Un día como cualquiera en Sant Antoni

barcelona

Barcelona no es verde. Unas pocas líneas de árboles más parecidos a farolas con hojas que a una verdadera vegetación interrumpen ocasionalmente la telaraña de edificios y personas. Cachorros de hombre y de perro comparten islas de arena, donde los primeros cavan pequeños hoyos que los segundos aprovechan para enterrar pedacitos de mierda demasiado resbaladiza como para ser verdaderamente orgánica, según reza en su etiqueta. Niños y canes colaboran así en una etapa de la vida donde tienen más o menos los mismos derechos y deberes, unidos también por el inconfesable malestar que nos producen sus voces, ya que la joven edad y la diferencia de especie son excelentes excusas para agravar, impunes, nuestro terrible acúfeno.

Casi todos los hombres sufrimos, sin embargo, de un llamado ancestral prácticamente incontenible. Al acercarnos a un grupo de niños jugando a fútbol, todas nuestras fuerzas mentales se sintonizan automáticamente hacia la masa de la esfera, en un titánico esfuerzo telequinético por empujar el cuero a nuestros pies. No es suficiente devolver el objeto a sus jóvenes propietarios con una cínica y distraída patada. Con aquel pequeño gesto debemos demostrarnos a nosotros mismos, a los niños y a todos los presentes que, sí, actualmente nos encargamos del Facebook de una tienda de ambientadores, pero la realidad es que si el esguince de rodilla no nos hubiera golpeado en nuestro mejor momento, ahora estaríamos jugando a fútbol en la Luna.

Hace cosa de un mes paseaba por la avenida de Mistral, donde por la tarde se reúnen varios grupitos de indios futboleros. De repente, lo imponderable. Uno de los chicos falló un despeje y la bola salía alta cruzando los límites laterales de la zona peatonal de la vía. La trayectoria de la pelota pasaba justo por encima de mi cabeza y se dirigía hacia el techo de un inocente Audi A3 que me miraba suplicando ayuda. Mi cerebro tenía unas tres milésimas de segundo para elaborar una estrategia y decidió optar por la más impactante. Cuando la pelota iba a pasarme por alto, di un salto hacia atrás exhibiéndome en una sensacional chilena. Un gesto técnico de nivel europeo. Mi espalda se levantó casi un metro por encima del suelo, mientras mis piernas dibujaban el movimiento de las tijeras. En ese eterno instante en el que mis ojos miraron hacia el cielo, vi claramente cómo todo el barrio había salido al balcón para admirar un espectáculo de armonía y levedad. Algunas mujeres me tiraron sus sujetadores y un viejo militar rompió a llorar por la emoción; los niños me animaban con la voz grave y exquisita de Serge Gainsbourg y los perros ladraban el Aire para la cuerda de Sol. Volando como un Nuréyev golpeé la pelota para devolverla con precisión al pequeño guardameta. Me caí.

El dolor no vino de inmediato, antes tuve tiempo de escuchar el silencio escalofriante de toda la calle. No oí aplausos, sino incomodidad y pena. Los niños reanudaron el partido, mientras yo permanecía paralizado en el suelo boca arriba. Un hombre ciego que iba a la Once de la plaza de Espanya me pisoteó mientras su perro guía me miraba con cara de mal velado racismo. El sistema nervioso también se recuperó de la vergüenza ajena y comenzó a cumplir con su vengativa faena, enviando claros mensajes de dolor al cerebro. “Como mínimo me he roto el brazo”, me dije. Y así fue. Acabé en la sala de Urgencias del ambulatorio de la calle de Manso.

Su estructura es acorde con el barrio que la alberga. Suelos de madera, vigas a la vista, paredes de ladrillo, sillas desparejadas, bombillas industriales, médicos con barba larga, tejanos cortos y ajustados con solapas. A mi lado, en la sala de espera, estaba sentado un chico en evidente estado de shock, con una vaporosa chupada de vaca por peinado, camisa de cuadros y gafas negras de pasta. Me dijo que su novio se encontraba muy grave tras la indigestión de varios dónuts a base de perlas de Black Ivory, el nuevo café obtenido de la defecación de los elefantes tailandeses. Los venden con  éxito en una nueva tienda de la calle del Parlament. Además, entre los muchos miedos que atormentaban a mi vecino de silla también estaba el perturbador y comprensible pavor de echar por la borda toda una vida de social networking. Por eso, una vez informado de mis habilidades de trabajo, me preguntó sobre mi disponibilidad para mantener activas las cuentas del moribundo. “Para que siempre esté con nosotros”, sollozó, cogiendo mis manos entre las suyas. Muy afectado e involucrado, respondí que mi lesión en el brazo me haría más difícil el trabajo y por lo tanto tendría que hacerle un presupuesto más alto. Me aseguró que no había problemas de dinero y que no escatimaría en gastos. Faltaría más. Sólo habría tenido que vestirme como el joven agonizante y dejarme barba para poder seguir publicando selfies en Instagram en su lugar. El palo ya me lo daría él, me aseguró. La causa me pareció noble y acepté.

Al regresar a casa, con el brazo escayolado, me encontré con una cucaracha que se había perdido. Le dije que en Sant Antoni no se pierde ni un niño. Era vecina del Raval y había venido a visitar a unos amigos cerca del mercado. Nunca había cucaracheado por aquí, pero me aseguró que el barrio le gustaba mucho y que tal vez se iba a mudar, ya que estaba un poco cansada del olor a comino por las mañanas, mientras que era una gran fan del vermut y le había encantado la basura del Tickets, “aunque un poco cara por la cantidad que te ponen”, me dijo. Intercambiamos nuestros correos electrónicos.

Me fui a la cama dolorido pero feliz, había encontrado trabajo y a un amigo sin salir del barrio.

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El Super bajo el mar

Érase una vez un pequeño pececillo rojo que no sabía nadar. Su mejor amiga era una gran ballena, que un día creó una burbuja de aire con su espiráculo, donde el pececillo podía entrar y, por fin, flotar en el mar, sin temor a ahogarse. Fue el nacimiento de una larga amistad submarina.

En esto pensaba el otro día, cuando un chico guapo, bien peinado y afeitado, me estuvo preguntando si la idea de gestionar la cuenta Facebook de su joven y dinámica empresa me emocionaba y me hacía sentir el aroma de la felicidad y de la realización personal.

Lo del pececillo y la ballena era un cuento que escribí cuando tenía siete años y que entusiasmó de forma irreversible a la pobre mujer que es mi madre. Desde entonces, su pequeño niño bizco se convirtió en un genio en potencia. Se trataba únicamente de esperar que los granos desaparecieran y luego, sin duda, habría acabado escribiendo el nuevo Canon occidental. Pero mejor, con más garbo.

Como casi todas las expectativas positivas de una madre hacia su propio hijo, ésta, por supuesto, tampoco se hizo realidad. No me he vuelto un genio, ni comprendido, ni tampoco incomprendido. No soy un escritor. Además de la falta de técnica y de genio, estoy vencido por una pereza felina. Y el talento, en el supuesto de que haya alguno, tiene que trabajar duro, para servir de algo. En cambio, si el relato es la novela de un vago, a mí se me da muy bien el resumen…

De modo que, cíclicamente, tengo que aguantar entrevistas un tanto absurdas para trabajos que realmente no me interesan, o que me interesan hasta que no se convierten en trabajos… La experiencia ya me ha proporcionado las herramientas necesarias para seducir a los entrevistadores; y aún así, siempre hay un momento, hacia el final, en el que bajo la guardia y me dejo pillar. Ocurre cuando salen del sendero técnico y se pasan al ámbito personal, tanteando las ‘emociones’. En ese preciso momento ya no puedo sostener el personaje con credibilidad, la mirada, que había mantenido segura y pegada a fuerza a los ojos del inquisidor, se me baja, los brazos, ordenadamente paralelos al busto, se me cruzan como una serpiente pitón por todo el cuerpo, la caspa, que hasta entonces se había quedado quieta en su lugar, empieza a nevarme sobre los hombros y, al instante, me brotan en la barbilla recién afeitada sospechosos y pocos fiables pelos revolucionarios: “Me estás mintiendo: este trabajo no es el sueño de tu vida”.

Me resulta difícil imaginar un trabajo que realmente me emocione tanto como para justificar la palabra ‘ilusión’, y más si asociada a una rutina que te ocupa unas 40 horas la semana.  Sin embargo, por desgracia algo se tiene que hacer, para comer y, sobre todo, para responder con algo sensato a todos los que, recién conocidos, no pueden aguantar sin preguntarte acerca de tu trabajo, como si fueran todos inspectores de Hacienda… Además, tener mucho tiempo libre ya no es socialmente aceptable.

No tener tiempo para nada, andar siempre a toda prisa se ha convertido en uno estatus symbol, así que es necesario buscarse un trabajo lo suficientemente intrusivo para poderlo presumir en público, ser respetados universalmente y tener una buena excusa para negarse a hacer todas las tareas que los ‘ocupados’ anhelan enchufarte. La única alternativa que ofrece la misma credibilidad es la de tener un hijo. Las dos cosas obtenidas al unísono nos volverían apreciados y respetados tanto cuanto la Madre Teresa o Pol Pot.

En los frecuentes momentos de excesivo tiempo libre que vivo entre un desempleo y otro, vuelvo a descubrir el placer de la cocina. No, ya sé lo que estáis pensando, pero el negocio de la hostelería requiere una inversión financiera, física y temporal, que no creo que tenga nunca el deseo y la capacidad de afrontar. Además no soy un empresario. “¡Pero entonces el problema eres tú, que no tienes ganas de hacer nada!”. Bien, veo que lo estáis pillando.

Regresando de un reciente viaje a Francia, he descubierto las cualidades de la mantequilla. Siempre la había despreciado, de acuerdo con una presunta superioridad de la cultura mediterránea y del aceite de oliva. Eso sí, sigo pensando que el aceite es, en general, un mejor alimento. Pero para algunos platos específicos, sopas o risottos por ejemplo, la mantequilla es un ingrediente indispensable.

Así que el deseo de cocinar y la necesidad, muy rara, de ver en vivo seres vivientes que no maúllen, me lleva a pasar la mayor parte del tiempo fuera de casa en el supermercado de abajo. El primer obstáculo es el de superar la ansiedad que me produce pasar por delante del portero. Sé que Luís lo sabe todo sobre mí. Él sabe que vivo como un ermitaño, que no me peino y no me afeito, que no abro la puerta a nadie, que no trabajo y que, si lo hago, no se trata de un trabajo digno. Sabe que nunca salgo y que, si lo hago, es sólo para bajar al super. Él me ve y me juzga desde el alto de su flema gallega.

