#OccupyBruselas

Al acercarse la navidad quería aprovechar para escribir algo totalmente inútil y perfumado, sólo para cumplir con mi compromiso hacia esta muy honorable revista digital, que todos los meses decide ensuciar sus píxeles con los argumentos de quien, como yo, tiene muy poco que decir. Pero no se me ha ocurrido nada al respecto.

En cambio, he leído con asombro que en el río Mekong, en China, se han descubierto 200 nuevas especies vivientes, entre ellas un lagarto psicodélico y un mono que cuando llueve estornuda continuamente. Podría hablaros de eso, pero, tal vez, os interesaría más la vibrante historia de un santón indio que desde hace 38 años mantiene el brazo derecho levantado (y eso que no es un militante del PP). El problema es que ya se me ha olvidado todo. ¿Por qué? Porque me fui a la cocina.

¿Sabéis cuando, con suma dificultad, os levantáis del sofá para ir a buscar algo en otra habitación y de repente se os olvida el propósito de vuestra misión? Al parecer hay una explicación. Según el neurólogo estadounidense Gabriel Radvansky, “entrar o salir de una puerta funciona como un evento de frontera para la mente, que divide en episodios las actividades en curso y los registra por separado”. Esto significa que, cuando entramos en la cocina y vemos los muebles, el cerebro ya ha ido más lejos que lo que nos llevó allí y no siempre puede volver a la información de manera eficaz.

Llegados a este punto, os estaráis preguntando: ¿Pero de qué demonios estás hablando? Tenéis razón. La verdad es que estoy perdiendo el tiempo para no tener que discutir con Angela Merkel, que sé que me lee con avidez, ya que no me parece acorde con la atmósfera navideña. En cambio, la falta de memoria es un tema muy actual.

La crisis, entre los muchos aspectos negativos, también tiene la capacidad de hacer que vuelvan a lucir todos los estereotipos nacionalistas que dominan Europa desde siempre: franceses traicioneros, alemanes testarudos, latinos disolutos (con matices de cabaret para lo que se refiere a Italia), ingleses canallas y ferozmente hostiles a la idea europea. Igualmente, si existen, alguna base de realidad tiene que haber.

En este momento, además, los italianos son el centro del mundo. Si llegamos al default, arrastraremos al infierno con nosotros a un área de quinientos millones de personas, que a su vez estallará en la cara al resto del planeta. Después de todo, un poco de protagonismo sirve para la autoestima. Por supuesto que España, Grecia, Irlanda (más o menos el grupo de la Eurocopa…) son un problema, pero los peores líos estallan siempre en Italia. Chicos, no hay color, somos los mejores. Too big to fail.

Pero volvamos a Frau Angela. Los alemanes, en tiempo de paz, deberían ser el modelo para cualquier sociedad civilizada. El problema surge cuando se pasa de la prosperidad a un período de dificultades y hay que tomar decisiones rápidas, rompedoras, brillantes y libres de prejuicios.

El actual comportamiento de Berlín es tan obtuso, que es difícil de justificar con el simple cálculo electoralista de la Canciller, o con el ogro de la inflación, que habita las pesadillas de los sucesores de la desgraciada República de Weimar, cuyas desgracias, hay que recordarlo, nacieron precisamente de la misma actitud económicamente punitiva y moralista que ahora Berlín quiere utilizar para enderezar la espalda del perezoso Mediterráneo.

Alemania es la economía que más se ha beneficiado del euro, convirtiéndose en un magnífico exportador, especialmente hacia el mercado común, y creando un gran desequilibrio comercial entre el norte y el sur de Europa, hecho que es el verdadero problema de esta crisis (no lo son ni las deudas, ni el supuesto laxismo contable de los sureños).

En todos los países existe una parte más productiva, que exporta y consume más que todos, actuando como locomotora del sistema, mientras que los desequilibrios se compensan a través de una redistribución interna de la riqueza. Es así en Estados Unidos, en Alemania, en España y en Italia, pero no lo es en Europa, ya que, y no me caigan de la silla, Europa no es un estado.

Alemania quiere seguir exportando, pero sin aumentar su consumo interno y, por lo tanto, las importaciones, por temor a una inflación que podría tranquilamente sostener. No se da cuenta de que de esta manera acabará matando a sus principales clientes y de que, a menos que no piense exportar a Marte, va encaminada hacia la autodestrucción. Y en términos de capacidades autodestructivas Alemania no tiene rival… Si la casa se incendia, podrás intentar salvar el salón, aún así, tarde o temprano, vas a necesitar el baño y la cocina. La pregunta entonces es si Berlín, que ya no se encuentra cómoda en la vieja casa asomada al Mediterráneo, no esté pensando comprarse un apartamento con vistas a los oleoductos rusos.

