyBruselas

Al acercarse la navidad quería aprovechar para escribir algo totalmente inútil y perfumado, sólo para cumplir con mi compromiso hacia esta muy honorable revista digital, que todos los meses decide ensuciar sus píxeles con los argumentos de quien, como yo, tiene muy poco que decir. Pero no se me ha ocurrido nada al respecto.

En cambio, he leído con asombro que en el río Mekong, en China, se han descubierto 200 nuevas especies vivientes, entre ellas un lagarto psicodélico y un mono que cuando llueve estornuda continuamente. Podría hablaros de eso, pero, tal vez, os interesaría más la vibrante historia de un santón indio que desde hace 38 años mantiene el brazo derecho levantado (y eso que no es un militante del PP). El problema es que ya se me ha olvidado todo. ¿Por qué? Porque me fui a la cocina.

¿Sabéis cuando, con suma dificultad, os levantáis del sofá para ir a buscar algo en otra habitación y de repente se os olvida el propósito de vuestra misión? Al parecer hay una explicación. Según el neurólogo estadounidense Gabriel Radvansky, “entrar o salir de una puerta funciona como un evento de frontera para la mente, que divide en episodios las actividades en curso y los registra por separado”. Esto significa que, cuando entramos en la cocina y vemos los muebles, el cerebro ya ha ido más lejos que lo que nos llevó allí y no siempre puede volver a la información de manera eficaz.

Llegados a este punto, os estaráis preguntando: ¿Pero de qué demonios estás hablando? Tenéis razón. La verdad es que estoy perdiendo el tiempo para no tener que discutir con Angela Merkel, que sé que me lee con avidez, ya que no me parece acorde con la atmósfera navideña. En cambio, la falta de memoria es un tema muy actual.

La crisis, entre los muchos aspectos negativos, también tiene la capacidad de hacer que vuelvan a lucir todos los estereotipos nacionalistas que dominan Europa desde siempre: franceses traicioneros, alemanes testarudos, latinos disolutos (con matices de cabaret para lo que se refiere a Italia), ingleses canallas y ferozmente hostiles a la idea europea. Igualmente, si existen, alguna base de realidad tiene que haber.

En este momento, además, los italianos son el centro del mundo. Si llegamos al default, arrastraremos al infierno con nosotros a un área de quinientos millones de personas, que a su vez estallará en la cara al resto del planeta. Después de todo, un poco de protagonismo sirve para la autoestima. Por supuesto que España, Grecia, Irlanda (más o menos el grupo de la Eurocopa…) son un problema, pero los peores líos estallan siempre en Italia. Chicos, no hay color, somos los mejores. Too big to fail.

Pero volvamos a Frau Angela. Los alemanes, en tiempo de paz, deberían ser el modelo para cualquier sociedad civilizada. El problema surge cuando se pasa de la prosperidad a un período de dificultades y hay que tomar decisiones rápidas, rompedoras, brillantes y libres de prejuicios.

El actual comportamiento de Berlín es tan obtuso, que es difícil de justificar con el simple cálculo electoralista de la Canciller, o con el ogro de la inflación, que habita las pesadillas de los sucesores de la desgraciada República de Weimar, cuyas desgracias, hay que recordarlo, nacieron precisamente de la misma actitud económicamente punitiva y moralista que ahora Berlín quiere utilizar para enderezar la espalda del perezoso Mediterráneo.

Alemania es la economía que más se ha beneficiado del euro, convirtiéndose en un magnífico exportador, especialmente hacia el mercado común, y creando un gran desequilibrio comercial entre el norte y el sur de Europa, hecho que es el verdadero problema de esta crisis (no lo son ni las deudas, ni el supuesto laxismo contable de los sureños).

En todos los países existe una parte más productiva, que exporta y consume más que todos, actuando como locomotora del sistema, mientras que los desequilibrios se compensan a través de una redistribución interna de la riqueza. Es así en Estados Unidos, en Alemania, en España y en Italia, pero no lo es en Europa, ya que, y no me caigan de la silla, Europa no es un estado.

Alemania quiere seguir exportando, pero sin aumentar su consumo interno y, por lo tanto, las importaciones, por temor a una inflación que podría tranquilamente sostener. No se da cuenta de que de esta manera acabará matando a sus principales clientes y de que, a menos que no piense exportar a Marte, va encaminada hacia la autodestrucción. Y en términos de capacidades autodestructivas Alemania no tiene rival… Si la casa se incendia, podrás intentar salvar el salón, aún así, tarde o temprano, vas a necesitar el baño y la cocina. La pregunta entonces es si Berlín, que ya no se encuentra cómoda en la vieja casa asomada al Mediterráneo, no esté pensando comprarse un apartamento con vistas a los oleoductos rusos.

Alemania no siempre ha sido así. Fue uno de los países más europeístas, gracias a figuras visionarias como Adenauer, Brandt, Schmidt, Kohl, quien renunció al símbolo laico del Marco para obtener la reunificación del país. Si Alemania es culpable de terquedad y falta de confianza en sus aliados europeos, mucho se debe a la falta de fiabilidad histórica de los mismos. París, mucho más que Berlín, siempre ha defendido obstinadamente su soberanía en el nombre de una grandeur que, desde hace mucho tiempo, es imaginaria tanto cuanto la inmaculada concepción… Aún están muy de moda en Francia las palabras del general De Gaulle: “Para hacer Francia sirvieron setenta reyes y siete siglos de sangre. ¿Y ahora nos deberíamos conformar con ser una provincia de Europa?”.

En el fondo, el obstinado rechazo alemán hacia herramientas de salvación como los eurobonos y la transformación definitiva del Banco Central Europeo en un verdadero banco central, capaz de imprimir dinero y prestarlo directamente a los estados, es también el resultado de esta motivada desconfianza. Esta vez, Alemania está dispuesta a arriesgarlo todo, antes de satisfacer las demandas de aquellos que ya le han timado demasiadas veces. La falta dramática de líderes europeos de valor hace el resto.

Dos frases del ex presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, me parecen indicativas del momento. La primera, tras el nacimiento del euro en 2001: “Estoy seguro de que el euro nos obligará a introducir nuevos instrumentos de política económica. En la actualidad es políticamente imposible. Pero un día habrá una crisis y los nuevos instrumentos serán creados”. La otra es de hace unos días: “Ha llegado el momento en que Alemania tome una decisión sobre cómo utilizar el inmenso poder logrado. Lo puede utilizar para sí misma y para la Unión Europea, o en contra de sí misma y contra de Europa”.

El euro, sin duda, ha sido un experimento formidable y visionario, pero, tal vez, demasiado precipitado. Sin embargo, volver atrás es imposible. Se han deliberadamente quemado los puentes, para no caer en la tentación de escapar hacia atrás. El tiempo de las pequeñas y anacrónicas soberanías nacionales, falsas porque en gran parte se han perdido en el mundo globalizado, ha terminado. Los gobernantes deben tener el valor de explicarlo a los ciudadanos. De esta crisis se saldrá únicamente con más Europa, todas las alternativas tienen los contornos de la tragedia.

La generación a la que pertenezco está lista, pero es necesario, en el marco de un intercambio de roles histórico, que nos encarguemos de enseñar el valor del europeísmo a nuestros padres, que por razones culturales y de edad, no consiguen sentirse, en primer lugar, europeos. De esta crisis se sale únicamente con la centralidad del pueblo europeo. Que somos nosotros. Desde la Puerta del Sol y Wall Street, tal vez haya llegado el momento de moverse para manifestarse a Estrasburgo y Bruselas, ya que es allí donde se encuentra nuestra casa.

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No te fíes del tiempo

Uno de los eventos más desestabilizadores de los últimos años ha sido la ruptura de mi reloj de confianza. Desde entonces no he conseguido encontrar otro en el que confiar. Siempre tengo la sensación de que me quieran robar unos minutos de sueño.

A finales de septiembre, durante un experimento llevado a cabo por el CERN, el laboratorio europeo para la investigación nuclear, un haz de neutrinos disparado desde el acelerador en Ginebra ha llegado a los laboratorios del Gran Sasso, en Italia, a una distancia de 730.534 kilometros, en 2.4 milisegundos, una velocidad de 60 nanosegundos menor que la de la luz. Esto, si se confirmara (se esperan los resultados de otros test) revolucionaría la física tal y como la conocemos (que en mi caso es muy poco…). Las teorías de Einstein deberían ser revisadas y, lo más llamativo para un ignorante como yo, se abrirían espacios teóricos para los viajes en el tiempo.

El viaje en el tiempo es una de las ilusiones más hermosas cultivadas por el ser humano. Personalmente tendría algo de miedo en viajar al futuro, mientras que haría un montón de incursiones en el pasado. El pasado me fascina más que el presente, y el futuro me asusta (que bonita es la vida ¿no?). Siempre tengo la sensación de que la que perdemos es la edad de oro y que, en cambio, nuestros tiempos serán menos relevantes. Obviamente no es cierto, pero si que  para un hombre que con veinte años haya luchado contra los nazis en la guerra será difícil encontrar otras emociones similares en el curso de su vida. Tiene que ser un poco lo mismo que le pasó a Paul McCartney tras la separación de los Beatles: “Hola, mi nombre es Paul, tengo menos de treinta años y he tocado en el grupo más importante de la historia de la música pop. Ahora nos separamos, vale, pero tengo toda una vida por delante y seguro que escribiré un montón de clásicos”. Nada, como mucho ( y mucho no es) Ebony & Ivory y porque le han ayudado…

Pensándolo bien, en el año 1600, en el mundo no había ni la mitad de mil millones de personas. Sin embargo, estaban entre ellas Caravaggio, Rubens, Monteverdi, Bacon, Galileo, Kepler, Cervantes y Shakespeare, todos vivos en el mismo año. Ahora somos catorce veces más y apenas producimos a una Lady Gaga. ¿Dónde estaría la mejora progresiva y constante? En realidad, hay un lugar y un tiempo para todo. Por ejemplo, si se te incendian los pantalones, el mejor consejo es tirarse al suelo y revolcarse para apagarlos: desde luego no es el momento para tomarse un café. Por otro lado, conocer el futuro con cierta antelación nos ahorraría un montón de decepciones.

Hay cosas que me habría gustado que me explicaran de inmediato en lugar de tardar años para entenderlas por mi mismo. Todo sería mucho más fácil si naciéramos con fecha de caducidad y un manual de instrucciones, con las cosas básicas que, de entrada, ya tienes que saber. Entre éstas las más importantes son: la mayoría siempre se equivoca y las pocas veces que tiene razón es por el motivo equivocado; la democracia no es tan divertida como dicen; nunca creas a lo que te dice tu madre: no eres el mejor en nada; el tiempo no siempre mejora las cosas.

