El Misterio del Filete

Mientras que estaba pensando si se puede morir por psoriasis, me ha venido a la mente la luna. Nuestro simpático satélite que un vendedor de ollas de Estados Unidos, por casualidad candidato en las primarias republicanas, querría explotar, en breve, como almacén de materias primas. Siguiendo con la ciencia ficción, siempre me he preguntado qué pasaría si se anunciase la llegada de los extraterrestres a la Tierra. Más en concreto: ¿nos levantaríamos igualmente para ir a trabajar? ¿Todo terminaría siendo metabolizado y nuestra miserables certezas tampoco se rayarían? Probablemente sí. Se emitirían unas ediciones especiales del telediario, se publicarían unos cuantos millones de posts en Internet, escucharíamos un par de sermones del Papa para decir que todos son bienvenidos, siempre y cuando no practiquen el sexo fuera del matrimonio, y, en un mes, ya nos habríamos olvidado del asunto, hasta encontrarnos con el primer marciano en la casa de Gran Hermano.

Lo que realmente gusta es lo desconocido, la incertidumbre, y, fundamentalmente, la ignorancia, que ofrece seguridad y deja amplios margenes para la especulación, la fantasía y la paranoia. En esto se basa, por ejemplo, la religión. Si ya lo sabes todo, no tiene gracia y, a menudo, la verdad resulta muy banal. Nos encantan los misterios, a todos nos gustaría un primo como Iker Jiménez, que mientras nos aburrimos en la cena de Navidad nos entretenga con la terrible amenaza de la estelas químicas, la conspiración global de Goldman Sachs, los falsos ataques del 11 de septiembre y la verdadera identidad de Bin Laden, que, como es sabido, en realidad era un carnicero de Salamanca. Esto precisamente se ve confirmado por las últimas aterradoras revelaciones de su ex amante, la señora Kola Boof, que ha destapado la pasión cegadora del fallecido terrorista para la también difunta Whitney Houston, a la que, dicen, quería regalar un bonito chalet en Sudán para ganar su corazón. Afortunadamente, la prensa internacional no nos deja secos de noticias tan fundamentales.

La pasión por las verdades extra oficiales y por las conspiraciones es algo que, como italiano, conozco muy bien. A causa de una historia llena de acontecimientos misteriosos y asesinatos sin resolver, en su mayoría atribuibles a la anarquía total que siempre ha reinado en el país y a una posición geográfica fronteriza, durante la Guerra Fría, que le convirtió efectivamente en un lugar muy divertido, los italianos se deleitan con pasión en lo que ellos llaman, con un término que no tiene traducción en otros idiomas, dietrologia. El discurso sobre lo que está detrás, escondido.

Últimamente hemos tenido una prueba más de eso, con el supuesto scoop de un periódico transalpino, que afirma ser entrado en posesión de una papeleta secreta, pasada de manos entre algunos cardenales, que anuncia una conspiración interna al Vaticano para eliminar al actual Papa dentro del 2012. Os podéis imaginar la alegría general.

Si ya es notoria la propensión a la estupidez de la gente, lo que aún sorprende por criminal es la constante competición entre la prensa en el lanzamiento de la chorrada más grande. Los periodistas no son nada más que cotillas y bocazas que han encontrado en Internet la gallina de los huevos de oro.

Todo esto para llegar a decir que la historia de Contador me deja estoicamente solo contra todo (o casi) el pueblo español (en sus diversas variaciones y coloraciones regionales) y de su prensa. No os lo esperabais, ¿a que no?

Me adelanto a las críticas y en seguida reconozco. Soy una persona que juzga a los demás sin tener ningún titulo para hacerlo, basándome sobre elementos totalmente superficiales. Soy uno que, por ejemplo, cuando entra en casa de alguien comienza a analizar con modales y miradas altivas los libros y los discos, viviseccionando títulos y ediciones. De hecho, los Mp3 me han quitado un parámetro fundamental para hacerme una idea de las personas. Por otra parte, soy medianamente envidioso. Envidio un poco a todos, me siento aliviado solamente cuando una persona que envidio resulta ser más joven que yo, ya que entonces me siento superior de todos modos. Debe ser un legado enfermizo del cole. Pero, por encima de todo, soy italiano, con toda la carga y la culpa por barcos hundidos que esto conlleva… Además, los franceses, no digo que me resulten simpáticos (todo tiene un límite), pero si me parecen muy interesantes y muchas veces los he encontrado más parecidos a mi forma de ser que los propios italianos. Seguramente con los guiñoles se habrán pasado un poco (sin embargo, a mi me han hecho reír…), pero la sátira es precisamente esto. Además, los franceses son así y los amamos por eso también…

Así que, llegados a este punto, ya podéis partir vuestro ordenador con la cabeza y enviar un sicario a mi casa. Os entendería.