Alemania no siempre ha sido así. Fue uno de los países más europeístas, gracias a figuras visionarias como Adenauer, Brandt, Schmidt, Kohl, quien renunció al símbolo laico del Marco para obtener la reunificación del país. Si Alemania es culpable de terquedad y falta de confianza en sus aliados europeos, mucho se debe a la falta de fiabilidad histórica de los mismos. París, mucho más que Berlín, siempre ha defendido obstinadamente su soberanía en el nombre de una grandeur que, desde hace mucho tiempo, es imaginaria tanto cuanto la inmaculada concepción… Aún están muy de moda en Francia las palabras del general De Gaulle: “Para hacer Francia sirvieron setenta reyes y siete siglos de sangre. ¿Y ahora nos deberíamos conformar con ser una provincia de Europa?”.

En el fondo, el obstinado rechazo alemán hacia herramientas de salvación como los eurobonos y la transformación definitiva del Banco Central Europeo en un verdadero banco central, capaz de imprimir dinero y prestarlo directamente a los estados, es también el resultado de esta motivada desconfianza. Esta vez, Alemania está dispuesta a arriesgarlo todo, antes de satisfacer las demandas de aquellos que ya le han timado demasiadas veces. La falta dramática de líderes europeos de valor hace el resto.

Dos frases del ex presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, me parecen indicativas del momento. La primera, tras el nacimiento del euro en 2001: “Estoy seguro de que el euro nos obligará a introducir nuevos instrumentos de política económica. En la actualidad es políticamente imposible. Pero un día habrá una crisis y los nuevos instrumentos serán creados”. La otra es de hace unos días: “Ha llegado el momento en que Alemania tome una decisión sobre cómo utilizar el inmenso poder logrado. Lo puede utilizar para sí misma y para la Unión Europea, o en contra de sí misma y contra de Europa”.

El euro, sin duda, ha sido un experimento formidable y visionario, pero, tal vez, demasiado precipitado. Sin embargo, volver atrás es imposible. Se han deliberadamente quemado los puentes, para no caer en la tentación de escapar hacia atrás. El tiempo de las pequeñas y anacrónicas soberanías nacionales, falsas porque en gran parte se han perdido en el mundo globalizado, ha terminado. Los gobernantes deben tener el valor de explicarlo a los ciudadanos. De esta crisis se saldrá únicamente con más Europa, todas las alternativas tienen los contornos de la tragedia.

La generación a la que pertenezco está lista, pero es necesario, en el marco de un intercambio de roles histórico, que nos encarguemos de enseñar el valor del europeísmo a nuestros padres, que por razones culturales y de edad, no consiguen sentirse, en primer lugar, europeos. De esta crisis se sale únicamente con la centralidad del pueblo europeo. Que somos nosotros. Desde la Puerta del Sol y Wall Street, tal vez haya llegado el momento de moverse para manifestarse a Estrasburgo y Bruselas, ya que es allí donde se encuentra nuestra casa.

Por ElEuropeo.es

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No te fíes del tiempo

Uno de los eventos más desestabilizadores de los últimos años ha sido la ruptura de mi reloj de confianza. Desde entonces no he conseguido encontrar otro en el que confiar. Siempre tengo la sensación de que me quieran robar unos minutos de sueño.

A finales de septiembre, durante un experimento llevado a cabo por el CERN, el laboratorio europeo para la investigación nuclear, un haz de neutrinos disparado desde el acelerador en Ginebra ha llegado a los laboratorios del Gran Sasso, en Italia, a una distancia de 730.534 kilometros, en 2.4 milisegundos, una velocidad de 60 nanosegundos menor que la de la luz. Esto, si se confirmara (se esperan los resultados de otros test) revolucionaría la física tal y como la conocemos (que en mi caso es muy poco…). Las teorías de Einstein deberían ser revisadas y, lo más llamativo para un ignorante como yo, se abrirían espacios teóricos para los viajes en el tiempo.

