El Super bajo el mar

Érase una vez un pequeño pececillo rojo que no sabía nadar. Su mejor amiga era una gran ballena, que un día creó una burbuja de aire con su espiráculo, donde el pececillo podía entrar y, por fin, flotar en el mar, sin temor a ahogarse. Fue el nacimiento de una larga amistad submarina.

En esto pensaba el otro día, cuando un chico guapo, bien peinado y afeitado, me estuvo preguntando si la idea de gestionar la cuenta Facebook de su joven y dinámica empresa me emocionaba y me hacía sentir el aroma de la felicidad y de la realización personal.

Lo del pececillo y la ballena era un cuento que escribí cuando tenía siete años y que entusiasmó de forma irreversible a la pobre mujer que es mi madre. Desde entonces, su pequeño niño bizco se convirtió en un genio en potencia. Se trataba únicamente de esperar que los granos desaparecieran y luego, sin duda, habría acabado escribiendo el nuevo Canon occidental. Pero mejor, con más garbo.

Como casi todas las expectativas positivas de una madre hacia su propio hijo, ésta, por supuesto, tampoco se hizo realidad. No me he vuelto un genio, ni comprendido, ni tampoco incomprendido. No soy un escritor. Además de la falta de técnica y de genio, estoy vencido por una pereza felina. Y el talento, en el supuesto de que haya alguno, tiene que trabajar duro, para servir de algo. En cambio, si el relato es la novela de un vago, a mí se me da muy bien el resumen…

De modo que, cíclicamente, tengo que aguantar entrevistas un tanto absurdas para trabajos que realmente no me interesan, o que me interesan hasta que no se convierten en trabajos… La experiencia ya me ha proporcionado las herramientas necesarias para seducir a los entrevistadores; y aún así, siempre hay un momento, hacia el final, en el que bajo la guardia y me dejo pillar. Ocurre cuando salen del sendero técnico y se pasan al ámbito personal, tanteando las ‘emociones’. En ese preciso momento ya no puedo sostener el personaje con credibilidad, la mirada, que había mantenido segura y pegada a fuerza a los ojos del inquisidor, se me baja, los brazos, ordenadamente paralelos al busto, se me cruzan como una serpiente pitón por todo el cuerpo, la caspa, que hasta entonces se había quedado quieta en su lugar, empieza a nevarme sobre los hombros y, al instante, me brotan en la barbilla recién afeitada sospechosos y pocos fiables pelos revolucionarios: “Me estás mintiendo: este trabajo no es el sueño de tu vida”.

Me resulta difícil imaginar un trabajo que realmente me emocione tanto como para justificar la palabra ‘ilusión’, y más si asociada a una rutina que te ocupa unas 40 horas la semana.  Sin embargo, por desgracia algo se tiene que hacer, para comer y, sobre todo, para responder con algo sensato a todos los que, recién conocidos, no pueden aguantar sin preguntarte acerca de tu trabajo, como si fueran todos inspectores de Hacienda… Además, tener mucho tiempo libre ya no es socialmente aceptable.

No tener tiempo para nada, andar siempre a toda prisa se ha convertido en uno estatus symbol, así que es necesario buscarse un trabajo lo suficientemente intrusivo para poderlo presumir en público, ser respetados universalmente y tener una buena excusa para negarse a hacer todas las tareas que los ‘ocupados’ anhelan enchufarte. La única alternativa que ofrece la misma credibilidad es la de tener un hijo. Las dos cosas obtenidas al unísono nos volverían apreciados y respetados tanto cuanto la Madre Teresa o Pol Pot.

En los frecuentes momentos de excesivo tiempo libre que vivo entre un desempleo y otro, vuelvo a descubrir el placer de la cocina. No, ya sé lo que estáis pensando, pero el negocio de la hostelería requiere una inversión financiera, física y temporal, que no creo que tenga nunca el deseo y la capacidad de afrontar. Además no soy un empresario. “¡Pero entonces el problema eres tú, que no tienes ganas de hacer nada!”. Bien, veo que lo estáis pillando.

Regresando de un reciente viaje a Francia, he descubierto las cualidades de la mantequilla. Siempre la había despreciado, de acuerdo con una presunta superioridad de la cultura mediterránea y del aceite de oliva. Eso sí, sigo pensando que el aceite es, en general, un mejor alimento. Pero para algunos platos específicos, sopas o risottos por ejemplo, la mantequilla es un ingrediente indispensable.

Así que el deseo de cocinar y la necesidad, muy rara, de ver en vivo seres vivientes que no maúllen, me lleva a pasar la mayor parte del tiempo fuera de casa en el supermercado de abajo. El primer obstáculo es el de superar la ansiedad que me produce pasar por delante del portero. Sé que Luís lo sabe todo sobre mí. Él sabe que vivo como un ermitaño, que no me peino y no me afeito, que no abro la puerta a nadie, que no trabajo y que, si lo hago, no se trata de un trabajo digno. Sabe que nunca salgo y que, si lo hago, es sólo para bajar al super. Él me ve y me juzga desde el alto de su flema gallega.

Una vez dentro del Consum me siento otra vez tranquilo, sereno. He establecido una ruta precisa que empieza con las verduras, pasa por la carne y el pescado y termina con los productos lácteos. La rutina del super me ofrece tranquilidad. Las luces y la gente me parecen menos amenazantes que las que encontraría en la calle. También sé que aquí nadie me pedirá un relato de mis íntimas emociones frente a los descuentos del besugo o cuestionará mis conocimientos del inglés. Es una relación clara y honesta, en la que nadie debe impresionar a nadie, por lo que muchas veces bajo en pijama y con toda mi hermosa caspa orgullosamente en exposición. También estoy convencido de que les interesan mucho mis necesidades. Por ejemplo, estoy seguro de haber impuesto la venta de nuevos productos, como la pasta italiana o las carcasas de pollo, gracias a mis compras masivas. “¡Hey, el tipo alto con la caspa anda loco por las carcasas de pollo! Hay que complacerle, es un amigo”. Pero siempre llega el momento de pagar y salir, pasando por las terribles columnas antirrobo. Aquí es cuando, a punto de regresar al feroz mundo exterior, la paz de mi mente comienza a flaquear y, de repente, estoy seguro de que, sin darme cuenta, alguien me ha metido una berenjena en los bolsillos, sonará la alarma y me llevarán a la cárcel. De hecho, a menudo, antes de salir me dirijo al banco del pescado, con la vana esperanza de que vendan lonchas de ballena capaces de fabricarme una burbuja protectora.

pd: Queda claro que escribo disfrutando de la licencia literaria y narrativa que nos conceden los pixeles en libertad y para que los lectores se identifiquen. Así que todos los que quieran ofrecerme un empleo como administrador de socialcosas, sepan que soy un trabajador de aplicación franciscana y que cumpliría con el sueño de toda una vida…

Por Eleuropeo.es

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Acerca de Il provocatore occidentale

Derubricatore
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