Los tres países (Italia, España y Francia) han tenido su momento de shock debido a la pérdida de inocencia (si es que nunca la habían tenido) tras el descubrimiento de que su atleta favorito les había engañado. A Francia le tocó con Virenque, a Italia con Pantani y a España con Contador, sólo para limitarnos al ciclismo (el deporte con más casos de dopaje, simplemente porque es el que más se controla…). Algunas veces se ha echado la culpa a los caramelos de la tía o a un café y otras a un filete, pero la sustancia es la misma y no me refiero al clembuterol… La diferencia se encuentra, tal vez, en la reacción de la gente a la noticia. La decepción fue fuerte en todos los casos, algún tonto suelto se tragó la bola del complot, pero, en general, la conciencia de que el deporte profesional es, sobre todo, un espectáculo mitológico amañado como la lucha libre y un producto económico como una película, en Francia e Italia es bastante difundida y casi nadie, a pesar de la propensión a la dietrologia de la mente italiana, se ha atrevido a llorar mucho por una supuesta conspiración. Será que somos más cínicos, o geneticamente más tramposos, o que muy pocos aún creen en la objectividad de los periodistas.

De hecho, hay menos diferencias en la forma de tratar la noticia por las prensas nacionales, que casi siempre acaban sometiéndose a la ley del silencio. Si alguien se atreve a romper ese muro mafioso, como es el caso de un periodista francés que llegó a desvelar, sin ningún tipo de chovinismo, el rendimiento sospechoso de la selección de fútbol campeona del mundo en el ’98, acaba siendo expulsado y marginalizado por su gremio. Aún así, hay matices, y la verdad es que una barrera de fuego tan compacta como la que han armado los medios españoles no tiene igual en otros países. Algunos podrían hablar de una “mala conciencia” o de complejos, otros de ceguera nacionalista. Yo prefiero hablar de “conflicto de intereses”.

En España el deporte tiene una importancia desproporcionada y la prensa deportiva una relevancia que no merece. Es cierto que en Italia se tiran motocicletas abajo de las curvas del estadio, que hay peleas y estafas, pero estas son cuestiones de falta de civismo, de orden público y de la incapacidad de mantenerlo por parte del Estado. Un problema (grave) que concierne a una pequeña y ruidosa minoría de criminales. El resto de la población, a pesar de lo que pueda parecer, no vive el deporte de manera tan dogmática. Casi nadie piensa (realmente) que sea una isla feliz o un motivo de orgullo nacional, ni siquiera cuando se gana. El deporte es el deporte, una diversión y ya está.

En España, en cambio, la cantidad de valores sobreentendidos vehiculados por el deporte es totalmente inmotivada. La pasión sin duda es genuina, pero este exceso de furor, que a menudo lleva a no ver la realidad, en gran parte es culpa de la prensa, que se alimenta como un buitre de los ídolos que crea y destruye según le antoje, lo que favorece también la falta de espíritu crítico de las personas y la creación de muchas coartadas. Más que una verdadera cultura deportista, existen fetiches. La F1 es Fernando Alonso, el deporte en si es lo de menos.

Es positivo que, por fin, se haya obtenido alguna tímida apertura política a la necesidad de enfrentarse sin hipocresía a un problema que existe desde hace mucho. Cuando también la prensa deportiva lo haga, no será nunca demasiado pronto.

Bueno, ya he terminado con mi sermón. Me imagino que ya no volveremos a vernos y que tendré que emigrar a París. Lástima, ha sido bonito hasta aquí. Ahora puedo volver a medirme la prima de riesgo para ver si la tiene más grande un italiano o un español (ciertamente no será un francés).

Por ElEuropeo.es

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Derubricatore
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