El viaje en el tiempo es una de las ilusiones más hermosas cultivadas por el ser humano. Personalmente tendría algo de miedo en viajar al futuro, mientras que haría un montón de incursiones en el pasado. El pasado me fascina más que el presente, y el futuro me asusta (que bonita es la vida ¿no?). Siempre tengo la sensación de que la que perdemos es la edad de oro y que, en cambio, nuestros tiempos serán menos relevantes. Obviamente no es cierto, pero si que  para un hombre que con veinte años haya luchado contra los nazis en la guerra será difícil encontrar otras emociones similares en el curso de su vida. Tiene que ser un poco lo mismo que le pasó a Paul McCartney tras la separación de los Beatles: “Hola, mi nombre es Paul, tengo menos de treinta años y he tocado en el grupo más importante de la historia de la música pop. Ahora nos separamos, vale, pero tengo toda una vida por delante y seguro que escribiré un montón de clásicos”. Nada, como mucho ( y mucho no es) Ebony & Ivory y porque le han ayudado…

Pensándolo bien, en el año 1600, en el mundo no había ni la mitad de mil millones de personas. Sin embargo, estaban entre ellas Caravaggio, Rubens, Monteverdi, Bacon, Galileo, Kepler, Cervantes y Shakespeare, todos vivos en el mismo año. Ahora somos catorce veces más y apenas producimos a una Lady Gaga. ¿Dónde estaría la mejora progresiva y constante? En realidad, hay un lugar y un tiempo para todo. Por ejemplo, si se te incendian los pantalones, el mejor consejo es tirarse al suelo y revolcarse para apagarlos: desde luego no es el momento para tomarse un café. Por otro lado, conocer el futuro con cierta antelación nos ahorraría un montón de decepciones.

Hay cosas que me habría gustado que me explicaran de inmediato en lugar de tardar años para entenderlas por mi mismo. Todo sería mucho más fácil si naciéramos con fecha de caducidad y un manual de instrucciones, con las cosas básicas que, de entrada, ya tienes que saber. Entre éstas las más importantes son: la mayoría siempre se equivoca y las pocas veces que tiene razón es por el motivo equivocado; la democracia no es tan divertida como dicen; nunca creas a lo que te dice tu madre: no eres el mejor en nada; el tiempo no siempre mejora las cosas.

El tiempo es un tema algo complicado. Primero, es un invento totalmente relativo (aquí, por lo menos, Einstein no la cagó). La hora que indican los relojes de todo el mundo depende más o menos directamente de un tiempo estándar establecido oficialmente en 1961 y derivado de la así llamada “hora media de Greenwich.” El Tiempo Universal Coordinado (UTC) se basa en el promedio de las señales emitidas por los relojes atómicos situados en cerca de 70 laboratorios de todo el mundo. Y la última palabra la tienen los ingleses y los franceses, vete a saber por qué… Pero, debido a que la naturaleza no es tan perfecta como los inventos humanos (…), al tiempo marcado por los relojes atómicos se debe agregar de vez en cuando un segundo extra para equilibrar las irregularidades de la rotación de la Tierra. En concreto, este ajuste se debe insertar después de la medianoche, al principio del 1 de enero o del 1 de julio, y su inclusión está decidida por el Servicio Internacional de Rotación de la Tierra (y luego me hablan de paro…), un organismo internacional con sede en París. Desde el año 1972 ha sido necesario en 24 ocasiones, la última en 2008.

En fin, no hay certezas. La raza humana no es más que moho enganchado a una piedrecilla húmeda y templada perdida en el vacío cósmico. Es suficiente un aire colado y adiós muy buenas.

De hecho, todo tiene un principio y un fin, se trata sólo de saber cómo se calcula, asumir lo imponderable y aprovechar al máximo el tiempo que nos conceden. Volando voy, volando vengo, por el camino yo me entretengo… La obsesión para la vida eterna de los seres humanos se refleja también en su relación con las cosas. Existen organizaciones internacionales que se ocupan de la creación de tecnologías para la recuperación de datos, tanto en papel como virtuales, en el caso de un desastre natural. Básicamente congelan los libros y esconden los archivos en islas que no sufran de un peligro sísmico. Bueno, guardar e intentar hacer eterno el conocimiento es un intento noble, no se lo vamos a discutir. Nos conformamos con que no guarden todo en El Hierro…

Hablando de cosas que realmente duran, descubriremos que el organismo viviente más antiguo del mundo se encuentra en Noruega y es una pícea de 8.000 años. Desde los árboles se saca el papel que, si se conserva a una temperatura de 20 grados, con una humedad entre el 40 y el 50%, puede superar los 1.000 años de vida. Entre los documentos más antiguos fechados con certeza hay un pergamino del 868 d.C., con una traducción al chino del Sutra del Diamante, una famosa oración de Buda.

