Un día como cualquiera en Sant Antoni

barcelona

Barcelona no es verde. Unas pocas líneas de árboles más parecidos a farolas con hojas que a una verdadera vegetación interrumpen ocasionalmente la telaraña de edificios y personas. Cachorros de hombre y de perro comparten islas de arena, donde los primeros cavan pequeños hoyos que los segundos aprovechan para enterrar pedacitos de mierda demasiado resbaladiza como para ser verdaderamente orgánica, según reza en su etiqueta. Niños y canes colaboran así en una etapa de la vida donde tienen más o menos los mismos derechos y deberes, unidos también por el inconfesable malestar que nos producen sus voces, ya que la joven edad y la diferencia de especie son excelentes excusas para agravar, impunes, nuestro terrible acúfeno.

Casi todos los hombres sufrimos, sin embargo, de un llamado ancestral prácticamente incontenible. Al acercarnos a un grupo de niños jugando a fútbol, todas nuestras fuerzas mentales se sintonizan automáticamente hacia la masa de la esfera, en un titánico esfuerzo telequinético por empujar el cuero a nuestros pies. No es suficiente devolver el objeto a sus jóvenes propietarios con una cínica y distraída patada. Con aquel pequeño gesto debemos demostrarnos a nosotros mismos, a los niños y a todos los presentes que, sí, actualmente nos encargamos del Facebook de una tienda de ambientadores, pero la realidad es que si el esguince de rodilla no nos hubiera golpeado en nuestro mejor momento, ahora estaríamos jugando a fútbol en la Luna.

Hace cosa de un mes paseaba por la avenida de Mistral, donde por la tarde se reúnen varios grupitos de indios futboleros. De repente, lo imponderable. Uno de los chicos falló un despeje y la bola salía alta cruzando los límites laterales de la zona peatonal de la vía. La trayectoria de la pelota pasaba justo por encima de mi cabeza y se dirigía hacia el techo de un inocente Audi A3 que me miraba suplicando ayuda. Mi cerebro tenía unas tres milésimas de segundo para elaborar una estrategia y decidió optar por la más impactante. Cuando la pelota iba a pasarme por alto, di un salto hacia atrás exhibiéndome en una sensacional chilena. Un gesto técnico de nivel europeo. Mi espalda se levantó casi un metro por encima del suelo, mientras mis piernas dibujaban el movimiento de las tijeras. En ese eterno instante en el que mis ojos miraron hacia el cielo, vi claramente cómo todo el barrio había salido al balcón para admirar un espectáculo de armonía y levedad. Algunas mujeres me tiraron sus sujetadores y un viejo militar rompió a llorar por la emoción; los niños me animaban con la voz grave y exquisita de Serge Gainsbourg y los perros ladraban el Aire para la cuerda de Sol. Volando como un Nuréyev golpeé la pelota para devolverla con precisión al pequeño guardameta. Me caí.

El dolor no vino de inmediato, antes tuve tiempo de escuchar el silencio escalofriante de toda la calle. No oí aplausos, sino incomodidad y pena. Los niños reanudaron el partido, mientras yo permanecía paralizado en el suelo boca arriba. Un hombre ciego que iba a la Once de la plaza de Espanya me pisoteó mientras su perro guía me miraba con cara de mal velado racismo. El sistema nervioso también se recuperó de la vergüenza ajena y comenzó a cumplir con su vengativa faena, enviando claros mensajes de dolor al cerebro. “Como mínimo me he roto el brazo”, me dije. Y así fue. Acabé en la sala de Urgencias del ambulatorio de la calle de Manso.

Su estructura es acorde con el barrio que la alberga. Suelos de madera, vigas a la vista, paredes de ladrillo, sillas desparejadas, bombillas industriales, médicos con barba larga, tejanos cortos y ajustados con solapas. A mi lado, en la sala de espera, estaba sentado un chico en evidente estado de shock, con una vaporosa chupada de vaca por peinado, camisa de cuadros y gafas negras de pasta. Me dijo que su novio se encontraba muy grave tras la indigestión de varios dónuts a base de perlas de Black Ivory, el nuevo café obtenido de la defecación de los elefantes tailandeses. Los venden con  éxito en una nueva tienda de la calle del Parlament. Además, entre los muchos miedos que atormentaban a mi vecino de silla también estaba el perturbador y comprensible pavor de echar por la borda toda una vida de social networking. Por eso, una vez informado de mis habilidades de trabajo, me preguntó sobre mi disponibilidad para mantener activas las cuentas del moribundo. “Para que siempre esté con nosotros”, sollozó, cogiendo mis manos entre las suyas. Muy afectado e involucrado, respondí que mi lesión en el brazo me haría más difícil el trabajo y por lo tanto tendría que hacerle un presupuesto más alto. Me aseguró que no había problemas de dinero y que no escatimaría en gastos. Faltaría más. Sólo habría tenido que vestirme como el joven agonizante y dejarme barba para poder seguir publicando selfies en Instagram en su lugar. El palo ya me lo daría él, me aseguró. La causa me pareció noble y acepté.

Al regresar a casa, con el brazo escayolado, me encontré con una cucaracha que se había perdido. Le dije que en Sant Antoni no se pierde ni un niño. Era vecina del Raval y había venido a visitar a unos amigos cerca del mercado. Nunca había cucaracheado por aquí, pero me aseguró que el barrio le gustaba mucho y que tal vez se iba a mudar, ya que estaba un poco cansada del olor a comino por las mañanas, mientras que era una gran fan del vermut y le había encantado la basura del Tickets, “aunque un poco cara por la cantidad que te ponen”, me dijo. Intercambiamos nuestros correos electrónicos.

Me fui a la cama dolorido pero feliz, había encontrado trabajo y a un amigo sin salir del barrio.

Publicado en ElEuropeo-Barcelona

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