Una vez dentro del Consum me siento otra vez tranquilo, sereno. He establecido una ruta precisa que empieza con las verduras, pasa por la carne y el pescado y termina con los productos lácteos. La rutina del super me ofrece tranquilidad. Las luces y la gente me parecen menos amenazantes que las que encontraría en la calle. También sé que aquí nadie me pedirá un relato de mis íntimas emociones frente a los descuentos del besugo o cuestionará mis conocimientos del inglés. Es una relación clara y honesta, en la que nadie debe impresionar a nadie, por lo que muchas veces bajo en pijama y con toda mi hermosa caspa orgullosamente en exposición. También estoy convencido de que les interesan mucho mis necesidades. Por ejemplo, estoy seguro de haber impuesto la venta de nuevos productos, como la pasta italiana o las carcasas de pollo, gracias a mis compras masivas. “¡Hey, el tipo alto con la caspa anda loco por las carcasas de pollo! Hay que complacerle, es un amigo”. Pero siempre llega el momento de pagar y salir, pasando por las terribles columnas antirrobo. Aquí es cuando, a punto de regresar al feroz mundo exterior, la paz de mi mente comienza a flaquear y, de repente, estoy seguro de que, sin darme cuenta, alguien me ha metido una berenjena en los bolsillos, sonará la alarma y me llevarán a la cárcel. De hecho, a menudo, antes de salir me dirijo al banco del pescado, con la vana esperanza de que vendan lonchas de ballena capaces de fabricarme una burbuja protectora.

pd: Queda claro que escribo disfrutando de la licencia literaria y narrativa que nos conceden los pixeles en libertad y para que los lectores se identifiquen. Así que todos los que quieran ofrecerme un empleo como administrador de socialcosas, sepan que soy un trabajador de aplicación franciscana y que cumpliría con el sueño de toda una vida…

Por Eleuropeo.es

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(Mi) Inteligencia

Entre las miles de obsesiones que me rebotan en la cabeza, hay algunas que me ayudan a dormirme. Vivimos en una sociedad demasiado desarrollada en términos de relaciones y avances técnicos como para conformarse contando unas absurdas ovejas que saltan una valla. Tengo un amigo que para dormirse intenta individuar la manera con la que el Imperio Romano habría podido salvarse de la invasión de los bárbaros y de las blanduras que debilitaban su gran cuerpo. A mi, que no poseo una mente estratégica, pero que si se me da bien el análisis, me relaja tratar de definir el concepto de inteligencia.

En realidad, soy consciente de como todas mis conjeturas sean del todo instrumentales a la confirmación de lo que creo ser mi forma particular de inteligencia. Es decir, elaboro teorías con el único propósito de confortar mi patológica necesidad de considerarme una persona inteligente. Si yo fuera azul, diría que para ser inteligente hay que ser azul. Como nunca he sido uno de esos tipos cuya belleza les abre todas las puertas, siempre he defendido con vigor mi supuesta brillantez intelectual. Los abusones del cole podían burlarse de mis gafas o del aparato para los dientes, sin que me afectara, en cambio, me volvía feroz si se atrevían a cuestionar mi inteligencia.

Los años que pasan, es sabido, ofrecen a los ex-pringados la oportunidad para una fácil venganza, porque, mientras la belleza se desvanece o, en general, pierde algo de su poder de influencia, la inteligencia a menudo adquiere con el tiempo la estima y el respeto de las personas. Más aún que el aspecto físico, la agilidad mental te permite marcar una diferencia entre ti (que todo sabes y comprendes) y los otros, guapos cuanto quieran, pero, en falta de neuronas, no aptos para la supervivencia en la jungla social. Y aquí llegamos al punto: el considerarme inteligente me sirve principalmente para cultivar mi naturaleza de esnob, o sea, sentirme sin razón alguna mejor que los demás y, sobre todo, librado de la necesidad de demostrarlo. Puede parecer fácil, pero ser un esnob es muy cansado. Requiere un trabajo constante. Para empezar hay que saber mover muy bien las cejas, y, luego, es esencial estar bien entrenados para nunca quedarse sorprendidos o, por lo menos, para que no se note:

– ¿Has visto, querido?
– ¿Qué, querida?
– El niño está levitando en el salón y la cabeza le da vueltas vertiginosamente y unos ratones amarillos le están bailando alrededor pronunciando fórmulas sagradas en armenio.
– Suele pasar. ¿Me pasas el periódico, por favor?

No poseo otras calidades de excelencia. Nada de dinero, nada de físico estatuario, ni tampoco habilidades prácticas, concretas o aunque sólo útiles. Únicamente una indeterminada reputación de persona inteligente, por la mayoría alimentada por mi madre… Por esta razón es tan fundamental llegar a la definición de un concepto lo más posible hecho a mi medida.

Talleyrand
, que ciertamente no fue un santo, prefería los delincuentes a los idiotas, porque, dijo, al menos los primeros de vez en cuando descansan. Estoy de acuerdo con él. Creo que la estupidez, y más aún la ignorancia, son el verdadero mal de nuestro tiempo. Un tiempo en que todos los estímulos y los métodos de alcance de la cultura (no necesariamente concebida como un conjunto de libros polvorientos o de debates sobre el noúmeno realizados por viejos pelucones) son ultra acelerados, tienen una mecha corta, se consuman y se olvidan al instante. Esto me lleva a creer que la mente de los contemporáneos se esté formando con un déficit importante en la capacidad de atención, que es la base de lo que personalmente considero el humus de la inteligencia: la memoria.

Para mí, la receta de la inteligencia consiste en: intuición (15%), capacidad de adaptación (20%), constancia (15%), memoria (50%). De modo que es evidente que en el proceso de formación de las capacidades intelectuales, considero más importante el contexto social y la vida misma que la genética. La constancia, por ejemplo, es hija del carácter, porque para mí la inteligencia debe tener también una aplicación práctica para definirse como tal (aunque sepa que esto no depone en mi favor…). Para que todos estos ingredientes se puedan cocinar juntos, sin embargo, es esencial desarrollar la capacidad de atención, la que podría definirse como el horno de cocción. El problema es que, en la era de la búsqueda por imágenes de Google o del formato videoclip, el umbral de la atención se ha reducido drásticamente. Digamos que al quinto minuto de conversación unilateral (escuchando), ya estamos pensando en otra cosa y seguimos con el piloto automático. Además, la alegre propagación de las drogas psicotrópicas a partir del 1968 (el suplemento satírico del siglo XX), aplastó cualquier esperanza de mejoras en nuestra sociedad. Todo lo contrario de abrir la mente …
De hecho, cuando los monjes medievales descubrieron los textos de Aristóteles o Confucio, en seguida se dieron cuenta de que nunca podrían llegar a tales niveles de pensamiento, y los intelectuales de la época tuvieron que crear la imagen de los enanos subidos en los hombros de los gigantes. Es decir, no es nada cierto que la sociedad tenga que avanzar hacia el aumento progresivo e inexorable de la inteligencia colectiva. Mañana no será necesariamente mejor que ayer. El nivel de inteligencia general depende de la forma de sociedad en la que se desarrolla. Y la nuestra es una sociedad sin memoria. Él que no recuerda no aprende y quien no aprende no evoluciona.

Ser inteligente significa comprender las conexiones entre las cosas, ponerlas en relación entre ellas. Aprovechar de los propios recuerdos y conocimientos para resolver problemas del presente y del futuro. Por lo tanto, otro ingrediente esencial es la curiosidad. En efecto, esa capacidad de conectar a los elementos disponibles resulta estéril, o por lo menos, poco útil, si los elementos son escasos. Las personas que tengan pocos intereses y una pequeña reserva de conocimientos, vivirán en un pequeño mundo, donde acabarán ocupando la totalidad de su espacio intelectual con sí mismo, que es lo único que conocen. Le faltará capacidad de comparación y probablemente no serán capaces de escuchar y con eso de aprender y, por supuesto, pecarán de egocentrismo. Serán, en suma, como un bebé recién nacido, cuyo universo se limita a sus extremidades.

En preciso ser curiosos para almacenar la mayor cantidad posible de información a través de la capacidad de atención y de la memoria. Luego, con aplicación e intuición, hay que saberse adaptar a las situaciones y aprovechar de los propios conocimientos para solucionar problemas. Bueno, tal vez esta sea mi definición de inteligencia. Ahora ya puedo dormirme.

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¿Podrán ovejas y calabacines salvarnos el alma?

* ¿Que hay para cenar?
* Lomo.
* ¿Y qué más?
* No sé. ¿Hacemos una ensalada?
* Vale. Hay que comer verde.
* Además este mes es mejor si no gastamos mucho, ya sabes.
* Sí, la crisis nos ha enseñado que ser vegetariano es ‘guay’.
* Claro. ¿Descongelo algo para mañana?
* ¿Qué tenemos?
* Lomo.
* Vaya.

La vida, a menudo, se nos resbala de las manos entre un café tomado de pie, el metro (¡¿por qué no te duchas, tío?!), el curro, con el colega que nos cae bien únicamente porque los demás parecen recién llegados de la ciudad de los zombis, la vuelta a casa (¿qué dan por la tele? Nada. ¿Peli o serie? Serie, así me dormiré). Y luego, por las cenas con las parejas amigas (de ella) diciéndonos cosas redichas y poniendo cara de perenne sorpresa, el fin de semana dedicado a las compras que durante la semana nunca tenemos el tiempo de hacer (por favor, ¡qué alguien me explique la diferencia entre Adolf Hitler y el Sr. Ikea!) y la comida de los domingos con la familia (de ella).

La rutina nos da seguridad y es lo primero que se echa en falta después de una separación. Sin embargo, de rutina también se puede morir. Poco a poco, como con la tortura china y la gota de agua en la cabeza. Acaba taladrándote el cerebro. Y eso que el aburrimiento es cosa de personas inteligentes, argumentan los poetas (¿y quiénes somos nosotros para discutir a los poetas?).

También es cierto que en época de apuros económicos resulta más difícil escapar de la monotonía. Es decir, si tuviera mil millones de millones de euros, posiblemente me compraría un avión, desayunaría en París (me encanta el pain au chocolat), almorzaría con un filete de tamaño inmoral en Toscana y por la noche me dedicaría a cenar con los actores del nuevo musical de Broadway, que acabaría de producir.

Sin embargo, hay quien ha decidido huir de la rutina, escapar de la carrera del hámster y volver a plantear su existencia fuera de lo habitual, sin gastarse (casi) un duro. Son los wwoofers, o sea, los hombres y mujeres que se han unido a WWOOF (Willing Workers on Organic Farms). Traducido del inglés: “Trabajadores voluntarios en granjas ecológicas”.

Se trata de una red internacional de granjas donde se promueven los ideales del ecologismo y la vida saludable. Nació en Inglaterra a principios de los años setenta de manos de Sue Coppard, una mujer que se había mudado a Londres y echaba de menos la vida del campo. Y la idea se difundió muy rápido por todo el mundo. En Australia ya existen casi 1.500 granjas wwoof, y en España 220. Cada país tiene su listado publicado en internet donde se pueden encontrar todos los datos y contactos.

La gran mayoría de las granjas son de conducción familiar. Personas que han comprado tierra y se han marchado al campo para montar este negocio ecocompatible, con el fin principal de la subsistencia. En efecto, la idea es vivir de lo que se produce, si bien hay quien ha logrado poner en marcha una pequeña producción destinada a la venta en los circuitos comerciales locales.