Un ordenador vive un promedio de entre 5 y 7 años, CDs y DVDs originales tienen una resistencia de unos 50 años, los grabados, en cambio, no llegan a 5, los de Enrique Iglesias se autodestruyen a la vista de un billete de 10 euros. Un pañuelo de papel tiene una duración de 3 meses, un corazón de manzana entre 6 y 12, un chicle aguanta íntegro hasta 5 años, una lata de aluminio 10, una bolsa de plástico 500 y una tarjeta de crédito 1.000, el banco que la ha emitido, pues, va a ser que menos… La empresa privada que tiene el récord de longevidad es la Kongo Gumi, una constructora japonesa que levantaba templos votivos, ya que nació en el año 578 d.C. y ha sobrevivido durante 1.428 años, hasta 2006, cuando se declaró en quiebra, justo un momento antes de que llegara la crisis… Esa sí que es tempestividad.

Por lo que a mí se refiere, sé que mi tiempo aún tiene que llegar y que mi grandeza será comprendida sólo con el pasar de los siglos. El mundo todavía no está listo. Como decía Nietzsche: algunos nacemos póstumos.

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Ecomanías

En términos de protección del medio ambiente, trato de hacer lo mínimo indispensable para sentirme en orden con mi conciencia. Soy una persona perezosa y el excéntrico sistema de reciclaje y recogida selectiva ciertamente no me ayuda. Hace cuarenta años había una figura profesional, sin duda más digna que la de un community manager, que pasaba de casa en casa para recoger el vidrio. Ganaba él, ganaba la empresa productora, que así recuperaba los envases y ganabas tu, que únicamente tenías que acumular las botellas vacías y abrir la puerta al buen hombre. Ahora todo es más complicado y hay que confiar en que los residuos, tan cuidadosamente separados por nosotros, luego no se vuelvan a mezclar para que las tiendas de los chinos puedan vender tierra para las plantas…

Lo de la basura es, sin duda, el gran reto del siglo XXI. Si no se invierte la tendencia, en 2020 los ciudadanos de los 27 países de la Unión Europea producirán 558 kilos de basura por persona por año. El volumen promedio de residuos generado por cada persona en la UE fue de 468 kg en 1995 y subió a 524 kg en 2008. ¿Por qué para comer un delicioso yogur griego tengo que descartar tres capas de empaquetado, entre plástico y papel? ¿No sería más conveniente venderme un pequeño frasco de vidrio? Claro, pero entonces como van a pagar el alquiler los del departamento de marketing&packaging…?

Por lo menos, intento separar vidrio y plástico. No estoy seguro de que sirva de algo y no reciclo para hacer un favor al mundo, si no que para calmar mi propia conciencia de ‘hombre comprometido de butaca’. De modo que si luego resultase que, desde mi vidrio reciclado, acaban produciendo trampas mortales para aniquilar las ballenas, los pandas o los niños indios, bueno, ¿que quieréis que os diga? Yo habré hecho lo mío. Casi he conseguido eliminar del todo el plástico gracias a la jarra Brita. Una vez más hay numerosos estudios que demuestran todo y su contrario. Algunos afirman que la jarra es el elixir para la vida eterna y según otros provoca el cáncer subitáneo… Yo sólo sé que el sabor es bastante malo, hecho que, por supuesto, depende del agua con la que se rellena y, en el caso concreto de Barcelona, tengo que admitir que hace falta la sensibilidad medio ambiental de Al Gore para perseverar… Aún así, Brita es un invento alemán y yo de los alemanes me fío. También intento seguir la filosofía de los ‘Km 0’, o sea, que mi comida sea paseada lo menos posible por los camiones y provenga de cerca de donde vivo, de modo que me hincho a butifarra, ratas y calçots…

El otro día leí también que las radiaciones emitidas por los teléfonos móviles y por el Wi-Fi pueden ser cancerígenas y que, por lo menos, se deberían apagar los dispositivos durante la noche. Más de lo mismo. ¿Será posible que cada dos días se publique un estudio diferente? Es como para los huevos (de gallina). ¿Cómo puede ser que en el año 2011, cuando hay aviones de guerra sin piloto, dirigidos con control remoto, que llevan a cabo operaciones militares quirúrgicas, todavía no me sepan decir con certeza si los huevos hacen bien o mal? No se trata de desentrañar el misterio de la fe, habrá una manera de hacer un análisis y determinar, de una vez por todas, si es que suben el colesterol, o que no, puedes zamparte cajas que no pasa nada.

