It’s poker time!

Una época de poker

En el cultivo de los vicios soy un conservador. Una especie de freno interior casi siempre me ha bisbiseado hasta dónde empujarme.
Una juventud pasada entre muchas dolencias físicas me ha enseñado a escuchar a mi cuerpo. Eso sí, no hago nada para que se sienta mejor, pero, al menos, trato de evitar lo que le haría sentir mucho peor. Bebo, sí, pero ya desde hace años me detengo un paso antes de encontrarme mal. Fumo, pero sólo en compañía y con poco entusiasmo. No me gustan los dulces.

Así que estoy de acuerdo con que el Estado se financie lucrando sobre los vicios de la gente. Permitiría que se fumase en los lugares públicos, pero con precios prohibitivos para el tabaco. Un paquete de cigarrillos podría costar 50 euros sin problemas. Dicho esto, mi civismo y mi fuerte sentido de la comunidad, me obligan a contribuir de algun modo al bien común. Así que intentaré apasionarme por lo menos a los juegos de azar. Va a ser difícil, porque ni siquiera he comprado nunca un billete de la lotería. Es que soy un tipo pragmático (y tacaño), por lo que las escasas probabilidades de éxito no me compensan el gasto. Sin embargo, voy a cumplir con mi parte, ahora que, después de años de sufrimiento, por fin se ha identificado la forma de salir de esta crisis: la construcción de un Las Vegas en el Mediterráneo.

Derrocharé todo mi poco dinero, antes de que se hunda junto con el banco donde está guardado, jugando al Chemin de Fer (porque incluso en el vicio, sigo siendo una persona elegante). He entendido que es esto lo que se necesita para un futuro mejor: verter toneladas de cemento en la orilla del mar para reproducir una Antigua Roma, donde rusos, árabes y japoneses nos puedan dejar el dinero que ya no nos quieren prestar a través del mercado bursátil. Esto es lo que hace falta para ganar credibilidad.

Saber jugar al poker es la virtud esencial de nuestra época. El otro día vi en la televisión un partido muy extraño, porque nadie podía ganar, pero tampoco jugar. Por un lado estaba una mujer rubia y corpulenta, repleta de fichas, que no sabía cómo utilizar, ya que no quedaba nadie con dinero suficiente para seguir jugando. De pié estaban dos muchachos que lo habían perdido todo en las manos anteriores y que mendigaban una pequeña señal de solidaridad para continuar el juego y divertirse juntos, ya que sabían que un pardido entre dos puede ser muy aburrido. La Señora dijo que quizás podría aceptar, pero primero quería fundar una sociedad entre todos los jugadores presidida por ella misma. No se fiaba un pelo. En el otro extremo de la mesa estaba sentado un hombre pequeño, un ex-rico que se había quedado casi sin dinero. A él de la sociedad le importaba un pepino. Tal vez más adelante, decía escondido tras unas gafillas de sol. De momento le interesaban más que nada las fichas de la Señora. La sensación era que todos se estuviesen echando un farol. Se trataba de averiguar quién se lo habría tragado primero. De mientras, casi nadie se estaba divirtiendo y el Casino ya estaba a punto de cerrar.

Por ElEuropeo.es

 

 

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