Además de los granjeros ‘fundadores’, se ha desarrollado un movimiento de viajeros que dan la vuelta al mundo a través de la red wwoof. De hecho, casi todas las granjas ofrecen hospitalidad a quien quiera echar una mano y probar la experiencia rural. No hay un límite de permanencia, pueden ser tanto dos semanas como un año, y hasta existe la posibilidad de quedarse de por vida. Comida y alojamiento están garantizados gratuitamente a cambio del trabajo en el campo.

Tengo un amigo, Claudio, que al cumplir los cuarenta decidió empezar una nueva vida. La cantidad de trabajos que Claudio había sumado en los últimos diez años era paralelo al número de salmodias coránicas en época del Ramadán. Cambiaba de curro cada tres meses (cuando se encontraba particularmente a gusto). Era tan incapaz de mantener una ocupación fija, como fenómeno en hacerse contratar. Hasta tenía un nombre de batalla: Entrevista man. No había seleccionador de personal que pudiera resistirse a su encanto. Siempre acababa consiguiendo el trabajo y siempre, al cabo de unos días, lo dejaba. Se aburría. Tenía asumido que trabajar sirve únicamente para comer y permitir cultivar tus pasiones, incluso si tu pasión es la de no hacer nada todo el rato. De modo que un día se cansó de ese juego, vendió sus pocas pertenencias y se fue a una granja wwoof de Olaho, en el sur de Portugal.

Desgraciadamente, al cabo de dos meses viviendo en una caravana en medio de los cultivos, huésped del titular holandés de la granja y de su mujer portuguesa, el aburrimiento empezó a asomarse otra vez. Así que cuando para alojar un cable de corriente le encargaron la construcción de un foso mucho más largo de lo necesario ya que, según su anfitriona, la lechuga habría podido sufrir de malas influencias electromagnéticas (los naturistas pueden ser muy singulares), decidió que ya era tiempo de marcharse. Y se fue, a otra granja más al norte en el Algarve, donde, de momento, aguanta. Siempre con la frágil esperanza de no tener que dar la razón a Sócrates, cuando explicaba que no hay que sorprenderse si al viajar acabas aburriéndote de ti mismo, al estar viajando exactamente con la persona de la que querías escapar.

Ello sería un fallo importante, aunque inferior al de terminar un artículo que habla de fuga citando a Sócrates, que, en cambio, no escapó y se tragó la cicuta (biológica, por supuesto).

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El Terremoto

“Hola, ¿has vuelto?”
“Si, unos días, ¿que tal todo?”
“Ya sabes, la placa africana nos presiona”.
“Claro”
“Ahora parece que la falla se mueva hacía el oeste”.

El terremoto monopoliza las conversaciones. Cada grieta, incluso las mayores de treinta años, encuentra nuevo protagonismo. En los parques nunca he visto a tanta gente. Muchos duermen allí con las tiendas de campaña. Los que pueden han aparcado la caravana fuera de casa. Al lado de los campamientos han montado unos refugios para gatos y perros, que ellos también son ‘terremotatos’.

Terremotato’ es una palabra específica que existe sólo en italiano. O tal vez en japonés. De hecho con los japoneses tenemos mucho en común: una sociedad anciana y tradicional, una dieta sana, una clase política corrupta, un estancamiento económico veinteñal y una vieja alianza militar. Pero, sobre todo, tenemos los terremotos.

Todos los italianos al menos una vez han sentido temblar la tierra bajo sus pies. Italia es un país maravilloso (estropeado por los italianos) gracias a su sismicidad. Es una zona de frontera entre placas, una esquina curva hecha de volcanes, una naturaleza viva que se mueve y resopla, mantieniendo visible su fuerza creativa. Es un error suponer que los seres humanos puedan hacer daño a la naturaleza. Como mucho, pueden hacerse daño ellos mismos, porque la naturaleza, si le apetece, con un toque se libra de todas las ofensas sufridas.

El terremoto se anuncia con un gran estruendo. Luego empieza el temblor. Mi primera experiencia la viví en el cole. Era una hora de suplencia y estaba sentado de espaldas a la profesora, tratando de ligarme a una chica que me gustaba. Vi una grieta formarse y ocupar, de arriba a abajo, toda la esquina de la aula. Después de la evacuación, volví a entrar en el edificio para robar los bollos de las máquinas abandonadas. Finalmente se decretó una semana de huelga contra el terremoto…

Esta vez ha sido mucho más fuerte. Oficialmente 5.9, pero es probable que en realidad haya sido major. Es que declarar una magnitud superior a 6.0 daría a la zona una clasificación de riesgo permanente, con todo lo que conlleva a nivel de gastos para futuras nuevas construcciones. Así funcionan las cosas. Todo es muy extraño, porque lo de ‘terremotato‘ es un concepto que asocio al atraso y a la pobreza, como si un sismo golpease sólo áreas alejadas o desfavorecidas. Somos de provincia y no estamos acostumbrados a leer los nombres de nuestro pequeños pueblos en los medios de todo el mundo. En Mirandola un fotógrafo de un periodico nacional pedía a una anciana que pusiese cara de desesperación para sacarle una foto impactante. La señora no le entendía. No nos gusta que nos vean desanimados. Es una mezcla de pudor y orgullo. Aquí siempre se ha ofrecido ayuda a quienes lo necesitaran, en cambio, ser los destinatarios de esta caridad, duele y mortifica.

La obra que mejor explica lo que es Emilia es Novecento de Bernardo Bertolucci. Campesinos que van a la guerra juntos y conquistan sus tierras, algo que no lograron ni siquiera en Rusia. Luego la industria y la riqueza, llevando sus tradiciones al mundo: Parmigiano Reggiano y Ferrari, vinagre balsámico y Maserati, tortellini y Ducati, Lambrusco y Lamborghini. Pero también cerámica, química, biomédica. Emilia es el mayor productor mundial de kiwis. ¡Más que Nueva Zelanda! Acero y campo viven en perfecto equilibrio. Aquí la gente es alegre y profunda, descarada y tímida. El norte del sur y el sur del norte.

Levantaremos cabeza. En cuanto se vayan los curiosos y los entremetidos.

Por ElEuropeo.es

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El país de los balcones

Man at work at the central balcony of Saint Peter

“Democracia desde abajo” es el nuevo mantra nacional. En Italia se ha creado un nuevo, enésimo, gran experimento, destinado al éxito planetario. De los creadores de Teocracia, Fascismo, Putocracia y Caffé Ristretto, próximamente en el cine Democracia digital.

Nacido en un blog en 2007, el Movimento 5 Stelle se ha convertido en el primer partido del país. Los activistas se han organizado y se lo han tomado muy en serio. Algo que, por ejemplo, no quisieron o no supieron hacer los indignados, seducidos, como siempre, por la comodidad anarquista.

El problema es que tomarse demasiado en serio también puede ser un problema. Creer ciegamente en lo que se hace, sin mondarse nunca en la duda, es peligroso. Porque pasar de una generosa militancia a la Cienciología es un paso corto. Habría que tomar ejemplo del viejo italiano Rossini quien, al joven alemán Wagner que le preguntaba por qué hubiera dejado de componer, contestó: “¿Qué quieres? Antes, cuando tenía que mantener a muchos hijos, me veía obligado a creer en la importancia de la música. Pero ahora mis hijos han crecido y pueden sustentarse con sus propios medios…”

Hace unos días asistí a la asamblea de presentación de la nueva y joven patrulla parlamentaria del Movimiento. Una mezcla entre una reunión de Alcohólicos Anónimos y una hormonal manifestación estudiantil. Todos estaban sentados en el suelo y, por supuesto, en directo streaming decían:

-”Soy Paolo, tengo 25 años, soy vegano y des-inscrito a la Iglesia católica”.

-”Hola, tengo 51 años, tenemos que demoler a nuestro ego para ponerlo al servicio de la idea general”.

-”Soy Roberto, me gustaría entrar en la Comisión de Defensa porque soy pacifista. Voy en bicicleta a todas partes y quiero hacerlo también para llegar al Senado”.

-”Me llamo Diego y, como soy sumiller, quiero ocuparme de agricultura”.

-”Soy Alessandro. Ya que he vivido en el extranjero, me veo bien en la Comisión de Asuntos Exteriores”.

-”Soy Gigi, conozco tres idiomas, así que me ocuparía de política exterior”.

Estos chicos y chicas son muy naif, por supuesto, e incluso despiertan algo de ternura. Como todas las novedades, incluso puede que revolucionarias, contienen elementos de esperanza, junto con bacilos virulentos y potencialmente muy peligrosos. Sobre todo los jefes-portavoces crean algo de aprensión. Beppe Grillo, un moderno e irónico Savonarola, que todos los italianos hemos, en distintas ocasiones, respetado y apreciado durante los últimos veinte años, y un misterioso y algo inquietante gurú, Gianroberto Casaleggio. Porque el milenarismo apocalíptico y las tentaciones de palingenesia no son algo nuevo bajo los cielos de Europa. Porque las recurrencias históricas en un país tan olvidadizo y propenso a las aventuras como es Italia, no pueden ser subestimadas. Porque cuando la gente está lista para una nueva etapa, siempre acaba encontrando a alguien, aunque parezca improbable, capaz de dar cuerpo a esta urgencia.

El ser humano en sí no es malo, sólo es gregario y obediente. Una criatura débil y cobarde, siempre en busca del líder de la manada para esconderse detrás. En esencia, el verdadero problema de la humanidad es que los estúpidos están siempre muy seguros, mientras que los inteligentes están llenos de dudas.

Un dictador nunca tiene en sus proyectos existenciales y profesionales lo de convertirse en dictador. Un dictador siempre es elegido, explícita o implícitamente, por el mismo pueblo, al que luego dominaría ferozmente. No existe sumisión sin súbditos. Cuando todo un pueblo se reúne esperanzado en una plaza y empieza a mirar hacia un balcón que está por encima de él, tarde o temprano, alguien acabará asomándose y con el primer aplauso, habrá nacido el dictador.

Ya sea el marmoleño púlpito de San Pedro, el antepecho renacentista de Palazzo Venezia o la tribuna digital de la red, el balcón sigue siendo una gran pasión de las masas, que, por naturaleza, rechazan la complejidad y adoran la síntesis. Y el dictador siempre es la síntesis de su pueblo. Mientras que la democracia desde abajo siempre termina buscando con los ojos a alguien más arriba de ella.

En estos días, Italia, un país dúplice o tal vez demediado, está de nuevo esperando que alguien se asome a sus dos balcones. Cualquiera que lo haga tendrá garantizado el aplauso durante algún tiempo. Sin embargo, cada Revolución desemboca siempre en su Termidor.

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7 días en La Habana

cuba

“Nunca he confundido a Cuba con el paraíso. ¿Por qué voy a confundirla, ahora, con el infierno?”. Eduardo Galeano.

El 8 de diciembre de 1991, el presidente ruso Boris Yeltsin y el jefe de Estado de Ucrania Leonid Kravchuk celebraron una reunión secreta en el bosque de Belovezha, donde firmaron la declaración que puso fin a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Ahora ese histórico documento se ha perdido.