El tiempo es un tema algo complicado. Primero, es un invento totalmente relativo (aquí, por lo menos, Einstein no la cagó). La hora que indican los relojes de todo el mundo depende más o menos directamente de un tiempo estándar establecido oficialmente en 1961 y derivado de la así llamada “hora media de Greenwich.” El Tiempo Universal Coordinado (UTC) se basa en el promedio de las señales emitidas por los relojes atómicos situados en cerca de 70 laboratorios de todo el mundo. Y la última palabra la tienen los ingleses y los franceses, vete a saber por qué… Pero, debido a que la naturaleza no es tan perfecta como los inventos humanos (…), al tiempo marcado por los relojes atómicos se debe agregar de vez en cuando un segundo extra para equilibrar las irregularidades de la rotación de la Tierra. En concreto, este ajuste se debe insertar después de la medianoche, al principio del 1 de enero o del 1 de julio, y su inclusión está decidida por el Servicio Internacional de Rotación de la Tierra (y luego me hablan de paro…), un organismo internacional con sede en París. Desde el año 1972 ha sido necesario en 24 ocasiones, la última en 2008.

En fin, no hay certezas. La raza humana no es más que moho enganchado a una piedrecilla húmeda y templada perdida en el vacío cósmico. Es suficiente un aire colado y adiós muy buenas.

De hecho, todo tiene un principio y un fin, se trata sólo de saber cómo se calcula, asumir lo imponderable y aprovechar al máximo el tiempo que nos conceden. Volando voy, volando vengo, por el camino yo me entretengo… La obsesión para la vida eterna de los seres humanos se refleja también en su relación con las cosas. Existen organizaciones internacionales que se ocupan de la creación de tecnologías para la recuperación de datos, tanto en papel como virtuales, en el caso de un desastre natural. Básicamente congelan los libros y esconden los archivos en islas que no sufran de un peligro sísmico. Bueno, guardar e intentar hacer eterno el conocimiento es un intento noble, no se lo vamos a discutir. Nos conformamos con que no guarden todo en El Hierro…

Hablando de cosas que realmente duran, descubriremos que el organismo viviente más antiguo del mundo se encuentra en Noruega y es una pícea de 8.000 años. Desde los árboles se saca el papel que, si se conserva a una temperatura de 20 grados, con una humedad entre el 40 y el 50%, puede superar los 1.000 años de vida. Entre los documentos más antiguos fechados con certeza hay un pergamino del 868 d.C., con una traducción al chino del Sutra del Diamante, una famosa oración de Buda.

Un ordenador vive un promedio de entre 5 y 7 años, CDs y DVDs originales tienen una resistencia de unos 50 años, los grabados, en cambio, no llegan a 5, los de Enrique Iglesias se autodestruyen a la vista de un billete de 10 euros. Un pañuelo de papel tiene una duración de 3 meses, un corazón de manzana entre 6 y 12, un chicle aguanta íntegro hasta 5 años, una lata de aluminio 10, una bolsa de plástico 500 y una tarjeta de crédito 1.000, el banco que la ha emitido, pues, va a ser que menos… La empresa privada que tiene el récord de longevidad es la Kongo Gumi, una constructora japonesa que levantaba templos votivos, ya que nació en el año 578 d.C. y ha sobrevivido durante 1.428 años, hasta 2006, cuando se declaró en quiebra, justo un momento antes de que llegara la crisis… Esa sí que es tempestividad.

Por lo que a mí se refiere, sé que mi tiempo aún tiene que llegar y que mi grandeza será comprendida sólo con el pasar de los siglos. El mundo todavía no está listo. Como decía Nietzsche: algunos nacemos póstumos.

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Ecomanías

En términos de protección del medio ambiente, trato de hacer lo mínimo indispensable para sentirme en orden con mi conciencia. Soy una persona perezosa y el excéntrico sistema de reciclaje y recogida selectiva ciertamente no me ayuda. Hace cuarenta años había una figura profesional, sin duda más digna que la de un community manager, que pasaba de casa en casa para recoger el vidrio. Ganaba él, ganaba la empresa productora, que así recuperaba los envases y ganabas tu, que únicamente tenías que acumular las botellas vacías y abrir la puerta al buen hombre. Ahora todo es más complicado y hay que confiar en que los residuos, tan cuidadosamente separados por nosotros, luego no se vuelvan a mezclar para que las tiendas de los chinos puedan vender tierra para las plantas…

Lo de la basura es, sin duda, el gran reto del siglo XXI. Si no se invierte la tendencia, en 2020 los ciudadanos de los 27 países de la Unión Europea producirán 558 kilos de basura por persona por año. El volumen promedio de residuos generado por cada persona en la UE fue de 468 kg en 1995 y subió a 524 kg en 2008. ¿Por qué para comer un delicioso yogur griego tengo que descartar tres capas de empaquetado, entre plástico y papel? ¿No sería más conveniente venderme un pequeño frasco de vidrio? Claro, pero entonces como van a pagar el alquiler los del departamento de marketing&packaging…?

Por lo menos, intento separar vidrio y plástico. No estoy seguro de que sirva de algo y no reciclo para hacer un favor al mundo, si no que para calmar mi propia conciencia de ‘hombre comprometido de butaca’. De modo que si luego resultase que, desde mi vidrio reciclado, acaban produciendo trampas mortales para aniquilar las ballenas, los pandas o los niños indios, bueno, ¿que quieréis que os diga? Yo habré hecho lo mío. Casi he conseguido eliminar del todo el plástico gracias a la jarra Brita. Una vez más hay numerosos estudios que demuestran todo y su contrario. Algunos afirman que la jarra es el elixir para la vida eterna y según otros provoca el cáncer subitáneo… Yo sólo sé que el sabor es bastante malo, hecho que, por supuesto, depende del agua con la que se rellena y, en el caso concreto de Barcelona, tengo que admitir que hace falta la sensibilidad medio ambiental de Al Gore para perseverar… Aún así, Brita es un invento alemán y yo de los alemanes me fío. También intento seguir la filosofía de los ‘Km 0’, o sea, que mi comida sea paseada lo menos posible por los camiones y provenga de cerca de donde vivo, de modo que me hincho a butifarra, ratas y calçots…

El otro día leí también que las radiaciones emitidas por los teléfonos móviles y por el Wi-Fi pueden ser cancerígenas y que, por lo menos, se deberían apagar los dispositivos durante la noche. Más de lo mismo. ¿Será posible que cada dos días se publique un estudio diferente? Es como para los huevos (de gallina). ¿Cómo puede ser que en el año 2011, cuando hay aviones de guerra sin piloto, dirigidos con control remoto, que llevan a cabo operaciones militares quirúrgicas, todavía no me sepan decir con certeza si los huevos hacen bien o mal? No se trata de desentrañar el misterio de la fe, habrá una manera de hacer un análisis y determinar, de una vez por todas, si es que suben el colesterol, o que no, puedes zamparte cajas que no pasa nada.

Por otro lado, algunos progresos se están cumpliendo en materia de energías alternativas. Mi hermano, un gran visionario, cuando éramos pequeños siempre me decía que, según él, el problema energético era de fácil solución. Era suficiente llenar de paneles solares el desierto del Sahara y nos habríamos olvidado de las petroleras. Incluso entonces me parecía una ocurrencia un poco simplista, pero parece que la Gran Alemania lo haya pensado en serio… También me entusiasma el proyecto diseñado para la autosuficiencia energética de la isla canaria de El Hierro. Se quiere acumular energía eólica, de enorme potencial pero inestable, utilizando un sistema hidráulico compuesto por dos depósitos situados a diferentes alturas: cuando la energía eólica supere la demanda de la isla, se bombeará agua hacia el depósito superior; cuando el viento no sea suficiente, la caída del agua almacenada en el depósito superior moverá turbinas hidroeléctricas. Además, la energía eólica producida en exceso se utilizará para la desalación del agua para uso agrícola. Una pequeña joya de sensibilidad ecológica Made in Spain, lo que contrasta con las tiendas del Portal del Ángel en Barcelona o de Preciados en Madrid, que en verano escupen aire acondicionado a plena potencia con las puertas abiertas de par en par, asegurando, además del desperdicio energético, la congelación de los pulgares de los turistas en chanclas de paseo.

Otras latitudes: seis ministros del nuevo y joven gobierno danés acudieron a la presentación en frente de la reina en bicicleta. El gobierno ha decidido incluir en su programa el objetivo de reducir las emisiones de dióxido de carbono del país en un 40% para el 2020, con la intención, para la misma fecha, de alcanzar una producción de fuentes renovables suficiente para cubrir el 50% de la demanda nacional. Me doy cuenta de que en tiempos de crisis, estos tipos de operaciones no parecen una prioridad, pero no es cierto. De acuerdo con un estudio internacional, si en los países productores de África la temperatura se elevará en dos grados, estarían en peligro las plantas de cacao. El praliné y la nocilla podrían convertirse en artículos de lujo y 2,3 grados centígrados más en Costa de Marfil y Ghana serían suficientes para tumbar una industria que en el mundo vale unos nueve mil millones de dólares.

De todas formas, mi archienemigo personal es el automóvil. Estoy medio ciego, así que no conduzco. Por suerte, la emergencia ecológica, que en los últimos años se ha convertido en moda elitista, me ha permitido salir de la condición de marginado peatón, para entrar en la de sofisticado precursor de una necesidad compartida. Una nueva, emocionante, forma de ser esnob. A pesar de que la publicidad de los coches nos presente un producto cada vez más etéreo, transparente y ligero, la realidad es otra: el coche es un objeto pesado, que apesta y hace ruido. Un Estado que funcione se puede apreciar en primer lugar en la eficiencia del transporte público. De modo que aprovecho indebidamente este espacio que amablemente me concede la redacción de El Europeo para lanzar al mundo una campaña que aspira a revolucionar nuestras vidas.

Es necesario que el Ayuntamiento de Barcelona extienda en una hora el horario de cierre del Bicing. De esto depende el futuro de la humanidad. Entiendo que nubes de ciclistas aturdidos por la Estrella Damm, vagando de noche por las calles de la urbe, puedan preocupar. Por lo tanto, no voy a unirme al coro de los que exageran. Sólo pido que el cierre del servicio pase de la medianoche a la una, para poder regresar a casa desde el cine, o de la cerveza (sin alcohol) infrasemanal con los amigos. Es una batalla de civilización, por la que realmente vale la pena indignarse. La bici es la respuesta definitiva y tiene que volver a ser un estatus: ágil, elegante, saludable y confortable. Así que ¡animo, compañeras y compañeros, que el pueblo unido (en bici) jamás será vencido!

