El país de los balcones

Man at work at the central balcony of Saint Peter

“Democracia desde abajo” es el nuevo mantra nacional. En Italia se ha creado un nuevo, enésimo, gran experimento, destinado al éxito planetario. De los creadores de Teocracia, Fascismo, Putocracia y Caffé Ristretto, próximamente en el cine Democracia digital.

Nacido en un blog en 2007, el Movimento 5 Stelle se ha convertido en el primer partido del país. Los activistas se han organizado y se lo han tomado muy en serio. Algo que, por ejemplo, no quisieron o no supieron hacer los indignados, seducidos, como siempre, por la comodidad anarquista.

El problema es que tomarse demasiado en serio también puede ser un problema. Creer ciegamente en lo que se hace, sin mondarse nunca en la duda, es peligroso. Porque pasar de una generosa militancia a la Cienciología es un paso corto. Habría que tomar ejemplo del viejo italiano Rossini quien, al joven alemán Wagner que le preguntaba por qué hubiera dejado de componer, contestó: “¿Qué quieres? Antes, cuando tenía que mantener a muchos hijos, me veía obligado a creer en la importancia de la música. Pero ahora mis hijos han crecido y pueden sustentarse con sus propios medios…”

Hace unos días asistí a la asamblea de presentación de la nueva y joven patrulla parlamentaria del Movimiento. Una mezcla entre una reunión de Alcohólicos Anónimos y una hormonal manifestación estudiantil. Todos estaban sentados en el suelo y, por supuesto, en directo streaming decían:

-”Soy Paolo, tengo 25 años, soy vegano y des-inscrito a la Iglesia católica”.

-”Hola, tengo 51 años, tenemos que demoler a nuestro ego para ponerlo al servicio de la idea general”.

-”Soy Roberto, me gustaría entrar en la Comisión de Defensa porque soy pacifista. Voy en bicicleta a todas partes y quiero hacerlo también para llegar al Senado”.

-”Me llamo Diego y, como soy sumiller, quiero ocuparme de agricultura”.

-”Soy Alessandro. Ya que he vivido en el extranjero, me veo bien en la Comisión de Asuntos Exteriores”.

-”Soy Gigi, conozco tres idiomas, así que me ocuparía de política exterior”.

Estos chicos y chicas son muy naif, por supuesto, e incluso despiertan algo de ternura. Como todas las novedades, incluso puede que revolucionarias, contienen elementos de esperanza, junto con bacilos virulentos y potencialmente muy peligrosos. Sobre todo los jefes-portavoces crean algo de aprensión. Beppe Grillo, un moderno e irónico Savonarola, que todos los italianos hemos, en distintas ocasiones, respetado y apreciado durante los últimos veinte años, y un misterioso y algo inquietante gurú, Gianroberto Casaleggio. Porque el milenarismo apocalíptico y las tentaciones de palingenesia no son algo nuevo bajo los cielos de Europa. Porque las recurrencias históricas en un país tan olvidadizo y propenso a las aventuras como es Italia, no pueden ser subestimadas. Porque cuando la gente está lista para una nueva etapa, siempre acaba encontrando a alguien, aunque parezca improbable, capaz de dar cuerpo a esta urgencia.

El ser humano en sí no es malo, sólo es gregario y obediente. Una criatura débil y cobarde, siempre en busca del líder de la manada para esconderse detrás. En esencia, el verdadero problema de la humanidad es que los estúpidos están siempre muy seguros, mientras que los inteligentes están llenos de dudas.

Un dictador nunca tiene en sus proyectos existenciales y profesionales lo de convertirse en dictador. Un dictador siempre es elegido, explícita o implícitamente, por el mismo pueblo, al que luego dominaría ferozmente. No existe sumisión sin súbditos. Cuando todo un pueblo se reúne esperanzado en una plaza y empieza a mirar hacia un balcón que está por encima de él, tarde o temprano, alguien acabará asomándose y con el primer aplauso, habrá nacido el dictador.

Ya sea el marmoleño púlpito de San Pedro, el antepecho renacentista de Palazzo Venezia o la tribuna digital de la red, el balcón sigue siendo una gran pasión de las masas, que, por naturaleza, rechazan la complejidad y adoran la síntesis. Y el dictador siempre es la síntesis de su pueblo. Mientras que la democracia desde abajo siempre termina buscando con los ojos a alguien más arriba de ella.

En estos días, Italia, un país dúplice o tal vez demediado, está de nuevo esperando que alguien se asome a sus dos balcones. Cualquiera que lo haga tendrá garantizado el aplauso durante algún tiempo. Sin embargo, cada Revolución desemboca siempre en su Termidor.

Publicado por ElEuropeo.es

 

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