En Cuba, sin embargo, en 1991 la Revolución no se detuvo. Aunque ya sin el cheque de Moscú. Desde entonces la “tecnología punta” llega a la Isla desde China, con forma de autobuses con el aire acondicionado fijo en 21 grados. Pase lo que pase, no se puede tocar el termostato. El realismo chino no tiene miedo de la oscilación térmica.

Jesús ha trabajado en Angola y enseña dos cicatrices de bala en los gemelos. Lo hace con un cierto orgullo y una clara necesidad de convertir la pena en pesos o, por lo menos, en ron. Parece Obama y dice tener siete hijos. Su oficio es fascinar a los viajeros despistados en el Callejón de Hammel, un lugar donde hasta la Santería se rinde al ritual mundano de la expoliación del turista.

¿Dónde vive Fidel? Nadie está dispuesto a fornir informaciones sobre la residencia del Líder Máximo. Al parecer, dispone de 54 domicilios, tantos como los años de la Revolución. La Habana es una ciudad hermosa y descompuesta, populada por eufóricos palacios barrocos comidos por la sal y una austera, pero colorada, arquitectura social-caribeña. Una sensual y digna capital de la belle époque, desgarrada por una guerra sin armas. En donde los perros callejeros parecen ser los dueños de las casas en las que los seres humanos sólo son huéspedes. Todos son taxistas o trovadores, según la necesidad. Pero La Habana también es un santuario, de Chevrolet y gasóleo, dedicado al culto de los santos laicos Hemingway y Che Guevara. Que, por cierto, deberían tener el don de la ubicuidad, por la multitud de sitios en los que, según los lugareños, habrían dormido, bebido o simplemente respirado.

Héctor durante el día se tira desde el Malecón para pescar langostas, que luego cocinará en su casa a los turistas que va recogiendo en los bares. Si no encuentra turistas, Héctor, muy pragmáticamente, se emborracha. En Cuba la gente se coloca con drogas pobres, marihuana de baja calidad o fármacos como el Parkisonil. Pero, sobre todo, bebe. Y mucho. La bebida de los jóvenes es el Planchadito. Un brick de 200 mililitros de ron a palo seco, a la venta en las gasolineras.

Héctor es un gran cocinero autodidacta, que el verano pasado, después de cuarenta y seis años intentándolo, pudo salir de la Isla. Dos meses como pinche de cocina en un restaurante de lujo en Dinamarca. La sociedad perfecta, pese a que los coches se parezcan todos, las neveras duren muy poco y las jineteras sean empleadas faltas de cariño. Todo un poco frío, incluso para un rubio como él.

Héctor es un desempleado voluntario, porque trabajar, en Cuba, no es conveniente. Sale mucho más a cuenta pescar a unos turistas que, por 50 cuc (unos 50 dólares), cenarán mejor que en ningún otro lugar de la ciudad (que tampoco es tan difícil) y, si se tercia, les comprarán también un par de cajas de habanos de contrabando. De los buenos, sin hojas de plátano. Si lo quieres, él será tu Hombre en La Habana. El salario medio de un cubano es de 20 cuc al mes, así que resulta evidente dónde se encuentra la conveniencia.

El régimen habla de “actualización del modelo socialista” o de “más socialismo” para introducir medidas que en realidad agregan al sistema elementos de economía de mercado. Los desempleados como Héctor son “trabajadores disponibles”. El virus del cólera, según el diario Granma, es una “enfermedad diarreica aguda”. Y a las favelas se les llama, con mucho cariño, “comunidades de bajos recursos”.

Los cubanos, por lo tanto, ya están bien educados a los cuentos y se vengan con un cierto humor iconoclasta cuando explican a los turistas la presunta homosexualidad de Raúl Castro, especulando, incluso, sobre una supuesta liaison clandestina con el Che durante los días heroicos de la Sierra Maestra…

Desde el 14 de enero la Isla es un poco menos isla. Con la reforma migratoria salir de Cuba será menos difícil. Tal vez en La Habana hayan por fin encontrado el documento perdido en Moscú.

Por El Europeo.

 

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La gran comilona electoral

elecciones italianas 2013

“Escúchame, esta vez no hay que votar a la Izquierda, ¡sino a la Super Izquierda!” – “¿Perdona, pero el año pasado tu no eras berlusconiano perdido?” – “Déjate de Berlusconi, habría que matar a ese cabrón. Te digo esto: ¡Cuando en este país mandaba la Izquierda subía incluso el PIB!”. Y cuando en una mesa abundan los grasos saturados, la hiperglucemia siempre le acaba ganando a la lucidez.

Ermanno es mi tío. Es conductor de autobús jubilado. Gran pescador. Vive prácticamente aislado en la montaña desde hace veinte años con su esposa. Mi tía. L’Anna. Ella se dedica principalmente a producir tortellini, asados, tigelle y todo lo que hace superior a la raza emiliana, porque está hecha a base de manteca de cerdo.

Ermanno nunca tuvo las ideas claras. O mejor, siempre las tiene muy claras, pero cambia de opinión sin aviso. Digamos que es un buen termómetro. Sus pavorosas oscilaciones a menudo reflejan la volatilidad del populacho italiano. Esa parte -mínima- de voto disputable, que casi siempre decide el resultado de una elección.

Él, en medio siglo de derecho al voto, no se ha privado de nada. Lo ha votado todo. Y en Italia, especialmente en los últimos veinte años, la oferta siempre ha sido abundante. En cada ronda electoral surgen por lo menos tres o cuatro sujetos nuevos y cada ideología clásica, de izquierda, derecha o centro, se declina en al menos tres o cuatro matices diferentes. Ermanno ha dado ya la vuelta a todo el arco constitucional un par de veces.

Hoy, al parecer, la inercia dice izquierda y es cierto que en Emilia ser de izquierdas no es algo muy original, pero Ermanno ha sido siempre un testarudo rebelde-conformista. Una especie rara. Casi siempre acaba adecuandose al mood general, pero tiene que llegar allí por su cuenta, mientras dobla el hierro para un columpio a regalar a un nieto, o preparara los barriles para el vinagre.

Para las elecciones -las más decisivas desde 1948, dicen-, quedan menos de dos meses y Ermanno todavía podría cambiar de idea. Sin embargo, parecía muy decidido, incluso nostálgico, él, que nunca tuvo ninguna afiliación política. Hablando de los desastres de Cuba, de donde regresé hace poco, me dijo: “Ahora ya ni siquiera la Unión Soviética es lo que era…”. A la montaña las noticias llegan con un cierto retraso. Su cruz será para el Partido Demócratico (su Super Izquierda…). Y es que más a la izquierda del PD está un partido dirigido por un líder abiertamente homosexual y, vale la revolución cultural y todo, pero también Ermanno tiene límites.

En la comida de Navidad, además del neo-compañero Ermanno, también estaban mi tío Keyser Söze y su esposa, Eva Braun. Pequeños industriales. Ellos son los verdaderos perdedores de la Historia. Después de la liberación del meridionalismo clerical de la Democracia Cristiana, soñaron durante veinte años con la llegada de una derecha fuerte, antisocial, norteña y francamente xenófoba. Finalmente han sido traicionados por un putero mentiroso y unos ladrones de más. Ahora odian a todos. Probablemente no votarán. Tal vez habrían votado por Matteo Renzi, el candidato derrotado en las primarias de la izquierda, más que nada porque es un “zóven” (joven, en dialecto emiliano) y porque, parece obvio, no es nada de izquierdas…

El yerno de Keyser Söze es un cantante de piano-bar con coleta. Es la versión posmoderna de Ermanno. Una caña expuesta al viento. Y, de hecho, probablemente votará al M5S, el movimiento nacido en internet y dirigido por un excómico, que de la nada está a punto de convertirse en el segundo mayor partido italiano. Italy is different.

Por último, está mi madre, viuda inconsolable de la Democracia Cristiana. Vaticana, más que italiana. Desesperada por encontrar a un líder (un Mesías, más bien) que encarne las razones de la conservación y que sea, de verdad, temeroso de Dios. Si pudiera votaría al Papa. Su verdadero modelo institucional es Irán, pero ella no lo sabe. Mario Monti, que reúne a los católicos disgustados por el libertino Berlusconi, le ha ofrecido una nueva esperanza. Votará por él.
Pase lo que pase, la próxima Navidad llevaré la grabadora, que luego la gente se olvida.

Por ElEuropeo.es

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Saber dejar

Pasar página siempre me ha resultado  sumamente difícil. Reciclo más por mi incapacidad de deshacerme de las cosas, que por una verdadera creencia ecologista. Ciertamente tengo un perfil propenso a la síndrome de Diógenes.

Acumulo botes y fiambreras, porque pienso que algún día podría tener gana de producir toneladas de salsa de tomate y entonces los necesitaría. En mi armario tengo una radiografía de la moda de los últimos veinte años. Conservo prendas grunge, góticas, indie, algunas de las cuales muestran agujeros tan grandes como los de los balances autonómicos. Como mucho acepto que la ropa que, por decencia y dramática decadencia física, dejó de usar, pase al campo de la ‘ropa de ir por casa’. Con el resultado de acumular montones de camisetas de la Copa del Mundo de Italia ’90 o de la propaganda anti-reganiana, tejidos que con una simple mirada se pulverizan como una hostia consagrada.

En amor, en el minúscolo ámbito de mi experiencia, nunca he dejado. El estado de mártir me resulta mucho más congenial. Trato de llegar al límite de tolerancia de los demás, me pongo la máscara de gatito indefenso y, cuando realmente ya no pueden aguantar más, me queda la satisfacción de contemplar el inevitable sentido de culpa que suele coger aquellos que, con valentía, han decidido cortar.

Soy un gran conservador. Peor que el mismísimo Winston Churchill. Lo guardo todo, hasta que no se biodegrada. Si un alimento no me apetece, lo congelo. Algún día me apetecerá. Tengo cajas llenas de cuadernos y libros de texto de mi infancia, donde, entre otras cosas, puedo comprobar fácilmente como el pico de mi inteligencia se alcanzó a los siete años. A partir de entonces ha sido un colapso que se volvió catástrofe después de los veinte años. Entre las lecturas de mis catorce años estaba Charles Bukowsky. De hecho, en lo que respecta a los gustos literarios de la adolescencia, yo estaba entre los de Bukowsky y le tomaba el pelo a los de Hesse

El escritor americano también terminaba siempre por ser dejado por las mujeres, mientras que en el trabajo era menos conservador. Decía: “Siempre empiezo un trabajo con la sensación de que lo voy a dejar pronto o que voy a ser despedido, y esto me proporciona una forma relajada de hacer que se confunde con inteligencia o con la impresión de guardar algún que otros ases en la manga”.