Por ElEuropeo.es

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Mediterráneo

Una de mis películas favoritas es Mediterráneo del director italiano Gabriele Salvatores. Es una película pequeña, familiar, llena de defectos, pero sincera y leve como siempre deberían ser las obras de arte. Cada vez que me la encuentro, absorbo sus dos horas, sin siquiera darme cuenta. Un manípulo de soldados italianos durante la Segunda Guerra Mundial se ve olvidado por el mundo que está cambiando en una remota isla del Mar Egeo. Una de las intuiciones más felices de la película es la de considerar como única la raza mediterránea: “italianos, griegos, una cara, una raza”.

Yo me considero un hijo del Mediterráneo. Aceite, perejil y orégano son mi Santísima Trinidad. Muchos de mis amigos más cercanos, italianos como yo, en cuanto pueden, huyen hacia el norte de Europa, para recrearse, envidiando el espíritu cívico, el dinamismo, la orden y la búsqueda constante de la modernidad que caracterizan a esas gentes. Yo, por el contrario, cuando puedo huyo hacia el sur. Y siempre tendría un sur más al sur a donde ir.

El Mare Nostrum de los romanos desde siempre parece juntar a los países que baña en un destino común. Son principalmente los estados caóticos del sur de Europa, de hecho, aquellos que, en estos momentos, están a punto de arrastrar a los abismos financieros los rigurosos norteños. En general, en el mundo, es la línea entre el Norte y el Sur, la que marca las diferencias entre dos mundos y dos perspectivas completamente diferentes. Entre un yin y un yang. Una línea que puede manifestarse con los perfiles concretos y rocosos de los Alpes y de los Pirineos o con los límites abstractos y topográficos del ecuador. Incluso dentro de los mismos países, las diferencias de carácter y hábitos maduran casi siempre en el ámbito de un sur y de un norte.

Sin embargo, existe otra línea divisoria, vertical, que separa el este del oeste, y que, en algunos momentos particulares de la historia, ha signado la frontera entre los dos polos de la humanidad. Ocurrió con la división en dos bloques del Imperio Romano y después con la Guerra Fría. En general, se trata de una distinción más difícil de comprender, porque no se perciben inmediatas referencias climáticas y las somáticas se manifiestan de manera más matizada. Aún así, puede ser igualmente profunda.

Los dos países de los que formo parte, Italia y España, a menudo y en modo un tanto tosco, vienen asociados a una idea de sur desordenado, juguetón e irresponsable, mientras que las diferencias entre los dos pueblos son enormes y fruto, precisamente, de la línea entre este y oeste.

La característica más común en los pueblos del sur es, sin duda, la vagancia, así como una especie de fatalismo. Sin embargo, a Italia hay que añadir también los ingredientes de Levante. Es un país que mira a Oriente, desde que los romanos se enamoraron de Atenas y Bizancio e introdujeron en su cruda y oscura disciplina militar-campesina, los lujos, la pompa y el placer de vivir que en Oriente se cultivaban desde hace siglos. La actual obsesión por las formas, la estética y por una moda que, a menudo, resulta excesiva, incluso ridícula a veces, es hija también de ese antiguo amor. El chico italiano que hoy en día desfila en manada en el paseo marítimo de Lloret de Mar, luciendo un improbable polo rosa y horribles bermudas a cuadros, debe esta debilidad a la seducción que los bálsamos, los perfumes y los trucos de las provincias orientales fueron capaces de ejercer sobre los austeros romanos.

El pueblo ibérico, en cambio, es una raza del sudoeste. Incluso en su pereza y ruidosidad sureña, queda vinculado a un pragmatismo lógico, sin perendengues y, al menos en parte, organizado. La lengua española y los modales de su gente son más abruptos, más esenciales, se dice ‘sí’ o ‘no’ de una forma clara y nítida, en un restaurante se pide diciendo ‘yo quiero’ y no ‘yo querría’, como en Italia. España es la tierra del idealismo transparente del Quijote. No se conoce otra manera de ganar que no sea la de ser simplemente los mejores. En Italia, por el contrario, los resultados pueden, o tal vez deben, llegar de forma oblicua. Por esta razón, la espera, el apaño, la modificación de la realidad son la praxis y una reputación de deshonestidad, de duplicidad y opacidad acompaña a los italianos desde que se pueden definir un pueblo. Se trata de un rasgo muy oriental. El amor por el recorrido sinuoso, largo y ondulado y la desconfianza hacia lo recto, corto e linear es lo que más diferencia Italia y España.

Incluso para el italianismo Vaticano, España, desde Torquemada hasta Escrivá de Balaguer, ha tenido siempre una función práctica, de ágil y operativo brazo ejecutor de la voluntad de una jerarquía compleja y engorrosa.

“Venecia me recuerda instintivamente a Estambul” es un verso de una canción de Franco Battiato. Es cierto. Venecia fue la segunda Roma, después de que la primera cediera el cetro del Imperio a la propia Bizancio. La basílica más importante de Venecia es San Marcos, quien también es el patriarca de la Iglesia copta cristiana de Egipto, y está llena de tesoros que la Serenísima República sustrajo desde Santa Sofía, cuando conquistó Constantinopla después de la cuarta cruzada: “italianos, turcos, una cara, una raza”.

La inspiración para estas embarulladas reflexiones me vino a raíz de un encuentro con un chico egipcio, Ahmed. Un ejemplo, tal vez raro, de cristiano copto atemorizado por la pérdida de protección que la dictadura laica de Mubarak le garantizaba y decididamente en contra de los cambios socio-políticos que su generación está impulsando en el país.

Ahmed está enamorado de Italia, la frecuenta e incluso allí ha tenido una novia. Ahmed estima mucho a Silvio Berlusconi, tal y como estimaba a Hosni Mubarak. Considera a ambos como garantes de la democracia. Ahmed piensa que Italia es el país donde tal vez podría encontrar a una chica para casarse. Ya había estado cerca, después de todo: “italianos, egipcios, una cara, una raza”.

En cambio, España le resulta demasiado liberal y excesivamente frívola: “España sólo es follar”, me dijo. El machismo, la homofobia, el oscurantismo religioso, la conservación y el culto a la personalidad del sultán son, ahora, las características de Italia más fascinantes para un joven egipcio excluido de los cambios de su propio pueblo.

Ya parecen muy distantes, y quizás perdidos para siempre, los tiempos en que el puente entre Roma y Oriente estaba formado por el helenismo, el amor visceral por la belleza y el humanismo laico del emperador Adriano. Un español, por cierto.

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¿Papa o Zarigüeya?

Un reciente estudio de la George Washington University (o cualquier otra institución americana, que da lo mismo…), por fin me ha confirmado una sospecha que guardaba desde hace mucho tiempo: el cerebro humano se encoge.

No se trata sólo de la degeneración inevitable que le ocurre al ser humano después de cuatro Barça-Madrid o de una exposición forzosa al desfile de superficialidad de Callejeros Viajeros, más bien hablamos de un fenómeno natural relacionado con el envejecimiento. La disminución llega alrededor del 15 por ciento de nuestro cerebro. Otros factores que, además de la edad, pueden afectar o acelerar ese proceso son el estrés y la depresión, junto con algunas concretas condiciones y estilos de vida, que ahora les vamos a elencar, para sus alegría.

El dolor de espalda crónico puede causar una reducción del tamaño del cerebro de hasta un 11 por ciento. Yo, por ejemplo, poseo una espalda inútilmente larga (de hecho, siempre estoy sentado o tumbado) y totalmente carente de músculos. Llevo tiempo pensando en comprarme un corsé ortopédico, para obligarme a mantener una postura correcta y, al mismo tiempo, infligirme un poco de mortificación a la carne, algo que nosotros los judeo-cristianos nunca rechazamos.

El alcohol, y el vino más que la cerveza. Confieso ser un buen bebedor, pero no soy un gran aficionado a la cerveza. El orujo y el vino, en cambio, son compañeros inseparables.

Adicción a Internet. ¿Qué puedo decir? Ya les he hablado de las maravillas del teletrabajo

La falta de sueño. No es que duerma poco, el problema es que necesito plazos bíblicos. De hecho, sin mis 12 horas de sueño no soy persona.

La falta de sol. Bueno, digamos que la última vez que salí de casa, la Duquesa de Alba aún se podía considerar un buen braguetazo.

Marihuana. El estudio se llevó a cabo con grandes fumadores, con un promedio de cinco porros al día durante veinte años. Digamos que todavía no juego en esa liga de profesionales, pero sí tengo talento.

La religión. Aquí el estudio podría perder toda su credibilidad (en caso de que nunca la hubiera tenido…) y, en todo caso, es el único punto de la lista que me falta. Aunque sólo parcialmente.

De hecho, cuando era niño quería ser espía, pero ahora el encanto vintage de la Stasi ya no es replicable, el KGB se ha evaporado en el vodka y al Mossad ya no le quedan nazis para cazar. De modo que el segundo sueño que tenía de pequeño, ahora es el que más estimula mi fantasía: me gustaría ser Papa.

Sería un Papa muy campechano, como le corresponde a un rey de una monarquía absoluta. Disfrutaría mucho más que los dinosaurios actuales que vegetan en el Vaticano. Aprovecharía el rollo de la infalibilidad para echar chorradas urbi et orbi, a las que todo el mundo, por supuesto, tendría que obedecer. Haría obligatorio tomar zumo de pera tres veces al día, impondría la escucha de Marvin Gay en escuelas y hospitales y ordenaría a los fieles que caminaran hacia atrás durante tres cuartos de hora cada primer jueves del mes; o también argumentaría, sin reír, que las mujeres tienen alma desde hace sólo cinco siglos (ay no, esto lo han dicho de verdad).

De hecho, mi medio favorito, mucho más que los periódicos, la televisión y la radio, siempre ha sido el balcón. Es mi tipo ideal de comunicación: me asomo, pontifico durante una media hora sin interrupciones, la gente me escucha y, cuando termino, me largo sin más. Sería realmente un gran Papa. También me encantan los sombreros raros y ofrecería un gran espectáculo sobre el papamóvil, saliendo de la papacueva. En resumen, todo encajaría a la perfección.

