Saber dejar

Pasar página siempre me ha resultado  sumamente difícil. Reciclo más por mi incapacidad de deshacerme de las cosas, que por una verdadera creencia ecologista. Ciertamente tengo un perfil propenso a la síndrome de Diógenes.

Acumulo botes y fiambreras, porque pienso que algún día podría tener gana de producir toneladas de salsa de tomate y entonces los necesitaría. En mi armario tengo una radiografía de la moda de los últimos veinte años. Conservo prendas grunge, góticas, indie, algunas de las cuales muestran agujeros tan grandes como los de los balances autonómicos. Como mucho acepto que la ropa que, por decencia y dramática decadencia física, dejó de usar, pase al campo de la ‘ropa de ir por casa’. Con el resultado de acumular montones de camisetas de la Copa del Mundo de Italia ’90 o de la propaganda anti-reganiana, tejidos que con una simple mirada se pulverizan como una hostia consagrada.

En amor, en el minúscolo ámbito de mi experiencia, nunca he dejado. El estado de mártir me resulta mucho más congenial. Trato de llegar al límite de tolerancia de los demás, me pongo la máscara de gatito indefenso y, cuando realmente ya no pueden aguantar más, me queda la satisfacción de contemplar el inevitable sentido de culpa que suele coger aquellos que, con valentía, han decidido cortar.

Soy un gran conservador. Peor que el mismísimo Winston Churchill. Lo guardo todo, hasta que no se biodegrada. Si un alimento no me apetece, lo congelo. Algún día me apetecerá. Tengo cajas llenas de cuadernos y libros de texto de mi infancia, donde, entre otras cosas, puedo comprobar fácilmente como el pico de mi inteligencia se alcanzó a los siete años. A partir de entonces ha sido un colapso que se volvió catástrofe después de los veinte años. Entre las lecturas de mis catorce años estaba Charles Bukowsky. De hecho, en lo que respecta a los gustos literarios de la adolescencia, yo estaba entre los de Bukowsky y le tomaba el pelo a los de Hesse

El escritor americano también terminaba siempre por ser dejado por las mujeres, mientras que en el trabajo era menos conservador. Decía: “Siempre empiezo un trabajo con la sensación de que lo voy a dejar pronto o que voy a ser despedido, y esto me proporciona una forma relajada de hacer que se confunde con inteligencia o con la impresión de guardar algún que otros ases en la manga”.

Más o menos tengo su mismo enfoque, pero el resultado es el contrario. Yo vivo con la angustia del abandono inminente. Con la perenne necesidad de preparar un bote salvavidas, que necesitaré cuando llegue el momento inevitable de la separación.
Los trabajos que he tenido, por muy extraños y precarios que fuesen, casi nunca he sido capaz de dejarlos. Sabía que pronto se habrían agotado naturalmente, pero el primer paso hacia la conclusión no era capaz de darlo.

Despedirse de un trabajo es como dejar a una pareja. Se producen las mismas dinámicas. Al principio todo es movido por un momento de ira, frustración y deseo de libertad, pero pronto comienzan a surgir la culpa, la duda y la inseguridad.

¿Habré actuado de manera correcta? Vale, el jefe era insoportable, pero yo tampoco soy fácil y no me he portado del todo bien. Habría podido comprometerme más, después de todo él también tiene sus problemas. También tuvimos buenos momentos. El problema ha sido la comunicación. Habríamos tenido que hablar más. Queríamos cosas diferentes. Lastima. Ha sido lo correcto. Aún así, lo siento. Me pregunto si ahora él estará pensando en mi. O si ya ha encontrado a un sustituto. Tal vez lo tenía listo incluso antes de que me fuera. ¡Cabronazo! Me pregunto si él piensa que yo le pienso, o si él piensa que yo pienso que él no me piensa. ¿Y los compañeros? Pobres, los he dejado solos. Soy un traidor. Tal vez debería enviar un ramo de flores y pedir disculpas. ¿Llamo? Demasiado violento ¿Escribo? Demasiado impersonal. Aunque sólo sea para saber cómo les va. No, es mejor dejar pasar un tiempo. Tal vez algún día podamos ser solo amigos.

El problema es que no es suficiente tener un trabajo, para soportarlo también debe resultar interesante, excitante y todas esas tonterías que hacen de algo que debería ser frío e impersonal un cataclismo emocional. De hecho, lo que el trabajo hace libres queda por demostrar, sobre todo para las personas inseguras, emotivas y que tienden a lo cobarde como yo.

Además de tener el valor de dejar, una persona seria también debe saber cómo hacerlo. La forma es fondo. Como ya dije, casi siempre he conseguido evitarlo. Sin embargo, una vez me despedí de un trabajo con un e-mail, del día a la mañana. Sin preaviso (y también sin contrato…). Llevaba muy poco tiempo. El día después apagué el teléfono y desaparecí de la faz de la tierra. Ni siquiera abrí mi ordenador por temor a que, de alguna manera, el jefe fuese capaz de ponerse en contacto conmigo, poseyendo con su espíritu los microchips de mi portátil y materializándose en pantalla. En el e-mail había calculado la dosis correcta de victimismo felino, sin embargo, se trataba, ni más ni menos, de una huida cobarde de la responsabilidad. Era evidente. Una gesto vergonzoso y digno de condena total. Cómo cortar con una pareja con un sms. Pero, al menos, era una decisión y, para un cobarde como yo, ya es mucho.

“Piensen en todos los millones de personas que viven juntas, a pesar de que no le guste, que odian su trabajo, pero tienen miedo a perderlo, no es de extrañar si tienen la cara que tienen”, Charles Bukowsky.

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Derubricatore
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