Más o menos tengo su mismo enfoque, pero el resultado es el contrario. Yo vivo con la angustia del abandono inminente. Con la perenne necesidad de preparar un bote salvavidas, que necesitaré cuando llegue el momento inevitable de la separación.
Los trabajos que he tenido, por muy extraños y precarios que fuesen, casi nunca he sido capaz de dejarlos. Sabía que pronto se habrían agotado naturalmente, pero el primer paso hacia la conclusión no era capaz de darlo.

Despedirse de un trabajo es como dejar a una pareja. Se producen las mismas dinámicas. Al principio todo es movido por un momento de ira, frustración y deseo de libertad, pero pronto comienzan a surgir la culpa, la duda y la inseguridad.

¿Habré actuado de manera correcta? Vale, el jefe era insoportable, pero yo tampoco soy fácil y no me he portado del todo bien. Habría podido comprometerme más, después de todo él también tiene sus problemas. También tuvimos buenos momentos. El problema ha sido la comunicación. Habríamos tenido que hablar más. Queríamos cosas diferentes. Lastima. Ha sido lo correcto. Aún así, lo siento. Me pregunto si ahora él estará pensando en mi. O si ya ha encontrado a un sustituto. Tal vez lo tenía listo incluso antes de que me fuera. ¡Cabronazo! Me pregunto si él piensa que yo le pienso, o si él piensa que yo pienso que él no me piensa. ¿Y los compañeros? Pobres, los he dejado solos. Soy un traidor. Tal vez debería enviar un ramo de flores y pedir disculpas. ¿Llamo? Demasiado violento ¿Escribo? Demasiado impersonal. Aunque sólo sea para saber cómo les va. No, es mejor dejar pasar un tiempo. Tal vez algún día podamos ser solo amigos.

El problema es que no es suficiente tener un trabajo, para soportarlo también debe resultar interesante, excitante y todas esas tonterías que hacen de algo que debería ser frío e impersonal un cataclismo emocional. De hecho, lo que el trabajo hace libres queda por demostrar, sobre todo para las personas inseguras, emotivas y que tienden a lo cobarde como yo.

Además de tener el valor de dejar, una persona seria también debe saber cómo hacerlo. La forma es fondo. Como ya dije, casi siempre he conseguido evitarlo. Sin embargo, una vez me despedí de un trabajo con un e-mail, del día a la mañana. Sin preaviso (y también sin contrato…). Llevaba muy poco tiempo. El día después apagué el teléfono y desaparecí de la faz de la tierra. Ni siquiera abrí mi ordenador por temor a que, de alguna manera, el jefe fuese capaz de ponerse en contacto conmigo, poseyendo con su espíritu los microchips de mi portátil y materializándose en pantalla. En el e-mail había calculado la dosis correcta de victimismo felino, sin embargo, se trataba, ni más ni menos, de una huida cobarde de la responsabilidad. Era evidente. Una gesto vergonzoso y digno de condena total. Cómo cortar con una pareja con un sms. Pero, al menos, era una decisión y, para un cobarde como yo, ya es mucho.

“Piensen en todos los millones de personas que viven juntas, a pesar de que no le guste, que odian su trabajo, pero tienen miedo a perderlo, no es de extrañar si tienen la cara que tienen”, Charles Bukowsky.

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Golpea a un maya para educar a cien

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El domingo pasado estuve cenando con un chico simpático que me quería convencer a toda costa de que los mejillones son un afrodisíaco y que, si me comía un kilo, habría podido fecundar a toda Provenza en un sólo día. La cosa no me cuadraba, pero el tipo era convincente, así como exótico y tenía un carisma antiguo.

Como italiano, por naturaleza soy desconfiado, pero, al mismo tiempo, vivo fascinado por los mitos y las leyendas. El muchacho hablaba un idioma extraño, difícil de entender. Le pregunté de dónde venía y él me dijo que era maya. “¡Por fin puedo hablar directamente con uno de vosotros!”, le dije mientras bajaba con fuerza una pala en su cabeza.

Sí, estoy un poco cansado de los mayas. Hoy todos son muy sarcásticos, ya que sólo faltan unos pocos días, pero había que oírles hace un año, cuando todavía había tiempo de sobra para destruir el planeta y apasionarse por alguna película de Roland Emmerich (¡os lo merecéis, el fin del mundo!). Así sería demasiado sencillo, amigos. La realidad es que toca quedarnos aquí en la miseria y en la mediocridad durante varios años aún. Por lo menos hasta las elecciones en Alemania.

Puede que los mayas fueran astrónomos fenomenales, pero no tenían ni idea de viticultura y comían fatal (casi exclusivamente mejillones a la marinera y cabezas de cabra enana a la coque o mollet). Así que, en fin, ¿queremos confiar en alguien que nunca ha probado un Cabernet-Sauvignon de las orillas de la Gironda? Yo diría que no.

Al parecer, además, hay cuatro lugares que se quedarían al abrigo del Apocalipsis: Bugarach en Francia, Cisternino y la Val Pellice en Italia y Sirince en Turquía. Todas son tierras de buena tradición gastronómica y vitivinícola. Incluso en Turquía se produce un exelente Pinot Noir. De hecho, Turquía es el sexto productor de uva del mundo, por detrás de Italia, China, Estados Unidos, Francia y España. Por lo tanto está claro que los mayas estaban buscando una tierra rica en potasio para reemplazar con el vino Denominación de Origen la sangre de los sacrificios humanos y dejar de perder el tiempo con los dibujitos en el trigo.

Si realmente quieres una profecía, te sirvo ésta: el Sol no es eterno, tiene cinco mil millones de años y vivirá cinco mil millones más, luego morirá. La muerte del Sol es una certeza. Acabará sus reservas de hidrógeno y para no explotar tendrá que expandirse hasta convertirse en una gigante roja. Entonces se tragará a Mercurio y Venus y tocará la órbita de la Tierra, que se volverá árida e inhabitable, las temperaturas serán tórridas, la cerveza imbebible y morirán todos.

Mientras tanto, despreocupado por el fin del mundo, el Papa -que es persona seria y gran consumidor de vino sagrado- ha decidido darse de baja de Badoo y abrir una cuenta en Twitter. Y es que Fidel Castro, el Hombre Araña, Gangnam y otros héroes enmascarados ya estaban allí y la Iglesia no puede permitirse el lujo de perder más followers.

A ver cómo reacciona @Ratzy cuando en su i-Pad aparezca el clásico DM (direct message): “¡Cuidado! Algunas personas están diciendo cosas malas sobre ti”. ¿Entenderà que se trata de spam o, hundido en el pánico, se entregará a la policía? En cualquier caso, hay que reconocer al Papa que nunca se ha dejado llevar por leyendas milenaristas (aparte quizá lo de Jesús y demás). Recientemente incluso ha negado la presencia en el portál de Belén del buey y de la mula, y se ha reservado el profundizar sobre la cuestión del caganer. Señales del fin.

Por ElEuropeo

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Nos hemos cargado internet

Sólo hay una cosa que me molesta más que la obtusa resistencia a la innovación y al progreso, y es la borrachera de novedad y progreso. Los medios de comunicación del siglo pasado, televisión, periódicos y radio, parecen espiar con morbosidad lo que sucede en los nuevos medios. Lo re-machacan un poco y lo venden como si fuera algo revolucionario. En cambio, los contenidos en la red no tienen, casi nunca, nada nuevo. Los gatos ya existían antes de que llegara internet y lo mismo dígase para la pornografía.

La televisión ha muerto cuando se ha convertido en un círculo cerrado y totalmente auto-referencial: la televisión hablando de la televisión. En internet está pasando lo mismo (como demuestra también este post…). El 80% del tiempo en las redes sociales se habla de las propias redes sociales. De si Facebook la tiene más larga que Twitter. Además los social network, que solamente ayer parecían ser la gallina de los huevos de oro, no han logrado desarrollar un modelo de negocio convincente. El dinero, en cambio, fluye sin parar a los sistemas cerrados: los chirimbolos de Apple y sus aplicaciones. Hoy en día podemos pasar una jornada entera en la red, sin acceder al maremágnum de internet. El concepto de ‘navegación’ de los 90 ya casi ha desaparecido.

Así que quiero lanzar un aviso: internet ha muerto. Es posible que esté precipitando un poco los acontecimientos, pero, por otro lado, me gustaría ser recordado como el primero que lo dijo. Después de todo, tarde o temprano va a suceder, por lo que no se me podrá acusar de haberme equivocado, como mucho de haberme adelantado a los tiempos con visionaria lucidez.

Todas las revoluciones antes o después se detienen. La generación nacida a mediados de los años 90, que considera la interconexión como algo normal, está decretando el comienzo del fin del símbolo del siglo XX: el automóvil. Estos chicos y chicas no tienen la necesidad de movilidad de la generación anterior. En los últimos años el dato que refleja el porcentaje de chavales de 18 años que cogen el carné de conducir ha estado disminuyendo constantemente. Se trata de la primera vez en la historia: el coche ya no es un símbolo de libertad. Es probable que esta tendencia no marque la muerte de las cuatro ruedas, pero a lo mejor sí decrete el fin del modelo del auto de propiedad, un simple estatus y un concepto absurdo desde el punto de vista del consumidor (un coche está aparcado el 90-95% del tiempo, pero gasta y se deprecia de todos modos).

Todo fenómeno humano tiene un principio y un fin. Antes del automóvil, ya habíamos enterrado el rock y el empuje propulsor del régimen de Franco, ambos derribados por la llegada de Ramoncín. El World Wide Web no es la culminación de la revolución digital, sino una etapa de ella. Es un poco como si Steve Jobs se hubiese sentado encima de la caja de Pandora de internet, para cerrar la puerta que se habían dejado abierta y restablecer el orden (y el control). Pero, sobre todo, es la llegada del esnobismo que determina el fin de las revoluciones e ya se vislumbran los primeros ludismos gafapastistas. Personalmente, y después de todo, puedo decir que aún me gusta internet, aunque sin duda prefiero los primeros discos…

Por ElEuropeo.es

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La independencia del estómago

Un sueño que he cultivado durante mucho tiempo es el de obtener la independencia de mi estómago. El estómago es la bestia, el instinto irreprimible y la incapacidad de controlar racionalmente las necesidades. Toda pasión, incluso la más cerebral, es hecha prisionera por las voluntades absolutistas del estómago. Es él quién decide. Siempre. Se adueña de todo, incluso del café… Transforma los deseos y las aspiraciones más nobles en míseras necesidades, haciéndonos esclavos. Nos mantiene atornillados a la tierra y nos impide volar en la pureza del etéreo. Comer es algo maravilloso, algo que combina humanismo y espiritualidad, pero el estómago lo abarata, convirtiendo todo en vil hambre. Y encima te castiga, si no cumples con sus normas. Con la gastritis.

Agripa Menenio Lanato, en el 493 a.C., alcanzó la plebe de Roma, que se había rebelado al Senado retirándose en el Monte Sacro. El tribuno convenció al pueblo  a dejar el motín contra los patricios, contándole una historia. Una vez, dijo, los miembros del cuerpo humano, persuadidos de la negligencia del estómago, rompieron los acuerdos con él y se negaron a servirle. Sin embargo, pronto comenzaron a consumirse, debido a que el vientre acogía a la comida y la distribuía a todas las partes del cuerpo; entonces las extremidades se reconciliaron con el estómago. Así, explicó Agripa, el Senado y el pueblo en la discordia perecen, en la concordia se mantienen en salud. Y Roma prosperó.