La única alternativa del mismo nivel de la de ser Papa, podría ser la de convertirse en zarigüeya. De hecho, deben saber que la zarigüeya, a través de una estimulación adecuada, puede entrar en un estado que se aproxima al coma, que puede durar hasta cuatro horas. El bicho se cae de un lado, con la boca y los ojos bien abiertos y la lengua afuera, emitiendo un líquido verde con olor apestoso desde el ano. Esto generalmente desalienta a la mayoría de los depredadores.

Como pueden ver la elección no es nada fácil. Las dos figuras tienen su propio encanto. Tal vez, convertirse en Papa presuponga un menor esfuerzo intelectual y puede que, con más de treinta años, ya sea mejor conformarse. Por otro lado, desde Cambridge, el profesor Simon Laughlin, un neurobiólogo, afirma que la inteligencia humana ya ha alcanzado su máximo desarrollo posible y que la evolución no da para más, porque también las neuronas tienen sus límites. De modo que si de verdad es así, tenemos que tomar nota y no pretender lo imposible.

Sin embargo, la religión sigue siendo un argumento interesante, lástima que la gente se lo tome demasiado en serio, hasta el punto de que a alguien, por ejemplo en un país nórdico, con poco sol, noches de verano muy cortas y poco sueño, buenas conexiones a Internet y un consumo elevado de alcohol, se le encoja demasiado el cerebro y decida matar a docenas de personas con una ametralladora.

En realidad, es bastante comprensible, es decir, si disfruto leyendo mucho, acabaré teniendo ganas de escribir; si me gusta comer bien, antes o después, es probable que quiera cocinar; y si, en cambio, me paso todo el tiempo entreteniéndome con el más allá y con lo que habría después de la muerte, pues es normal que acabe deseando crear un poco de esa muerte…

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Risk!

Definitivamente he encontrado mi nuevo héroe. Se trata de Niko Alm, un joven empresario austríaco que posó para la foto del carnet de conducir con un colador de pasta en la cabeza, símbolo religioso de los pastafarianos. El “Espagueti Volador”, el Dios de los pastafarianos, por fin me ha dado la respuesta a la madre de todas las preguntas: ¿Qué hay después de la muerte? Una carbonara.

De modo que con una renovada confianza en el futuro y un espíritu verdaderamente milenarista me aventuro en previsiones apocalípticas para este montón de piedras, agua y cremas solares que es la Tierra. Mi conocido sexto sentido de araña me dice que nos acercamos a una buena guerra. Eso sí, no será mañana o pasado, pero vamos hacia esa dirección. Que es un poco como decir que nos acercamos al fin del mundo o la vejez: es decir, una cosa natural. Esta sensación, combinada con una gran pasión por el juego de mesa Risk, me lleva a imaginar un escenario global dividido por tres jugadores: Estados Unidos (EEUU), China y Eurusia.

(Aviso a los navegantes: a partir de ahora el tono dejará de ser satírico, para convertirse simplemente en una inútil chapa. Para los que quieran leer algo más serio, como siempre, les consejo nuestros amigos de lavanguardia.es, que les entretendrán con la interesante historia de la mozzarella de búfala catalana).

Según un texto de geopolítica muy en boga en los años setenta, Guerra y cambio en la política internacional de Robert Gilpin, cualquier sistema político se mantendrá estable, siempre y cuando ningún actor tenga un incentivo para el cambio y, sobre todo, hasta que el sujeto hegemónico, en nuestro caso EEUU, tenga los recursos necesarios para su defensa. El problema es que, una vez alcanzado un equilibrio entre costos y beneficios de una expansión, los costos de mantenimiento del statu quo tienden a crecer más rápidamente que la capacidad de su financiación, con el consiguiente riesgo de crisis fiscal de la potencia dominante. Bueno, hasta aquí es más o menos crónica de las últimas horas.

Si la situación continúa de esta manera, el sujeto hegemónico llega inevitablemente a la decadencia económica y política. Frente a este desafío, a su vez, el país dominante puede responder de tres maneras. En primer lugar, tomar medidas sobre la gestión interna de sus recursos económicos. En segundo lugar, la disminución de los compromisos internacionales, reducir los gastos de defensa y/o una redefinición de las prioridades de política exterior, con el abandono de los escenarios no estratégicos. Y aquí también estamos bastante cerca de la actualidad.

Por último, la tercera vía es aprovechar la ventaja militar para recuperar el terreno perdido en la economía, optando por una guerra preventiva. Esta guerra va a dar lugar a una redistribución del poder entre los Estados. Sucedió con la guerra del Peloponeso entre Esparta y Atenas, con la Guerra de los Treinta Años, con las guerras napoleónicas, y, finalmente, con la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Obama, por ahora, parece haber optado por la retirada estratégica. Hoy en día EEUU se encarga de la mitad del gasto militar mundial, y muchos piensan que, en tiempos de crisis, tal vez sea el momento de dejar a sus aliados europeos a su destino, privándolos de la sombrilla militar que los ha protegido durante 62 años. El Pacto Atlántico ya está superado.

En tema de guerras preventivas, útiles para reducir el esfuerzo, la clave es la tempestividad y creo que EEUU ya ha perdido ese momento. Para poner en seguridad su dominio planetario, América habría tenido que ir a la guerra contra China después de Tiananmen. Los chinos estaban muy mal armados, tenían la artillería rusa de los años 50 y, aparte de algunas camisetas, no producían nada que sobreviviera al primer lavado. Una gran parte de la población estaba dispuesta a rebelarse, facilitando la entrada en masa de capitales estadounidenses y la compra del país. Un remake del Plan Marshall. Luego, al igual que los británicos después de las Guerras del Opio, habrían podido fomentar el nacionalismo cantonés con la división en al menos cuatro estados (China del Norte, China del Sur, Tíbet y uno o dos repúblicas asiáticas, Uigur y demás).

Sin duda, habría sido una tragedia sin precedentes, con millones de refugiados, pero los Estados Unidos, recientes ganadores de la Guerra Fría, en ese momento tenían la autoridad moral y el poder para hacerlo. Ya no es así. EEUU se ha deleitado durante veinte años con su supremacía mundial, perdiendo la visión estratégica, cuidando sólo de las fuentes de materias primas en una guerra sin sentido e innecesaria contra el Islam, aliándose con Pakistán en lugar de con India y cuando se ha dado cuenta de China ya era demasiado tarde.

Ahora el gobierno chino cuenta con el apoyo de la mayoría de la población, los jóvenes son más conformistas que los de los años 80 y ven el resultado de dos décadas de industrialización y desarrollo. Quieren vivir como occidentales y no se preocupan demasiado por los derechos civiles y políticos. Son nacionalistas y esencialmente están agradecidos a sus élites políticas. Las economías del mundo dependen cada vez más del mercado chino que del americano, que, en cambio, no hace otra cosa que crear burbujas aterradoras. Por otro lado, China ha logrado el récord mundial de consumos y desde hace dos años se ha vuelto el mayor importador de petróleo de Arabia Saudita, superando a Estados Unidos. La reducción de los recursos alimentares y el crecimiento de la población han creado un nuevo colonialismo agrario, llevado a cabo principalmente por el Celeste Imperio, que ha conquistado vastos territorios de América Latina y de África, con moneda en vez de armas.

Al mismo tiempo, las bases militares estadounidenses rodean China en el Pacífico, con una doble línea desde Japón a Filipinas. China importa el 80% del petróleo a través del Estrecho de Malaca, por el que la supremacía naval en el Pacífico es esencial para su existencia. Sin embargo, ahora quien manda en los mares es EEUU, que todavía tiene mucha credibilidad y, finalmente, el poder, que proviene de su fuerza militar. La guerra preventiva, de momento, parece congelada en función de una guerra de desgaste.

En cuanto a Eurusia, el eje Moscú-Berlín (el gasoducto North-Stream) ya es una realidad y está destinado a reforzarse por el bien de ambos. Mi visión de Europa es muy similar a la medieval. Ya que una verdadera unidad federal no se realizará nunca, confío en el nacimiento de una gran federación dividida sobre la base de distritos regionales económicos y productivos, cuyas principales tareas comunes sean delegadas a partes de esa, de acuerdo con el ejemplo supremo de Carlomagno. De modo que los francos, grandes guerreros, serían los responsables, junto con los turcos neo-otomanos, de la defensa. La que fue la Liga Hanseática (Alemania, Países Bálticos y Escandinavia), junto con Suiza, Holanda y las ciudades del norte de Italia se dedicaría a la producción industrial y al comercio, de acuerdo con la tradición de la tierra que inventó los bancos y la figura del comerciante-empresario. Los británicos, en cambio, no son parte de Europa, hay que asumirlo de una vez. Todas las demás regiones, que no creen problemas y que se conformen con el sol y el turismo, que ya es mucho.

Desafortunadamente, debido a la expansión del culto de los espaguetis, ya no será el Vaticano como en la Edad Media quien proporcione el sustrato ideológico-religioso común, habrá que inventarse otra cosa (¿Eurovisión? ¿La Champions?). Luego, dejaremos que Alemania ocupe Polonia y aplaste el Grupo Visegrád (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia), pro-estadounidense y esencialmente hostil a la tenaza de Eurusia, que Francia se tome Bélgica (de hecho, Marine Le Pen ya acaba de proponer la anexión de Valonia a la Republique, o sea, que vamos bien), además de otras necesarias simplificaciones territoriales. No obstante, ça va sans dire, seremos firmes en la protección de la mozzarella de búfala catalana.

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El Estilita

El otro día mientras estaba a punto de comenzar la gran revolución de nosotros-los-jóvenes-rebeldes-de-internet, mirando en el Youtube unos vídeos subversivos de gatitos, me encontré con una noticia que ha desviado por un momento mi indignadísima atención de los preparativos para la conquista del planeta.

El artículo trataba de un par de simpáticos ladrones que habían establecido una estrategia criminal nada mala. El primero depositaba dos maletas dentro del maletero del autobús que transporta a los turistas Ryanair desde el aeropuerto de Girona a Barcelona. El segundo se quedaba encerrado en una de las dos maletas. La otra estaba vacía. Al ponerse en marcha el autobús, el contorsionista salía de su escondite y, armado de una linterna y una lezna, abría y saqueaba los equipajes de los pasajeros, guardando el botín en la valija vacía. Después volvía a ponerse a piltra en su trolley y al llegar a la estación era retirado por su cómplice.

