The English Breakfast

La organización de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 está intentando otorgar sentido a un acontecimiento que, notoriamente, se ha convertido en uno de los peores cataclismos económicos que puedan acontecer en una ciudad. Entre las iniciativas propuestas, está la de invitar a algunos de los grandes iconos de la música británica, como Keith Moon, ex batería de los Who. El problema es que Moon murió en 1978, después de una noche pasada con Paul McCartney, lo que confirma, por si aún fuera necesario, que el ex Beatle es la reencarnación del diablo.

Desde el punto de vista musical siempre he pertenecido al bando estadounidense. Prefiero el rock al pop, Lou Reed a David Bowie y Bob Dylan a Donovan. El blues es la matriz de todas mis preferencias. Los afroamericanos son lo verdaderamente específico de la música de Estados Unidos y lo que hace de Otis Redding la voz perfecta.

Con Londres siempre he tenido una relación complicada. Era el destino por excelencia de los deseos turísticos de casi todos mis amigos. El paraíso de las compras, de la modernidad. La Nueva York a la vuelta de la esquina, con el encanto añadido de las bodas reales y de la melancolía por el Imperio perdido. En cambio, a mí me ha parecido siempre demasiado arrogante. En las principales estaciones de Londres se pueden leer eslóganes como: “Los londinenses tienen un 37 por ciento más de posibilidades de convertirse en líderes de opinión”, o “Tus amigos que no son de Londres tienen que correr para mantener tu ritmo”. Suficiente para desear un desbordamiento del Támesis…

Siempre he preferido el Mediterráneo. Me gusta el calor, el sol, la buena comida, la vida en la calle, la pasión y todo lo que Inglaterra no tiene. Sin embargo, y muy a mi pesar, reconozco tener un carácter muy british. Mi self-control roza la parálisis cerebral. Soy una persona afligida por un Superyó elefantiásico, me avergüenzo en un número infinito de formas y matices. Vergüenza personal y ajena. Por otro lado, Chéjov dijo que una buena persona se avergüenza incluso delante de un perro…

Por mucho que lo niegue, estoy profundamente influenciado por el juicio de los demás, tal vez no tanto de cara a los individuos particulares, sino al conjunto de la sociedad en la que me muevo. Paolo Conte, en Wanda, ilustra este tipo de pudor, cuando a la novia que, en público, le demanda besos, responde: “Wanda, vamos, enamorados todo lo que quieras, pero no estamos solos”.

Soy muy poco almodovariano. Las pasiones –suponiendo que las tenga– las escondo bajo metros y metros de understatement inglés. Nunca me entusiasmo y, por mucho que me esfuerce, no consigo tomarme en serio. De todo esto, sin duda, es responsable mi madre, un personaje dramático que parece haber salido de la pluma de Emily Bronte (Freud estaría orgulloso de mí…) Este pudor tan fuerte se encuentra en abierta contradicción con el exhibicionismo que implica el escribir, una violencia que impongo a mi carácter. En el momento exacto en el que envío algo por escrito, empiezo a avergonzarme de ello y deseo con toda mi alma cambiarlo o eliminarlo. Es una especie de terapia de hurto. Si tuviera más dinero y fuera menos cínico, tal vez acudiría a un psicólogo, pero, de momento, prefiero ahorrar y enfermar gratuitamente a los demás, mientras me tomo una taza de exquisito earl grey.

Por ElEuropeo.es

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Derubricatore
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