Independencia, duele reconocerlo, es un concepto relativo y engañoso. La independencia pura, de hecho, no pertenece a este mundo y de otros no consta la existencia. Así que convendrá saber cómo mejor depender y cómo ser indispensables al mismo tiempo.

Publicado por ElCiervo

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Locos por Amor

“Hola cariño, ¿has pensado en lo que te pedí? Para mi sería muy importante. Lo necesito para poder seguir creyendo en nuestra relación”.

Shi, lo he estado pensando. Y me he dado cuenta de que tenías razón”.

“Bien, sabía que lo entenderías”.

“Pero también me di cuenta de que esto sólo sería un primer paso. Que lo que quieres es algo más. Y tienes razón. No tiene sentido perder el tiempo. Si apostamos por esta relación hay que demostrarlo con los hechos”.

“Bueno, en realidad, yo con eso me conformaba. Tampoco tengo mucha prisa”.

“Ya no le tengo miedo al compromiso. Esta vez vamos en serio”.

“A ver, que tus dudas, al fin y al cabo, eran razonables. En este momento somos muy sensibles, pero tenemos que pensar con la cabeza fría. Tu mismo me lo dijiste. Mira, yo con eso ya me considero satisfecho. De verdad. De hecho, puede que incluso sea demasiado, ahora que me lo pienso….”

“Venga, ahora no te hagas el tontín, que sé lo que quieres. Además, cuando me miras así no puedo resistirte, eres tan guapo”.

“¡Gràcies!”

“Entonces ya está decidido. ¡Te voy a dar la independencia!”.

“¡Hostia! Perdona… No me lo esperaba. Mira, ahora en serio, con el pacto fiscal yo ya voy súper servido”.

“No y no. Quiero demostrarte lo mucho que me importa nuestra historia. Esta vez nada de términos medios”.

“E yo te lo agradezco mucho. De verdad. Sin embargo, verás, yo también tengo mis dudas y mis debilidades. Tus palabras me hicieron pensar y tal vez sería mejor seguir yendo paso a paso y ver cómo funciona”.

“Lo hago por los dos, por lo que hemos sido y podemos ser. De hecho, mira, de perdidos al río: te voy a dar la independencia y también Gibraltar, que me prometieron devolvérmela. ¿Estás feliz?”

“Es que creo que vas demasiado rápido. Además, tampoco estoy seguro de saber manejar todo esto”.

“¡Por supuesto que sí! Con lo guapetón que eres”.

“¡Gràcies!”

“Por fin podremos hacer aquel viaje a Ítaca del que siempre me hablabas. Que allí hay un ambiente impresionante, lo vi en Callejeros, o tal vez era Mykonos, bueno, es igual”.

“Es que a ver, yo lo decía así por decir. Además que los griegos me dan mala espina. En fin, que ahora hablas con el corazón, pero hay que usar la cabeza. ¿Qué pensará la gente?”

“Me da igual. Sólo quiero que seas feliz. Si el Coronel Alemán te molesta, le visto de Caganer y lo lanzo sobre el Peñón”.

“De todos modos, yo te pedí lo del pacto fiscal, más que nada para ponerte a prueba, era un símbolo. Pero no es que lo quisiese realmente, faltaría más. Con que me dijeras que te lo ibas a pensar yo ya me conformaba”.

“Mira, ya sé que con lo guapo que eres…”

“¡Gràcies!”

“… déjame terminar”.

“Perdona, es un reflejo”.

“Te decía, sé que ahí fuera hay gente que te soltaría el federalismo en la primera cita (porque la gente es muy guarra), sin embargo, yo soy de otra época y necesito tiempo para ciertas cosas. Pero ahora estoy convencido y por fin vuelvo a tener a esa niña en la cabeza, a nuestra niña”.

“Es que ahora soy yo el que no está tan seguro, tengo un poco de miedo, creo que la cosa se me fue de las manos. Además soy adicto al cochinillo de Segovia y si me ponen aranceles em foten el negoci“.

“Es el amor que te da vértigo. No te preocupes que juntos podemos”.

“Mira, te soy sincero. Lo del pacto fiscal era una excusa para que me dejaras. Que yo no tenía el valor. Y ahora me vienes con esta locura de la independencia… ¿Pero te oyes? Yo no estoy listo y tampoco quiero. Que no, que no. Además todavía soy joven y quiero disfrutar de la vida sin responsabilidades, así que me largo al Tarragona Word, que allí seguro que no hay peligro de que me tomen en serio. ‘Deu Mariano”.

Por ElEuropeo.es

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Los chinos no se aburren

Yo me aburro rápido. Dramáticamente rápido. De hecho, escribo frases cortas. Con muchos puntos. Porque si no me aburro. Soy un campeón del argumento, ya que, además de aburrirme con facilidad, también soy una persona aburrida. Puedo crear mi propio aburrimiento. Es como si a alguien alérgico al polen le crecieran margaritas en la cara. Así que soy feliz cuando entro en un bar, pido una cerveza a la camarera María, voy al baño y al regresar el propietario ha cambiado y la bebida me la sirve una chica encantadora llamada Jin Chun. Las novedades siempre son positivas, incluso cuando son negativas, porque al menos bajan el nivel de aburrimiento.

Puedo hacer lo mismo un máximo de dos o tres veces consecutivas, luego tengo que cambiar. O, por lo menos, debo dejar pasar un buen lapso antes de repetir. Así, conservo lo bueno, no lo estropeo y puedo volver a utilizarlo más adelante. Algunas personas, en cambio, cuando encuentran algo que les gusta, repiten obsesivamente hasta la náusea. Y así lo pierden para siempre. Cuando empiezo algo nuevo, llego siempre hasta el final, si el proyecto tiene un plazo. Si no lo tiene, igualmente hago las cosas bien: monto la estructura, le acompaño en los primeros pasos, hasta que, fatalmente, llega un momento en que me aburro y tengo que dejarlo todo. Funciono mejor con los trabajos a plazos. El trabajo fijo es aburrido.

Mi referencia son los chinos. Los chinos son buenos. Cambian de actividad con una velocidad asombrosa. No se aburren y no se apegan a las rutinas. Son pragmáticos. Pasan página rápidamente, se mantienen siempre en movimiento, a pesar de que puedan dar la impresión de estar parados. Una impresión que, por cierto, yo también sé dar muy bien. Los chinos un día abren una frutería. Al día siguiente la convierten en una peluquería y luego en un bar. Te cortan el pelo con una piña si hace falta. Esperan que el cadáver del enemigo pase por el río y, mientras, se adaptan a todo, porque saben cómo mantenerse dentro de la corriente. Los chinos no pierden el tiempo, no se piensan encima. En China existe el Ministerio de la Verdad. Un gran ahorro de tiempo. ¿Que tienes una duda existencial? Pues, el funcionario te pasará un formulario con la respuesta. Pero, mientras tanto, tú no te pares y abre un restaurante. Primero piensa en comer y luego en vestirte, dicen por ahí.

Nosotros, en cambio, somos viejos y repetitivos. El envejecimiento de un pueblo se deduce también de la dificultad con la que se abandonan las costumbres. Nosotros somos muy aburridos. Ahora parece que todo el mundo tenga que especializarse en algo. Sin embargo, yo no me voy a especializar en nada. Hago un poco de todo. Como los chinos. Siempre con resultados entre el mediocre y el discreto. Como los chinos. Tampoco mal mal, a decir verdad, pero nunca rotundamente bien. Me adapto con facilidad, pero no me especializo. Que, al fin y al cabo, en la naturaleza adaptarse sin especializarse sería la clave para la supervivencia. Mientras que en el mundo laboral es el secreto para la irrelevancia. ¿Quién tiene razón entonces? ¿Darwin o Manpower?

Por Eleuropeo.es

 

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El Rey ha muerto

El país cierra un hito en su historia y deja abiertas muchas preguntas sobre su futuro.

Por ElEuropeo.es

Después de una breve agonía, el monarca falleció a las 8.45 horas de esta mañana. Le han velado hasta el último aliento su esposa, la Reina, sus hijos y nietos. Fuera del hospital se reunió una pequeña multitud, que durante toda la noche quiso acompañar al Rey en su último viaje, cantando, rezando y agitando un mar de pequeñas velas.

Las causas del deceso aún no se han verificado, pero parece que la insuficiencia respiratoria, debida a una enfermedad breve y violenta, pudo con las fuerzas ya debilitadas de Su Majestad. El país entero se despide de él con melancolía y gratitud.

Después de una breve agonía, el monarca falleció a las 8.45 horas de esta mañana”

Bueno, llegado a este punto el Lector habrá comenzado a sospechar. Y con buena razón. El hecho es que se ha encontrado, a su pesar, en el centro de un pequeño (y frívolo) experimento de semiótica y de periodismo. La semiótica, cómo ya saben hasta las cabras, los concejales, los mapaches y los euroescépticos es la disciplina que estudia la producción de sentido en relación con el signo. La significación se realiza entre algo físicamente presente y algo ausente y sugerido. En este caso concreto, tuvimos que superar algunos obstáculos más allá del titulo (entradilla, destacado y foto) que nos han llevado igualmente a un significado inferido. Pero ¿qué Rey?, ¿de qué país?

Se ha manipulado el espacio cognitivo del pobre y perezoso Lector y, teniendo en cuenta el promedio de capacidad de atención, es probable que la inferencia perversa se haya generado como previsto. Nos ponemos chulos con los más débiles.

Desde luego que ElEuropeo aún no tiene la relevancia del New York Times, y tal vez alguien se habrá preguntado, suspicaz: ¿cómo puede ser que lo sepan estos pringados y mi tía en Facebook no me haya dicho nada? Es cierto. Sin embargo, aquí sólo se quería dar un ejemplo.

Esta es también la práctica más seguida por la gran parte del periodismo on-line. Se arroja en el mar un titular rompedor y se espera que piquen las visitas. Total, muy pocos decidirán seguir con la lectura más allá del primer párrafo. Se podría incluso dejar en blanco el texto de la noticia. Si, encima, nos ayudamos con la viralidad hipercinética y un poco autista de los 140 carácteres de Twitter, el contagio del bombazo está casi garantizado. Incluso sin el esfuerzo de montar todo el teatrillo de Orson Wells y sus marcianos. Hoy en día, un buen título es más que suficiente.

Pensándolo bien, no es más que la transposición de una actitud general. De hecho, incluso las personas, en su mayoría, son juzgadas por el título. El becario, por ejemplo, no tiene otro nombre, u otras cualidades, que la de ser “el becario”.

En fin, en realidad yo sólo quería meterme de una vez en la columna de aquí a la derecha, donde están los artículos más leídos, y como no tenía mucho que decir, pues me he inventado este truco. Espero que no hayan perdido demasiado tiempo, aunque estoy seguro de que se habrán marchado después de leer el título.