Bueno, ésta para mí es una manera de ganarse la vida digna de mención. Implica riesgo, ingenio, habilidades técnicas y acrobáticas no comunes. Yo, en cambio, teletrabajo y nadie me toma en serio. Ni siquiera los seres más queridos, a los que, por pereza, siempre termino proporcionando versiones fantasiosas para justificar el mísero sueldo que percibo. De hecho, es sabido que el trabajo determina la opinión sobre las personas y que la consideración y la estima de la gente proceden exclusivamente del dinero que se produzca con el trabajo, o, en caso de falta de dinero, de la fama que seamos capaz de adquirir. En un contesto social normal, a falta de dinero y de fama, para obtener la consideración de los demás, como minimo tienes que trasplantar gratuitamente corazones a niños mutilados.

El teletrabajo, sin embargo, tiene también aspectos positivos. Para un sociopata como yo, representa el antídoto a la ferocidad del mundo. Te concede el calor del hogar durante lo fríos días de invierno. Puedes cultivar luminosas dermatitis que te acompañarán por el resto de tu vida junto con la escoliosis. Cada media horita puedes averiguar si el Madrid y el Barça finalmente han fichado a Maradona, Marilyn Monroe y John Belushi, como se aseguraba media hora antes, controlar que en Bélgica no se haya, por error, formado un gobierno, mirar el color de la ropa interior de Lindsay Lohan, explorar un poco de porno casero, aprender que la alcachofa de Navarra cura/causa el cáncer y encontrar al menos un par de razones para indignarse tan fuerte contra el capital, los bancos, el gobierno y el vecino de arriba, que no podrás evitar comprar una tienda de acampada en el Decathlon… ¡Y todo eso únicamente abriendo la homepage de LaVanguardia.es!

Aún así, nadie te toma en serio. No puedes decir que estás cansado, porque nadie te creería. No puedes decir que no te apetece salir de casa, porque nadie lo entendería. No puedes quejarte del tráfico, del tiempo, de las mierdas de perro, del terrorismo internacional, de los policías, de los chinos o de los gallegos, porque nadie te tomaría en serio. Por qué trabajas en casa. Eres como un niño de ocho años. El mayor problema del teletrabajo es que te quita el derecho a quejarte en público. Si te deprimes (y te deprimes con toda seguridad), tienes que apañarte solo. Ya no eres parte de los “normales”, perteneces a una especie de secta de pringados. Al igual que los metaleros o los panaderos. Cuando te das cuenta de eso, acabas descubriendo los foros, los blogs y las redes sociales y es allí que inicia el final del individuo.

Por lo general, no se juzga una cosa por lo que es, si no por lo que representa para los demás. Del mismo modo, el teletrabajo para los demás nunca será un trabajo real, ya que se asocia inevitablemente con el concepto de hogar, que es incompatible con el de trabajo. No hay nada que hacer. Es como juntar el jamón con la nocilla. A menos que no se abra un puticlub (y no se crean que no me lo haya planteado), tele-trabajar nunca gozará del mismo prestigio de trabajar. Una condena a la mediocridad que no puedo aceptar.

Así que creo que renunciaré. No solo al tele-trabajo, si no que al trabajo en general. Los que consideran que el ocio es el padre de todos los vicios, en realidad están diciendo que ser libres es el padre de todos los vicios. Por otra parte, hace siglos ociar era considerado noble y trabajar vergonzoso y yo con el pasado siempre me he llevado mejor que con el presente y con el futuro. Se preguntarán cómo podré sobrevivir. Bueno, muchos de mis ilustres predecesores, como Buda, Lao-Tsé, o San Francisco, han encontrado la armonía en la renuncia a los bienes materiales y en la peregrinación. Moverse continuamente para no depender de nada.

Ahora, en términos generales, estoy de acuerdo con esa idea, sin embargo, la movilidad constante ínsita en el concepto de nomadismo, en mi caso ya se ha vuelto impracticable por la atrofia muscular causada por años de teletrabajo. Si ya no estoy acostumbrado a estar de pie, figúrense a caminar. Además, también la peregrinación me parece una forma de inquietud y de búsqueda constante de factores estabilizadores externos. El peregrino también depende de la aprobación del prójimo y de su acogida, en cambio yo quiero eliminar cualquier vínculo y dependencia del mundo exterior.

De modo que mi modelo de libertad sigue siendo el del estilita, que luego ha sido remoldeado, con su habitual laxísmo, por los cristianos, a través de la figura del ermitaño. Ya ven que esfuerzo, vivir una vida entera en un refugio de montaña. Por mi firmaría ahora mismo. En cambio, el estilita transcurría el resto de sus días sentado encima del capitel de una columna. Una experiencia mucho más radical y merecedora. Ahora sólo tengo que encontrar una columna con un par de entradas USB.

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Ayrton, el Héroe

Publicado por El Destilador Cultural

Senna, del director británico, Asif Kapadia ( Far North) probablemente es el mejor biopic que haya podido ver durante los últimos años. Siempre he sufrido una forma de fascinación ambigua hacia las operaciones de hagiografía del héroe, a menudo realizadas por Hollywood y alrededores. Por un lado, me conquistan, ya que la magnitud de las historias memorables, fuerte del poder de atracción gravitatoria de sus grandes masas, consiguen interceptar la atención del polvo atmosférico formado por los anónimos como yo. Por otro lado, sin embargo, siempre he logrado mantener una reserva de escepticismo, debida principalmente al rechazo de la grandeza ajena, en nombre de una hipotética (cuanto poco probable) futura grandeza personal. Envidia, dirían los pobres de lenguaje.

Senna‘, sin embargo, es otra cosa. En primer lugar es un documental y no una reconstrucción imaginaria de la vida de una personalidad monumental. Siempre me han dejado perplejo las formas con las que se describen los grandes hombres en las películas biográficas. Se suele arrancar de la certeza de que también fueran grandes adolescentes y, antes de eso, incluso grandes niños. En cambio, ‘Senna‘ empieza por donde tiene que empezar: las carreras. Las orígenes de Ayrton no se encuentran en las favelas, al revés, son las de un hijo de una rica familia de blancos paulistas, que ha podido continuar en búsqueda de la velocidad gracias al dinero de los padres. La construcción del mito personal empezó únicamente desde el momento en el cual se puso en la pista.

Viví en primera persona aquella epopeya, porque tenía los años adecuados y la pasión para los motores, que me deriva del haber nacido en la misma tierra del mito ferrarista. La Fórmula 1, antes de que se convirtiera en el departamento de I+D de los grandes fabricantes de coches, era uno de los deportes más románticos y (paradojicamente) humanos que hubiese. Era el desafío supremo del talento del hombre que arriesgaba su vida para demonstrar su valor en la manera más clásica y épica que exista: la velocidad. Era como la corrida de toros. Pero el ser humano desafiaba únicamente a sigo mismo y sus límites. No había otras víctimas, si no el mismo héroe.

Ayrton Senna era todo esto. Era el héroe perfecto. Bellísimo, astuto, inteligente, sensible, ganador, humano e inadecuado a la política, porque talento puro. Como envergadura filosófica se trata casi de un personaje de Werner Herzog: un hombre que protagonizaba duelos públicos con la “naturaleza” y a menudo salía ganador. Hasta el final trágico y épico. Ciertamente, esta es la visión de quién, como yo, ha profundamente amado e intenta, con mucha dificultad, seguir amando este deporte. La misma visión que, obviamente, ha animado a los que realizaron este documental. Ayrton no era un santo y no era perfecto. También perdió o ganó mal. Pero la muerte joven y trágica le ha hecho inmortal e inalcanzable por otros mitos del deporte moderno.

Las imágenes de archivo presentadas en el documental son extraordinarias. Se trata en gran parte de material privado proporcionado por la misma familia Senna y de secuencias exclusivas, que, por primera vez, la sociedad que gestiona los derechos de la Fórmula Uno ha aceptado publicar. Por lo tanto, podemos asistir a las reuniones técnicas de los pilotos antes de las carreras, que ofrecen una visión sin precedentes de la realidad del circo de la velocidad. Donde un presidente déspota y hosco debe mantener a raya a los numerosas gallos de un gallinero rico, pero frágil, ya que fundado sobre la danza del límite. Sobrepasar el confín podría significar el fin de los juegos, sin embargo, no intentar alcanzarlo resultaría igualmente un fracaso.

Del mismo modo, las caras de los pilotos, de la gente real, tienen una fuerza que ni el mejor escritor, con el respaldo de los actores más intensos, habría podido alcanzar. Alain Prost y Senna ponen en escena una rivalidad tan visceral y autentica que sería impensable en el deporte plastificado y dominado por los patrocinadores al que estamos acostumbrados hoy en día. Las imágenes de Ayrton que, destrozado por la fatiga, es incapaz de levantar el trofeo de una carrera dominada, o los fotogramas robados al piloto en la soledad de su monoplaza, antes del inicio de su última puesta en escena, cuando parece (parece) que supiera lo que iba a pasar, poseen una fuerza dramática extraordinaria. A partir de ese terrible domingo 1 de mayo de 1994, este deporte ya no ha sido el mismo y por primera vez en mi vida me di cuenta de que la inmunidad no existe. Incluso los héroes mueren.

Senna‘ es cine y es cine muy potente. Pero no estoy cierto que lo sería para todos. Personalmente, me hizo revivir las mismas emociones de hace casi veinte años. La misma confusión e incredulidad para la muerte inaceptable de un hombre que no podía, ni debía morir. Por supuesto, incluso en este relato, la ‘leyenda‘ a menudo supera el ‘hombre‘, y las empresas deportivas acaparan la admiración del espectador, que todavía hoy se queda extasiado por el tamaño de gestas que parecen desafiar a los dioses y evocan el mito clásico de Prometeo y de la ‘hybris‘ humana. Por otro lado, ¿que es el deporte, si no leyenda, epopeya y mitología? El deporte necesita héroes y Ayrton lo fue, a pesar de que sus ojos, capturados en la soledad de los boxes, a menudo revelan la naturaleza frágil y profundamente humana del campeón.

Tal vez sea este el mérito principal de la obra de Kapadia. Probablemente sin darse cuenta, el director, que quería entregar el mito deportivo inmortal a la historia del cine, ha tenido que ceder ante la urgencia de la naturaleza profundamente humana y mortal de Ayrton Senna da Silva.

Únicamente en el final, el cine revela su esencia de ficción. Cuando, después de las imágenes oceánicas del funeral en Brasil, Ayrton vuelve a la vida, sonriendo, invencible e inmortal, como ningún ser humano puede ser, por desgracia.