Aviso a todos los amigos twitteros, cada retwitt de esta pieza os dará derecho a un pedazo del cadáver de Lady Gaga.

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It’s poker time!

Una época de poker

En el cultivo de los vicios soy un conservador. Una especie de freno interior casi siempre me ha bisbiseado hasta dónde empujarme.
Una juventud pasada entre muchas dolencias físicas me ha enseñado a escuchar a mi cuerpo. Eso sí, no hago nada para que se sienta mejor, pero, al menos, trato de evitar lo que le haría sentir mucho peor. Bebo, sí, pero ya desde hace años me detengo un paso antes de encontrarme mal. Fumo, pero sólo en compañía y con poco entusiasmo. No me gustan los dulces.

Así que estoy de acuerdo con que el Estado se financie lucrando sobre los vicios de la gente. Permitiría que se fumase en los lugares públicos, pero con precios prohibitivos para el tabaco. Un paquete de cigarrillos podría costar 50 euros sin problemas. Dicho esto, mi civismo y mi fuerte sentido de la comunidad, me obligan a contribuir de algun modo al bien común. Así que intentaré apasionarme por lo menos a los juegos de azar. Va a ser difícil, porque ni siquiera he comprado nunca un billete de la lotería. Es que soy un tipo pragmático (y tacaño), por lo que las escasas probabilidades de éxito no me compensan el gasto. Sin embargo, voy a cumplir con mi parte, ahora que, después de años de sufrimiento, por fin se ha identificado la forma de salir de esta crisis: la construcción de un Las Vegas en el Mediterráneo.

Derrocharé todo mi poco dinero, antes de que se hunda junto con el banco donde está guardado, jugando al Chemin de Fer (porque incluso en el vicio, sigo siendo una persona elegante). He entendido que es esto lo que se necesita para un futuro mejor: verter toneladas de cemento en la orilla del mar para reproducir una Antigua Roma, donde rusos, árabes y japoneses nos puedan dejar el dinero que ya no nos quieren prestar a través del mercado bursátil. Esto es lo que hace falta para ganar credibilidad.

Saber jugar al poker es la virtud esencial de nuestra época. El otro día vi en la televisión un partido muy extraño, porque nadie podía ganar, pero tampoco jugar. Por un lado estaba una mujer rubia y corpulenta, repleta de fichas, que no sabía cómo utilizar, ya que no quedaba nadie con dinero suficiente para seguir jugando. De pié estaban dos muchachos que lo habían perdido todo en las manos anteriores y que mendigaban una pequeña señal de solidaridad para continuar el juego y divertirse juntos, ya que sabían que un pardido entre dos puede ser muy aburrido. La Señora dijo que quizás podría aceptar, pero primero quería fundar una sociedad entre todos los jugadores presidida por ella misma. No se fiaba un pelo. En el otro extremo de la mesa estaba sentado un hombre pequeño, un ex-rico que se había quedado casi sin dinero. A él de la sociedad le importaba un pepino. Tal vez más adelante, decía escondido tras unas gafillas de sol. De momento le interesaban más que nada las fichas de la Señora. La sensación era que todos se estuviesen echando un farol. Se trataba de averiguar quién se lo habría tragado primero. De mientras, casi nadie se estaba divirtiendo y el Casino ya estaba a punto de cerrar.

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The English Breakfast

La organización de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 está intentando otorgar sentido a un acontecimiento que, notoriamente, se ha convertido en uno de los peores cataclismos económicos que puedan acontecer en una ciudad. Entre las iniciativas propuestas, está la de invitar a algunos de los grandes iconos de la música británica, como Keith Moon, ex batería de los Who. El problema es que Moon murió en 1978, después de una noche pasada con Paul McCartney, lo que confirma, por si aún fuera necesario, que el ex Beatle es la reencarnación del diablo.

Desde el punto de vista musical siempre he pertenecido al bando estadounidense. Prefiero el rock al pop, Lou Reed a David Bowie y Bob Dylan a Donovan. El blues es la matriz de todas mis preferencias. Los afroamericanos son lo verdaderamente específico de la música de Estados Unidos y lo que hace de Otis Redding la voz perfecta.

Con Londres siempre he tenido una relación complicada. Era el destino por excelencia de los deseos turísticos de casi todos mis amigos. El paraíso de las compras, de la modernidad. La Nueva York a la vuelta de la esquina, con el encanto añadido de las bodas reales y de la melancolía por el Imperio perdido. En cambio, a mí me ha parecido siempre demasiado arrogante. En las principales estaciones de Londres se pueden leer eslóganes como: “Los londinenses tienen un 37 por ciento más de posibilidades de convertirse en líderes de opinión”, o “Tus amigos que no son de Londres tienen que correr para mantener tu ritmo”. Suficiente para desear un desbordamiento del Támesis…

Siempre he preferido el Mediterráneo. Me gusta el calor, el sol, la buena comida, la vida en la calle, la pasión y todo lo que Inglaterra no tiene. Sin embargo, y muy a mi pesar, reconozco tener un carácter muy british. Mi self-control roza la parálisis cerebral. Soy una persona afligida por un Superyó elefantiásico, me avergüenzo en un número infinito de formas y matices. Vergüenza personal y ajena. Por otro lado, Chéjov dijo que una buena persona se avergüenza incluso delante de un perro…

Por mucho que lo niegue, estoy profundamente influenciado por el juicio de los demás, tal vez no tanto de cara a los individuos particulares, sino al conjunto de la sociedad en la que me muevo. Paolo Conte, en Wanda, ilustra este tipo de pudor, cuando a la novia que, en público, le demanda besos, responde: “Wanda, vamos, enamorados todo lo que quieras, pero no estamos solos”.

Soy muy poco almodovariano. Las pasiones –suponiendo que las tenga– las escondo bajo metros y metros de understatement inglés. Nunca me entusiasmo y, por mucho que me esfuerce, no consigo tomarme en serio. De todo esto, sin duda, es responsable mi madre, un personaje dramático que parece haber salido de la pluma de Emily Bronte (Freud estaría orgulloso de mí…) Este pudor tan fuerte se encuentra en abierta contradicción con el exhibicionismo que implica el escribir, una violencia que impongo a mi carácter. En el momento exacto en el que envío algo por escrito, empiezo a avergonzarme de ello y deseo con toda mi alma cambiarlo o eliminarlo. Es una especie de terapia de hurto. Si tuviera más dinero y fuera menos cínico, tal vez acudiría a un psicólogo, pero, de momento, prefiero ahorrar y enfermar gratuitamente a los demás, mientras me tomo una taza de exquisito earl grey.

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Un lugar feliz

Al parecer la vida en las grandes ciudades nos ha hecho inmunes a muchas enfermedades. Es lo que afirma un grupo de investigadores británicos que ha publicado un estudio en la revista Evolution. De acuerdo con los resultados de la investigación, las personas que viven en zonas densamente pobladas son más propensos a poseer una variante genética en su ADN que los hace resistentes a ciertos tipos de enfermedades como la tuberculosis y la lepra.

La vida en la ciudad, por lo tanto, hace más resistente a nuestra especie, porque, como individuos, nos selecciona con más ferocidad. Nos vuelve más fuertes y duraderos y, honestamente, no estoy del todo seguro de si es algo positivo, ya que, entre otras cosas, hay otro estudio que predice que los seres humanos en el futuro se parecerán todos a Denny De Vito…

Yo, hasta que he conseguido ser mínimamente creíble, he tratado siempre de venderme como una persona desinteresada, enmarcada en una sociedad de la que quiere ser un miembro activo, deseosa de aportar su propio pequeño grano de arena para el bien común. Sin embargo, la realidad es otra. Soy vergonzosamente egocéntrico y básicamente egoísta. Para demostración de esto está también mi incapacidad de escribir de otra cosa que no sea: yo en frente al espejo, yo de perfil, yo desde arriba, yo desde abajo, yo con bigote, yo sin bigote. De hecho, aprovecho la ocasión para pedir mis disculpas a los pacientes lectores de este espacio, que soportan este tedioso onanismo.

De verdad que estaría muy contento y orgulloso de ser capaz de imaginar increíbles y exóticas aventuras o de entablar meditaciones de sabor y envergadura universal, pero no soy capaz. Me gustaría tener la fantasía ilimitada de Emilio Salgari, que concibió a Sandokán y supo escribir innumerables novelas ambientadas en tierras lejanas, sin abandonar nunca su pequeño pueblo de provincia. Salgari escribía a destajo y acabó suicidándose, cubierto por las deudas, con un hara-kiri (lo que comprueba su imaginación y sentido del drama hasta el final). Antes de morir escribió: “La profesión del escritor debería estar llena de satisfacciones morales y materiales. En cambio, yo estoy clavado a mi escritorio durante muchas horas del día y algunas de la noche, y cuando descanso estoy en la biblioteca para documentarme. Tengo que escribir ‘a todo vapor’ carpetas y carpetas e inmediatamente enviarlas a los editores, sin haber tenido tiempo para volver a leer y corregir. A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semi-miseria o aún peor, solo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma”.

Últimamente pienso a menudo en la posibilidad de dejar la urbe, si solo tuviera medios, planes y perspectivas más claras. Podría ser feliz, creo, en un lugar tranquilo y aislado, en la orilla de algún mar o en la cima de algún pico, relajar los ojos y las orejas y ralentizar todos mis biorritmos (aunque hay quien no podría creer que mis biorritmos se puedan ralentizar aún más…) La ciudad ofrece muchas oportunidades, pero hay que tener medios y cuerpo para poderlas aprovechar y para soportar ritmos definitivamente agresivos. La metrópoli complica las relaciones humanas, haciéndolas más incomodas y fragmentadas, por otro lado, ofrece la magnifica oportunidad del anonimato. Sin embargo, una isla ofrece esto. No estoy tan convencido de que una mente creativa (y ahora no estoy hablando de mí…) obtenga un mayor beneficio de un bombardeo constante e irregular de inputs que de una tranquila meditación solitaria. De hecho, en Harvard dicen que las personas pueden guardar recuerdos más duraderos y precisos de los momentos que han vivido en solitario.

Como decía, me cuesta ver más allá de mi experiencia diaria. Pienso, hablo y escribo sobre lo que me pasa. Si me encuentro mal, tengo la necesidad de que se entere todo el mundo. En cambio, si estoy bien me vuelvo más introvertido… Incluso cuando trato de escribir para encontrar los gustos del público, con lo que creo que podría interesarle, en realidad termino pensando en un público potencial que se me parece en un modo preocupante. De manera que acabo escribiendo y hablando siempre y solo para complacerme a mi mismo. Un cortocircuito bastante miserable, lo entiendo.

Sin embargo, puede que, por paradoja, puesto delante de la total ausencia de estímulos externos, sería por fin capaz de crear un mundo ficticio más interesante que mi aburrida cotidianidad, o que, directamente, dejaría de ponerme el problema y me buscaría un trabajo de verdad. Hablaría con menos gente, pero lo haría con más ganas de escuchar. Un par de veces me ha pasado que alguien, después de leer algo simpático que había escrito, me pidiese con curiosidad contarle mi jornada-tipo, con la absurda idea de encontrar allí, vete a saber qué anécdota brillante. En estos casos habría que tratar el asunto por lo que es, una mera pregunta retórica, resultado de un rápido y efímero interés. No hace falta revelar lo banal que es la vida. De hecho, es definitivamente mejor no responder y dejar sitio al misterio, o, si no se puede callar, imaginarse una vida paralela llena de aventuras.

Salgari también tenía un maravilloso don que se concede a pocos: estaba loco. Esa es probablemente la única manera para hacer que la propia felicidad o tristeza, creatividad o trivialidad no dependan en absoluto de los lugares en donde se vive.

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El Misterio del Filete

Mientras que estaba pensando si se puede morir por psoriasis, me ha venido a la mente la luna. Nuestro simpático satélite que un vendedor de ollas de Estados Unidos, por casualidad candidato en las primarias republicanas, querría explotar, en breve, como almacén de materias primas. Siguiendo con la ciencia ficción, siempre me he preguntado qué pasaría si se anunciase la llegada de los extraterrestres a la Tierra. Más en concreto: ¿nos levantaríamos igualmente para ir a trabajar? ¿Todo terminaría siendo metabolizado y nuestra miserables certezas tampoco se rayarían? Probablemente sí. Se emitirían unas ediciones especiales del telediario, se publicarían unos cuantos millones de posts en Internet, escucharíamos un par de sermones del Papa para decir que todos son bienvenidos, siempre y cuando no practiquen el sexo fuera del matrimonio, y, en un mes, ya nos habríamos olvidado del asunto, hasta encontrarnos con el primer marciano en la casa de Gran Hermano.

Lo que realmente gusta es lo desconocido, la incertidumbre, y, fundamentalmente, la ignorancia, que ofrece seguridad y deja amplios margenes para la especulación, la fantasía y la paranoia. En esto se basa, por ejemplo, la religión. Si ya lo sabes todo, no tiene gracia y, a menudo, la verdad resulta muy banal. Nos encantan los misterios, a todos nos gustaría un primo como Iker Jiménez, que mientras nos aburrimos en la cena de Navidad nos entretenga con la terrible amenaza de la estelas químicas, la conspiración global de Goldman Sachs, los falsos ataques del 11 de septiembre y la verdadera identidad de Bin Laden, que, como es sabido, en realidad era un carnicero de Salamanca. Esto precisamente se ve confirmado por las últimas aterradoras revelaciones de su ex amante, la señora Kola Boof, que ha destapado la pasión cegadora del fallecido terrorista para la también difunta Whitney Houston, a la que, dicen, quería regalar un bonito chalet en Sudán para ganar su corazón. Afortunadamente, la prensa internacional no nos deja secos de noticias tan fundamentales.

La pasión por las verdades extra oficiales y por las conspiraciones es algo que, como italiano, conozco muy bien. A causa de una historia llena de acontecimientos misteriosos y asesinatos sin resolver, en su mayoría atribuibles a la anarquía total que siempre ha reinado en el país y a una posición geográfica fronteriza, durante la Guerra Fría, que le convirtió efectivamente en un lugar muy divertido, los italianos se deleitan con pasión en lo que ellos llaman, con un término que no tiene traducción en otros idiomas, dietrologia. El discurso sobre lo que está detrás, escondido.

Últimamente hemos tenido una prueba más de eso, con el supuesto scoop de un periódico transalpino, que afirma ser entrado en posesión de una papeleta secreta, pasada de manos entre algunos cardenales, que anuncia una conspiración interna al Vaticano para eliminar al actual Papa dentro del 2012. Os podéis imaginar la alegría general.

Si ya es notoria la propensión a la estupidez de la gente, lo que aún sorprende por criminal es la constante competición entre la prensa en el lanzamiento de la chorrada más grande. Los periodistas no son nada más que cotillas y bocazas que han encontrado en Internet la gallina de los huevos de oro.

Todo esto para llegar a decir que la historia de Contador me deja estoicamente solo contra todo (o casi) el pueblo español (en sus diversas variaciones y coloraciones regionales) y de su prensa. No os lo esperabais, ¿a que no?

Me adelanto a las críticas y en seguida reconozco. Soy una persona que juzga a los demás sin tener ningún titulo para hacerlo, basándome sobre elementos totalmente superficiales. Soy uno que, por ejemplo, cuando entra en casa de alguien comienza a analizar con modales y miradas altivas los libros y los discos, viviseccionando títulos y ediciones. De hecho, los Mp3 me han quitado un parámetro fundamental para hacerme una idea de las personas. Por otra parte, soy medianamente envidioso. Envidio un poco a todos, me siento aliviado solamente cuando una persona que envidio resulta ser más joven que yo, ya que entonces me siento superior de todos modos. Debe ser un legado enfermizo del cole. Pero, por encima de todo, soy italiano, con toda la carga y la culpa por barcos hundidos que esto conlleva… Además, los franceses, no digo que me resulten simpáticos (todo tiene un límite), pero si me parecen muy interesantes y muchas veces los he encontrado más parecidos a mi forma de ser que los propios italianos. Seguramente con los guiñoles se habrán pasado un poco (sin embargo, a mi me han hecho reír…), pero la sátira es precisamente esto. Además, los franceses son así y los amamos por eso también…

Así que, llegados a este punto, ya podéis partir vuestro ordenador con la cabeza y enviar un sicario a mi casa. Os entendería.

Los tres países (Italia, España y Francia) han tenido su momento de shock debido a la pérdida de inocencia (si es que nunca la habían tenido) tras el descubrimiento de que su atleta favorito les había engañado. A Francia le tocó con Virenque, a Italia con Pantani y a España con Contador, sólo para limitarnos al ciclismo (el deporte con más casos de dopaje, simplemente porque es el que más se controla…). Algunas veces se ha echado la culpa a los caramelos de la tía o a un café y otras a un filete, pero la sustancia es la misma y no me refiero al clembuterol… La diferencia se encuentra, tal vez, en la reacción de la gente a la noticia. La decepción fue fuerte en todos los casos, algún tonto suelto se tragó la bola del complot, pero, en general, la conciencia de que el deporte profesional es, sobre todo, un espectáculo mitológico amañado como la lucha libre y un producto económico como una película, en Francia e Italia es bastante difundida y casi nadie, a pesar de la propensión a la dietrologia de la mente italiana, se ha atrevido a llorar mucho por una supuesta conspiración. Será que somos más cínicos, o geneticamente más tramposos, o que muy pocos aún creen en la objectividad de los periodistas.

De hecho, hay menos diferencias en la forma de tratar la noticia por las prensas nacionales, que casi siempre acaban sometiéndose a la ley del silencio. Si alguien se atreve a romper ese muro mafioso, como es el caso de un periodista francés que llegó a desvelar, sin ningún tipo de chovinismo, el rendimiento sospechoso de la selección de fútbol campeona del mundo en el ’98, acaba siendo expulsado y marginalizado por su gremio. Aún así, hay matices, y la verdad es que una barrera de fuego tan compacta como la que han armado los medios españoles no tiene igual en otros países. Algunos podrían hablar de una “mala conciencia” o de complejos, otros de ceguera nacionalista. Yo prefiero hablar de “conflicto de intereses”.

En España el deporte tiene una importancia desproporcionada y la prensa deportiva una relevancia que no merece. Es cierto que en Italia se tiran motocicletas abajo de las curvas del estadio, que hay peleas y estafas, pero estas son cuestiones de falta de civismo, de orden público y de la incapacidad de mantenerlo por parte del Estado. Un problema (grave) que concierne a una pequeña y ruidosa minoría de criminales. El resto de la población, a pesar de lo que pueda parecer, no vive el deporte de manera tan dogmática. Casi nadie piensa (realmente) que sea una isla feliz o un motivo de orgullo nacional, ni siquiera cuando se gana. El deporte es el deporte, una diversión y ya está.

En España, en cambio, la cantidad de valores sobreentendidos vehiculados por el deporte es totalmente inmotivada. La pasión sin duda es genuina, pero este exceso de furor, que a menudo lleva a no ver la realidad, en gran parte es culpa de la prensa, que se alimenta como un buitre de los ídolos que crea y destruye según le antoje, lo que favorece también la falta de espíritu crítico de las personas y la creación de muchas coartadas. Más que una verdadera cultura deportista, existen fetiches. La F1 es Fernando Alonso, el deporte en si es lo de menos.

Es positivo que, por fin, se haya obtenido alguna tímida apertura política a la necesidad de enfrentarse sin hipocresía a un problema que existe desde hace mucho. Cuando también la prensa deportiva lo haga, no será nunca demasiado pronto.

Bueno, ya he terminado con mi sermón. Me imagino que ya no volveremos a vernos y que tendré que emigrar a París. Lástima, ha sido bonito hasta aquí. Ahora puedo volver a medirme la prima de riesgo para ver si la tiene más grande un italiano o un español (ciertamente no será un francés).

Por ElEuropeo.es

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El trabajo duro paga a largo plazo, la holgazanería de inmediato

Fellini - I vitelloni

Cuando salgo de viaje, lo primero que hago es seleccionar cuidadosamente una maleta adecuada. Una vez identificada, la relleno sin pensar en lo que realmente necesitaré. El objetivo es colmar el recipiente. Ese ‘apólogo de la maleta’ también identifica muy bien cuál es mi relación con el tiempo. Dado un cierto número de horas para dedicar al trabajo, el objetivo del juego es saturar lo más posible ese espacio de buenas intenciones, aspiraciones y proyectos, con la casi seguridad de dejar sin respuesta la mayoría de ellos. Me ocurría lo mismo en la Universidad, cuando, una vez sacados de la biblioteca los textos para el examen, me parecía que ya había hecho mi deber y que la fase de estudio real era sólo un accesorio. Mi problema, por lo tanto, no es el de encontrar sitio para todo lo que quiero/debo hacer (de hecho, tengo un montón de espacio), si no el de dilatar lo poco que realmente hago para ocupar la vasta columnata de tiempo libre disponible. Nunca he sido muy hábil en la planificación y en la gestión controlada del tiempo. No tengo una actitud ‘fordista’, más bien vivo de desarticulados e impredecibles ímpetus estajanovistas, casi siempre dictados por la urgencia. La presión es, de hecho, mi mejor combustible y con los años he aprendido que todo puede llegar a ser urgente, si se tiene la paciencia de esperar lo suficiente… Durante años he incluso usado un reloj chino que marcaba un minuto cada 55 segundos, con el intento de darme prisa artificialmente. El trabajo, sin embargo, me fascina tanto, que podría estar sentado mirándolo durante horas. Así que estoy de acuerdo con Henri Bergson, cuando afirma que la objetividad espacial de las manecillas del reloj es asunto triste que hay que dejar a los físicos. El tiempo, en cambio, es una dimensión subjetiva y una hora de ocio irresponsable vale cuanto cinco de trabajo concienzudo.

Publicado por El Ciervo

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