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No soy Francés

Publicado por ElEuropeo.es

Hace aproximadamente un mes un grande de mi deporte favorito, el ciclismo, ha cumplido 75 años. Se trata de Raymond Poulidor. Francés. Su nombre es legendario y se ha vuelto una antonomasia. Es decir, que su apellido encarna un concepto, como Stajanov, como Lapalisse. Poulidor ha pasado a la historia del deporte y del costumbre como el eterno segundo. Un destino ingrato para quién, en realidad, ganó mucho (incluyendo una Vuelta de España y numerosas ‘clásicas’), pero su suerte queda inevitablemente ligada a la del Tour de Francia. Ha participado a 14, terminado 12, pero no ha habido ni un sólo bendito día en el que Poulidor haya podido llevar la camiseta amarilla de líder. La acarició en varias ocasiones, pero nunca la pudo agarrar. Fue segundo por detrás de Anquetil, y cuando no hubo Anquetil, fue segundo por detrás de Gimondi, y cuando no hubo ni Gimondi ni Anquetil, fue segundo por detrás de Merckx. La leyenda cuenta que Anquetil, casi al borde de la muerte, le llamó por teléfono para decirle: “Ni siquiera esta vez lo conseguirás, terminarás segundo”. Sin embargo, o tal vez justamente por eso, Raymond Poulidor es el ciclista y el deportista (y no solo) más querido de Francia. Ya lo era cuando corría, lo ha sido aún más desde que se retiró en 1977.

Me pregunto si este tipo de fenómeno podría ocurrir en otros países distintos de Francia. Los súbditos de Sarkó aman visceralmente ese tipo de historias, son maestros de la queja y del pesimismo y una derrota emotiva casi siempre les resulta más apetecible que una victoria fría. Un reciente estudio, encargado por la empresa suiza Gallup Internacional, ha evaluado el nivel de optimismo de un centenar de países. Por supuesto, Francia es el líder del pesimismo. Las reacciones a la crisis económica mundial han sido diferentes y en Europa, en general, el aire no es nada alegre. Los más optimistas parecen ser los alemanes, mientras que los franceses adelantan en pesimismo a países como Afganistán, Pakistán e Irak, naciones con algunos problemitos más que los parisinos… El estado de ánimo es bastante melancólico también en Gran Bretaña, mientras que parecen más optimistas los españoles y los italianos, países que están constantemente al borde del precipicio. Incluso África ve su futuro lleno de oportunidad. ¿Acaso demasiado sol vuelva irresponsablemente optimistas? ¿O es que el tener demasiado acostumbra mal? La revista alemana Der Spiegel, comentando el sondeo, se ve un poco despistada, ya que “los franceses entre nosotros todavía gozan de buena reputación y de una cierta envidia, se consideran artistas, capaces de disfrutar del lado más dulce de la vida y con una buena cocina que saben imponer a nivel mundial”. Ya, claro, aún así, al parecer, no es suficiente. A non ser que seas el jefe del Fondo Monetario Internacional, que entonces todo te parecerà perfectamente legal…

Personalmente considero el pesimismo como una buena arma defensiva: nunca hacerse ilusiones. Como sentencia el sabio Marvin, el robot paranoide de la obra maestra de Douglas Adams, Guía del autoestopista galáctico: “Lo bueno de ser pesimista es que estás destinado a tener una grata sorpresa, o a estar en lo cierto”.
Esta es una visión que me ha guiado durante mucho tiempo, pero en los últimos años algo ha cambiado. Por supuesto sigo cultivando el arte acrobática de la ‘no ilusión’, porque antes de todo predomina el instinto de auto-protección, pero la fascinación hacia la negatividad ha perdido mucho del encanto que tenía en juventud. Aunque a menudo me guste ocultarlo y me prepare públicamente a lo peor, tiendo instintivamente, en la intimidad de mis sinapsis, a centrarme en la parte media llena del vaso.

El ‘spleen‘ baudelairiano ha dejado de interesarme realmente cuando tenía quince años. La negatividad y el lamento constante ya se me hacen intolerables. A medida que pasan los años, más me cuesta soportar el pesimismo preventivo. Nunca he sufrido del mito romántico de la derrota. Del Romanticismo, del Sturm und Drang, me he limitado a utilizar la parte que servía para ligar. Pero también ese atractivo, sanados los granos, se ha fundido como pus al sol. A los mitos modernos de la derrota deportiva, como Jean Alesí o Roberto Baggio (ustedes me disculparán las referencias italocentricas), siempre he preferido ganadores antipáticos como Michael Shumacher o Alessandro Del Piero. De Jim Morrison y Kurt Kobain he sido un admirador musical, no un exegeta del mito auto-destructivo. Cuando me encuentro con una película biográfica sobre el típico ‘bello y maldito’ (cualquiera, total, todas tienen más o menos la misma estructura), me entusiasmo por el ascenso al éxito, pero cuando llega el inexorable descenso al infierno, me deprimo, monta una especie de sensación de malestar físico, que a menudo desemboca en el mando de la tele. No acepto la derrota como catarsis. Me toca las narices. Muy pocas veces (en extrema joventud) he votado para partidos de protesta, marginales o de simple vocación testimonial. No me sirve para pacificarme la cocienca el hecho de formar parte de una ultra-minoría iluminada y inevitablemente condenada a la irrelevancia. Debo admitirlo: me gustan Ronald Reagan y Michael J. Fox. Me gusta ganar como sea, joder!

¿Por lo tanto, soy un casposo reaccionario, neo-burgués, cripto-fascista sin alma? Es posible. Ciertamente, soy un miope irresponsable, además carezco de espíritu crítico y a menudo me niego a ver la realidad. Como mi madre que se auto-convencía de que lo que a veces me encontraba en la mochilla fuera oregano… Pero el deleite de la queja, a la francesa (o a la catalana, si me permiten…) no va conmigo. Probablemente porque vengo de un país donde las expectativas son tan bajas y la conciencia de que la queja no será escuchada es tan arraigada, que he aprendido a contentarme con los aspectos positivos que casi siempre consigo encontrar, incluso en el peor mal servicio.

Por lo demás, es cierto que me encanta el cinismo, pero el cinismo no tiene nada que ver con la negatividad. Es un esquema de interpretación, no una visión. Un método, no una función. Se puede perfectamente ser cínicamente positivos. Siempre pensé que el pesimismo fuera una consecuencia inevitable del envejecimiento, como la prostatitis. Por el contrario, noto como con los años que se suman, me está pasando exactamente lo contrario. Y eso que mi vida no marcha precisamente hacia el rotundo triunfo… Afortunadamente, me he salvado también del virus de la coherencia. Tal vez simplemente me he atontado antes de tiempo, como los ancianos que se vuelven niños y ya no saben enojarse, después de haberse enojado demasiado.

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Sex & The Ciber

Sí, admito que el título era una trampa. Pero ahora que ya estás dentro, más vale seguir adelante. Algunos de mis intereses principales son la lingüística, la política, la era digital y, en menor medida, el sexo, entendido como debate sociológico. Así que el otro día, estaba curioseando en Internet en búsqueda de porno catalán. La urgencia de autodeterminación lingüística y política del pueblo catalán me fascina y por esto buscaba pistas también en el mundo del cibersexo. Bien, algo he encontrado, aunque, en realidad esperaba toparme con exóticos títulos en idioma. Algo como: “El teu cogombre m’agrada molt“, “La Lladre i els seus Mossos“, o incluso, “Visqui la independencia de les meves natges!“. En su lugar me encontré con un rodaje en gallego: “O divino ferrete“. Nada, de momento, en euskera.

El sexo en la Red ha sido siempre un tema que ha captado gran parte de mi tiempo. Como estudioso del comportamiento humano, por supuesto. A menudo me he preguntado sobre cuales tipos de cambios respecto a los hábitos sexuales habría provocado la ola de estímulos de cualquier tipo, forma y tamaño, que Internet ha vuelto de fácil acceso a todo el mundo. Cuando la adolescencia golpeaba como un martillo sobre mis hormonas, hace ya unos años, todavía no existía la posibilidad de acceder al mundo virtual y había que buscar satisfacción con los catálogos de ropa interior. Las nuevas generaciones, en cambio, están invadidas por estímulos eróticos, especialmente visuales. Las posibles consecuencias, en mi opinión, son dos: la aparición de ejércitos de erotómanos empedernidos, o, por el contrario, la pérdida de atractivo de la esfera sexual, inflacionada por exceso de oferta.
Yo diría que se están produciendo ambos fenómenos. Por un lado, vemos como sube constantemente el listón de la perversión. O de la originalidad extrema, si lo prefieren. En segundo lugar, se certifica un cierto desapego del sexo real, a menudo considerado demasiado complicado y comprometedor.

A Billion Wicked Thoughts (Mil millones de pensamientos perversos), es un libro producido en los EE.UU. por dos “expertos” del sector, Ogi Ogas y Sai Gaddam, que se ha preocupado de elaborar un mapa del consumo sexual en la Red. Los dos autores se han limitado a tomar las bases de datos de algunas de las web más grandes y concurridas de porno gratuito y se han puesto a estudiar las palabras clave que los usuarios escriben en búsqueda de la perversión deseada. Según el estudio, el público se compone aproximadamente por un 75% de hombres. Aunque la popularidad de las mujeres adultas (Milf) no alcanze las alturas estratosféricas de las adolescentes (Teen), es justo subraiar como cada vez más haya hombres buscando vídeos de mujeres de cincuenta años. Incluso aumenta el número de gente rastreando vídeos de abuelas. Las búsquedas por mujeres un poco regordetas son muy superiores a las por chicas piel y huesos, mientras que la longitud del pene es un requisito importante para todo tipo de público, también masculino y heterosexual.

Una de las perversiones 2.0 que más me fascinan es la de los llamados ‘furry‘. Se trata de personas normales, si “normal” significa para usted desear ser un lobo bisexual de dos metros con la menstruación, un pene, cuatro pechos de mujer y un fetiche para el cuero negro. Esta gente sueña con ser y acostarse con animales de peluche antropomórficos, de una cierta estética japonesa y atributos sexuales múltiples y post atómicos. Cuando me encontré con la doble penetración anal de un delfín, decidí que ya podía tirar el módem. Había llegado al final de Internet. Sabía que iba a suceder tarde o temprano. Estuvo muy bien, pero ahora ya no hay realmente nada que pueda sorprenderme. Hace apenas unos años nos aseguraban que la Red iba a cambiar la economía mundial, que la nevera se habría encargado de hacer la compra y que conectando un electrodo con el oído nos habríamos encontrado nadando en el Pacífico. Todo esto se ha revelado un farol, mientras que la novedad substancial presentada por el web ha sido la de haber reunido y dado voz a todos lo que, por sus dudosos gustos, normalmente no habrían podido salir de casa sin temor a recibir un puñetazo en la garganta. Además del desbordamiento de las perversiones, también es justo decir que Internet ha afectado el atractivo del sexo real.

Una noche, en un apartamento en Nueva York, una mujer anunció alegremente a las demás invitadas: “Pagaría a alguien para que se acostara con mi esposo”. La declaración fue recibida con risas y sin asombro, incluso parece que una chica aplaudió. Es lo que escribe Meg Wolitzer, escritora estadounidense, que se ha preguntado en el New York Times, si esa no represente una señal del fin del sexo, algo que, sobre todo, está implicando a las mujeres de más que treinta años. Se trata de una nueva lista de prioridades, en la que la cama se utiliza para la lectura antes de dormir, trabajar, estar en Facebook, ver películas porno, lo que sea con tal de no practicar sexo real.

El otro día fue al dentista. Hacía años que me negaba a ir. Como siempre en estos casos, desde una trivial limpieza de dientes ha brotado una serie interminable de males terribles, que solemnemente la joven señorita con la bata, trataba de venderme como la antesala del infierno. Gingivitis, placas, papiloma, e incluso una lesión de menisco. ¿Pero él menisco no estaba en la rodilla? No, al parecer hay algunos meniscos lesionables también en la mandíbula. Sin embargo, el higienista no ha logrado intimidarme. De hecho, me resulta difícil tomar en serio las preocupaciones de la odontología. En cambio, la sensación que me dominaba, mientras que la doctora me estaba hurgando en la boca con las manos enfundadas en el látex, era la excitación. Un instinto irracional e incontrolable que me empujaba a chupar los dedos de la dentista para ver cómo iba a reaccionar. Me encontraba obviamente bajo la influencia alucinatoria de las bombillas de neón plantadas en la cara, pero el rostro de la doctora cubierto por la máscarilla, que dejaba a la vista sólo dos hermosos ojos negros, me llevaba a la mente sugestiones de Oriente Medio. Un harén de la higiene oral. De hecho, en el estudio de mi dentista son casi todas mujeres, que vagan por los pasillos autoritarias y enigmática, con la cara ocultada y listas, al despiste, para meterte las manos en la boca. Sin duda se trata también de una perversión, impulsada por el deseo de dominación y control y un toque de masoquismo. Yo diría casi que una forma de placer anal retentivo (en el sentido freudiano). Una sensación que además ha sido amplificada por la capa de vaselina que la amable doctora me untó en los labios (sí, mi dentista es diferente).

Bueno, tal vez debería haber filmado todo, para luego ponerlo en YouTube y probar el efecto que da.

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Guerra y Paz

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Las que empezaron como poéticas rebeliones, más o menos pacíficas, de pueblos oprimidos que, cabalgando el moderno y el posmoderno (Twitter y Facebook, Wikileaks y Al Jazeera), fueron capaces de cambiar la historia, ahora se han embotellado en la más clásica de las guerras civiles, incluso tribales.

El Mediterráneo ha forzado de nuevo a todo el mundo, ansioso de volver la mirada hacia los amplios espacios del Pacífico (después de haber chapoteado durante mucho tiempo en el Atlántico), a redirigir su atención hacia ese charco en donde se asoman tres continentes, tres religiones y alrededor de seiscientos millones de personas. El siglo XXI, dominado por los Estados Unidos del hawaiano Obama y por los ambiciosos países BRIC (Brasil, Rusia, India y China), y que ya parecía olvidarse de la vieja Europa y del pequeño Mare Nostrum, ha tenido que volver a mirarnos. ¿Y nosotros cómo nos hemos hecho encontrar? Pues, como siempre, en ropa interior, con los platos sucios y tirándonos de los pelos.

Alemania se ha declarado contraria a cualquier intervención militar en Libia, se ha abstenido sobre la resolución de la ONU contra Gadafi, ha retirado hombres y barcos desde el mando de la OTAN en el Mediterráneo y bromea constantemente sobre los errores de la coalición. La Francia hiper-agresiva de Sarkozy se ha involucrado en una guerra personal contra el Coronel, ha atacado sin esperar a los aliados, bombardea convoyes y almacenes y se opone al traspaso del mando de las operaciones a la OTAN. A los pocos días, Alemania ha destruido la credibilidad política de la UE, mientras que Francia ha destrozado la de la OTAN, reducida a una especie de club de fumadores en tiempos de guerra al tabaco. Por otra parte, el eje franco-alemán ya había mostrado una admirable lucidez durante la reciente crisis sísmica y nuclear de Japón. Angela Merkel, a la espera de que se calmaran las aguas y las placas, congelaba durante tres meses una “leyecilla” suya, que establecía la extensión de la vida de las centrales nucleares alemanas, únicamente por miedo a perder unas dichosas elecciones regionales. La ultranuclearista Francia antes aseguraba que “no estaba pasando nada”, luego precisaba que tal vez era mejor que todos los súbditos de Su Carlà estacionados en Japón volvieran rápidamente a su país, donde, es sabido, sus 59 centrales nucleares hornean deliciosas madeleine de mantequilla…

Italia, por lo muy poco que pinta, envió a sus ingenieros a Tokio para medir el nivel de las radiaciones y descubrió que las de Roma eran muy superiores… Y eso que ni siquiera tiene centrales. Por lo de Libia, primero (y por boca de Culo Flácido) no se quiso molestar al Coronel. Segundo se le dió por derrotado y exiliado. Tercero nos dió una pena tremenda y personal. Cuarto volamos, pero no disparamos. En fin, que estamos, pero no estamos, según antigua y exitosa tradición. España contribuye a la no-fly zone, con el envío de un submarino… Vete a saber. Queda Inglaterra, que con Europa no quiere tener nada que ver y que si hay que jugar con los cañoncitos nunca se echa atrás.

En fin, que Europa no existe. Los programas de cooperación militar están en declive incluso en comparación con los años 80 y 90, la época del Eurofighter y también la política de abastecimiento energético, que debería ser común, ve a todo el mundo proceder en esplendida soledad. La Alemania del Nord Stream (el gasoducto ruso-alemán) anuncia el abandono de la energía nuclear y también de las operaciones contra Gadafi; al mismo tiempo, Francia defiende sus centrales y se tira de cabeza sobre el gas del Coronel… ¿Acaso han oído una sola palabra salida de la boca de esa figura mitológica que es el Mr. Pesc, el supuesto superministro de política exterior de la Unión? Qué va, aquí cada uno a su bola.

Nuestros vecinos de la Liga Árabe, el único posible mediador creíble de cara al Perro Loco de Trípoli, no han quedado mucho mejor. De hecho, parece que hayan vuelto hacia antiguas y nunca superadas posiciones de ambigüedad levantina. En primer lugar han reclamado a grandes voces la creación de una no-fly zone. Inmediatamente después de haberla obtenido, han comenzado a criticar los ataques necesarios para que ésa funcione. Charlan continuamente de pan-arabismo (que solo aquel genio de George W. Bush podía creérselo), cuando en realidad se odian y se envidian entre sí, como bien han demostrado los cables de Wikileaks. Los estados árabes (y no son los únicos) nunca asumen la responsabilidad de hacer lo que pretenden que sea hecho por otros, y luego, cuando lo obtienen, comienzan a aplaudir en público y a criticar en privado, o viceversa. Egipto y Túnez no han cambiado nada.

Considero que la resolución 1973 de la ONU ha sido un acto políticamente inevitable. Más que nada para pegar una apariencia de sentido sobre esta polvorienta institución notarial, superada por los tiempos y por los hechos. El problema real es que la resolución ha sido escrita mal y deprisa, dejando prácticamente mano libre a todos. Además, como siempre, explica cómo empezar, pero no cómo acabar. Al igual que con las centrales nucleares, o con los últimos conflictos que tuvimos el placer de vivir, somos muy hábiles para comenzar las cosas, pero pésimos para llevarlas a cabo. De hecho, los estadounidenses ya tienen pesadillas cuando oyen la expresión exit strategy. También por esa razón, y a pesar del petróleo y del gas libio, esta vez los yankees tienen una prisa de mil demonios para quitarse el “marrón” de encima y volver a mirar hacia el pacífico Pacífico.

Para mí la guerra no es un tabú. No soy un pacifista. Soy un tipo pacífico, pero no un pacifista. El tabú de la guerra, de hecho, es anti-histórico y un poco ingenuo. La que vivimos es una época (relativamente breve, en una perspectiva histórica) de pequeños conflictos regionales, con los cuales se amplían sin muchos daños las respectivas esferas de influencia. Sin embargo, tarde o temprano, tenemos que lidiar con el hecho de que “Cartago delenda est”. Es decir, que la guerra, incluso de las grandes, antes o después se monta, de lo contrario, no hay movimiento (hacia adelante o hacia atrás, para bien o para mal). Además, y a lo neto de todos los intereses más o menos ocultos de los occidentales, con un personajito como el Michael Jackson de Libia, que bombardea sin problemas a su propio pueblo, era difícil negociar armados sólo de sonrisas y diplomacia. Los romanos, que ciertamente le daban a las armas sin muchos escrúpulos, sintetizaban: “Dum Romae consulitur, Saguntum expugnatur”, es decir, mientras que en Roma se discute, Sagunto ha sido expugnada.

Por otra parte, siempre se puede apoyar a los gobiernos anti-intervencionistas reconocidos por su profundo respeto de los valores democráticos, como es el caso de China (mosqueada porque, de escaqueo, se estaba comprando media África para asegurarse las materias primas que no tiene y que necesita) o de Rusia (a la que le encanta decir que no a todo, así, por diversión). Ambas, en realidad, están evidentemente preocupadas por el riesgo de contagio revolucionario.

Queda claro entonces que se están perfilando despliegues globales cada vez más definidos. También por eso, hoy, me siento tal vez menos europeo, pero más occidental. De hecho, antes o después, en un bando o en el otro habrá que meterse.

En cambio, otra opción muy útil sería la de ponerse en pelotas y correr a manifestarse en favor de la paz en alguna plaza de Madrid o San Francisco, para luego ir a chupar los techos de las casas de los pitufos para ver si es cierto que colocan…

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Happythankyounoseque

Publicado por El Destilador Cultural

Si ustedes intentaran aconsejarme una película, esperando convencerme con frases como, “Es una historia adorable que conquistará tu corazón”, o “Es un redondo canto generacional”, es muy probable que acabe buscando una llave en el bolsillo para rayaros la puerta del coche. Las comedias románticas no son lo mío, es cierto. El poco interés que pude encontrar en ellas fue asesinado hace años por el bisturí que desfiguró para siempre el rostro adorable de Meg Ryan. Sin embargo, estos fueron los comentarios de la ‘crítica’ a Happythankyoumoreplease, escrita, dirigida y protagonizada por Josh Radnor (Cómo conocí a vuestra madre y ‘No es otra estúpida película americana’), que ganó el premio del público en el Sundance Film Festival y que, sobre todo, ha sido presentada como la encarnación del legado fílmico de Woody Allen.

En pocas palabras, la trama. Sam (Josh Radnor) es un aspirante escritor en busca de historias. En el metro se encuentra con un niño abandonado, Rasheen (Michael Algieri) y decide cuidar de él, pasando de las autorizaciones legales necesarias. Mientras, conoce a Mississippi (Kate Mara), con quien comienza una relación amorosa. Al mismo tiempo, la mejor amiga de Sam, Annie (Malin Ackerman) busca y, quizás, encuentra el amor con un hombre que al principio odiaba. Por otro lado, Charlie y Mary (Zoe Kazan y Pablo Schreiber) están poniendo a prueba sus relación con un dilema: quedarse en Nueva York o emigrar a Los Ángeles en busca de fortuna.

Como se puede ver el guión es muy clásico, como, por otra parte, es el caso también de muchas de las obras de Allen. Ya porque está claro que si todo el mundo se empeña en hablar de Woody, pues, yo también empezaré a comparar y mis expectativas crecerán peligrosamente… Efectivamente Nueva York está allí. Es hermosa, llena de colores, entre el Central Park y Brooklyn. Están los cafés literarios y los teatros off-off Broadway. La luz es la correcta, tal vez no estemos en los niveles de Gordon Willis o Carlo Di Palma, pero es adecuada. También hay mucha música, eso si, ni jazz, ni clásica, si no más bien un pop generacional. Están las parejas en crisis por varias razones. Incluso nos encontramos con un tema clásico del director neoyorquino: el odio hacia Los Ángeles en comparación con su amada Gran Manzana y a un cierto punto de la película la inspiración se vuelve homenaje patente, cuando Mary y Charlie, al regresar de una noche en el cine, sugieren, sin nombrarlo, al autor de ‘Annie Hall que sea un poco menos productivo y que “dedique una par de años a su esposa-ex hija”.

En resumen, el espíritu de Woody está muy presente, pero carece del todo su cuerpo. Los personajes de la ópera prima de Radnor resultan bastante predecibles y bidimensionales. En los diálogos no se percibe rastro de humor, o bien, se intuye la intención, pero el resultado se queda años luz de distancia incluso de los trabajos más cansados del Maestro. Personalmente, y vale que soy un rancio, he logrado sonreír sólo cuando el protagonista afirma haber podido dormir a su joven amigo gracias a una fuerte dosis de Leonard Cohen… El juego coral entre las parejas es prácticamente ausente y las tres mini-historias resultan esencialmente independientes. El esquema parece elegido más para llenar el guión que para crear una dinámica de grupo, con la sospecha concreta de que ninguna de las líneas narrativas aguantaría un desarrollo autónomo. En uno de los pasajes más honestos de la película se vislumbra la admisión, puede que involuntaria, de este límite. Ocurre cuando Mississippi reprocha a Sam el hecho de que a él le gusten “los cuentos, mientras que yo estoy en busca de una novela”.

La película se abre con una exhortación al protagonista, el aspirante escritor, a volverse “la voz de nuestra generación.” Casi parece una declaración de intenciones. El deseo de escribir una comedia romántica fuera de los Estudios, independiente e actual. Hecha por trentañeros, para trentañeros. En realidad tampoco se trata de un proyecto muy original y creo que  las intenciones no han sido seguidas por acciones. Los clichés, de hecho, son muchos. A partir de la relación entre el adulto inmaduro solitario y el crío solitario pero maduro. Esa dinámica, por ejemplo, se desarrolló con mucho más brío en ‘About A Boy‘, gracias, sobre todo, a la escritura de Nick Hornby. Además, esta historia de que todos los hombres sean siempre, irremediablemente, inmaduros comienza a cansar un poquito. Vale si, somos inmaduros. ¿Y qué? Es nuestra naturaleza. Una mujer que busque a un hombre maduro es como un chico que quiera encontrar a una chica sin menstruación. Simplemente es imposible. O, de todas maneras, en ambos casos habrá que esperar, por lo menos, hasta los cincuenta años. Otro tópico es el que dibuja una Nueva York en la que todos son artistas. Escritores, cantantes, pintores, incluso el pequeño Rasheen es un Jackson Pollock en miniatura. Aquí, por desgracia, no hay ‘Cajeros‘…

Finalmente, lo que destaca de Happythankyoumoreplease es la dificultad que esta generación encuentra para contarse a si misma con sinceridad y también la cruda realidad de que para pintar frescos ligeros y brillantes de las relaciones de pareja, el viejo judío con sus setenta y cinco años sigue siendo insuperable. Desde la perspectiva de la comedia romántica ’500 días juntos‘ resultaba probablemente más lograda (aún así, dejo juzgar a los apasionados del género), por lo que se refiere, en cambio, a la comedia generacional, nos quedamos bastante lejos de éxitos como, por ejemplo, Bocados de realidad. Sin embargo, estos podrían ser los puntos de referencia de Radnor, unos ámbitos donde podría construirse su nicho de mercado. Al revés, presentarlo como el nuevo Woody Allen es la mejor manera de matarlo en la cuña.

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Hay Esperanza

El otro día el gusto por el masoquismo y la mortificación de la carne y del espíritu que me derivan de una educación católica nunca completamente encubierta, han hecho que asistiera a toda la noche de los Goya. Una verdadera viacrucis. A menudo, el aburrimiento que produce este tipo de celebración es comparable sólo a la mala calidad de las obras ganadoras. Lo mismo, por supuesto, se puede decir de los Oscar, de los MTV Awards, o del Eurofestival.

Los Grammy no representan ninguna excepción. Merecen la molestia de la visión como mucho para supervisar el estado de descomposición física de alguna divinidad clásica. Al respecto, busquen los vídeos de Bob Dylan septuagenario tambaleando durante una versión coral de “Maggie’s Farm o de Mick Jagger que homenajea Solomon Burke con “Everybody needs somebody to love”. En los últimos años, además, el monopolio de las “social network’s stars” ha sido tan difundido, cuanto doloroso. Ya porque Twitter, Facebook y socios no han generado solamente las revoluciones en el norte de África o el culto a la personalidad de Julian Assange, sino que también la nociva difusión de modelos musicales efímeros como Katy Perry o Lady Gaga. Y tampoco es que la década inmediatamente anterior, con Britney Spears y Christina Aguilera, hubiese regalado fenómenos mucho mejores. Es curiosa, de hecho, la declinación femenina de esa terrible deriva de la música Made in Usa.
Sin embargo, la última edición de los Grammy ha consagrado una figura femenina que se diferencia del pésimo estándar general. Se trata de Esperanza Spalding, ganadora como Mejor Nueva Artista.

En primer lugar, confieso: antes de los Grammy no tenía idea de quién fuera. Así que, intrigado, he investigado y lo que he encontrado no está nada mal. Se trata de un jazzista de veintiséis años semidesconocida a nivel internacional. Es de Portland, Oregon, y ha publicado tres discos: Junjo en 2006, Esperanza en 2008 y Chamber Music Society en 2010, que ya he procurado descargarme (si, podría decir comprar, pero ¿quién se lo va a creer?).

Esperanza es una elegante polinstrumentista, cantante y contrabajista. Comenzó a tocar el violín a los 5 años, luego estudió con su madre y se convirtió en primer violín de la Chamber Music Society de Oregón. Empezó a seguir clases de jazz como espectadora y, más tarde, se graduó al Berklee College, donde asumió el papel de profesora de contrabajo a la edad de 20 años. La música de Esperanza, al igual que las influencias que han marcado su formación, es un conjunto de culturas, influencias e idiomas diferentes, una mezcla de jazz, experimentación, pop y ritmos brasileños. Ha colaborado con músicos de primer plano como Stanley Clarke, Pat Metheny, Donald Harrison, Joe Lovano y la cantante Patti Austin.

Su disco homónimo, de 2008, es el que más me ha gustado. Se abre con “Ponta de Areia”, que introduce a las que serán las sonoridades de todo el álbum: cantada con naturalidad y elegancia en portugués, su voz juega entre las líneas del bajo y de los coros, acompañada por el piano de Leo Genovese y las percusiones de Jamey Haddad y Otis Brown. “I Know You Know” o “Precious”, se ven dirigidas a un público más amplio, pese a los altos niveles de calidad. Digna de mención también la inédita versión del estandard “Body & Soul”, propuesta por primera vez en castellano. Su último trabajo, Chamber Music Society, cambia de registro. Siguen apareciendo las notas (bienvenidas, por lo que me compite) de word music, como en “Chacarea” (siempre con Genovese) o en “Inútil Paesagem”, pero aquí entra incluso la sombra de Frank Sinatra en un dueto impecable con Milton Nascimento en “Apple Bossom“. Además, Esperanza impresiona de verdad con su voz en “Knowledge of Good and Evil“. Sin embargo, puede que haya cargado demasiado el disco de tonalidades otoñales, mientras que personalmente ya empiezo a estar un poco hartito del frío… De modo que el álbum que le ha dado el Grammy acaba sonándome demasiado construido y ‘limpio’.

En fin, reconozco que las atmósferas son sugestivas y que se trata de un artista ni siquiera comparable con la basura que ha invadido la escena musical mundial. O sea que Esperanza es decididamente bienvenida. Chamber Music Society, por ejemplo, es un álbum perfecto para ser escuchado de fondo, mientras trabajas, o si quieres aparecer lo suficientemente sofisticado en una fiesta un poco esnob… Sin embargo, y con ganas de encontrarle algún defecto, confieso que mis preferencias se dirigen más bien hacia un tipo de jazz más despeinado. No voy a decir más auténtico, porque aquí no hay nada falso (es decir, por suerte no estamos en frente de una Amy Winehouse del jazz…), pero si hecho en falta un toque un poco más irreverente.

Pero bueno, una vez acabada la cena, no se aprecia la cuchara… Además, estoy orgulloso de haber sido capaz de escribir este artículo sin mencionar el hecho de que Esperanza Spalding, entre sus muchos méritos, también es guapísima.

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