Por otro lado, algunos progresos se están cumpliendo en materia de energías alternativas. Mi hermano, un gran visionario, cuando éramos pequeños siempre me decía que, según él, el problema energético era de fácil solución. Era suficiente llenar de paneles solares el desierto del Sahara y nos habríamos olvidado de las petroleras. Incluso entonces me parecía una ocurrencia un poco simplista, pero parece que la Gran Alemania lo haya pensado en serio… También me entusiasma el proyecto diseñado para la autosuficiencia energética de la isla canaria de El Hierro. Se quiere acumular energía eólica, de enorme potencial pero inestable, utilizando un sistema hidráulico compuesto por dos depósitos situados a diferentes alturas: cuando la energía eólica supere la demanda de la isla, se bombeará agua hacia el depósito superior; cuando el viento no sea suficiente, la caída del agua almacenada en el depósito superior moverá turbinas hidroeléctricas. Además, la energía eólica producida en exceso se utilizará para la desalación del agua para uso agrícola. Una pequeña joya de sensibilidad ecológica Made in Spain, lo que contrasta con las tiendas del Portal del Ángel en Barcelona o de Preciados en Madrid, que en verano escupen aire acondicionado a plena potencia con las puertas abiertas de par en par, asegurando, además del desperdicio energético, la congelación de los pulgares de los turistas en chanclas de paseo.

Otras latitudes: seis ministros del nuevo y joven gobierno danés acudieron a la presentación en frente de la reina en bicicleta. El gobierno ha decidido incluir en su programa el objetivo de reducir las emisiones de dióxido de carbono del país en un 40% para el 2020, con la intención, para la misma fecha, de alcanzar una producción de fuentes renovables suficiente para cubrir el 50% de la demanda nacional. Me doy cuenta de que en tiempos de crisis, estos tipos de operaciones no parecen una prioridad, pero no es cierto. De acuerdo con un estudio internacional, si en los países productores de África la temperatura se elevará en dos grados, estarían en peligro las plantas de cacao. El praliné y la nocilla podrían convertirse en artículos de lujo y 2,3 grados centígrados más en Costa de Marfil y Ghana serían suficientes para tumbar una industria que en el mundo vale unos nueve mil millones de dólares.

De todas formas, mi archienemigo personal es el automóvil. Estoy medio ciego, así que no conduzco. Por suerte, la emergencia ecológica, que en los últimos años se ha convertido en moda elitista, me ha permitido salir de la condición de marginado peatón, para entrar en la de sofisticado precursor de una necesidad compartida. Una nueva, emocionante, forma de ser esnob. A pesar de que la publicidad de los coches nos presente un producto cada vez más etéreo, transparente y ligero, la realidad es otra: el coche es un objeto pesado, que apesta y hace ruido. Un Estado que funcione se puede apreciar en primer lugar en la eficiencia del transporte público. De modo que aprovecho indebidamente este espacio que amablemente me concede la redacción de El Europeo para lanzar al mundo una campaña que aspira a revolucionar nuestras vidas.

Es necesario que el Ayuntamiento de Barcelona extienda en una hora el horario de cierre del Bicing. De esto depende el futuro de la humanidad. Entiendo que nubes de ciclistas aturdidos por la Estrella Damm, vagando de noche por las calles de la urbe, puedan preocupar. Por lo tanto, no voy a unirme al coro de los que exageran. Sólo pido que el cierre del servicio pase de la medianoche a la una, para poder regresar a casa desde el cine, o de la cerveza (sin alcohol) infrasemanal con los amigos. Es una batalla de civilización, por la que realmente vale la pena indignarse. La bici es la respuesta definitiva y tiene que volver a ser un estatus: ágil, elegante, saludable y confortable. Así que ¡animo, compañeras y compañeros, que el pueblo unido (en bici) jamás será vencido!

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Mediterráneo

Una de mis películas favoritas es Mediterráneo del director italiano Gabriele Salvatores. Es una película pequeña, familiar, llena de defectos, pero sincera y leve como siempre deberían ser las obras de arte. Cada vez que me la encuentro, absorbo sus dos horas, sin siquiera darme cuenta. Un manípulo de soldados italianos durante la Segunda Guerra Mundial se ve olvidado por el mundo que está cambiando en una remota isla del Mar Egeo. Una de las intuiciones más felices de la película es la de considerar como única la raza mediterránea: “italianos, griegos, una cara, una raza”.

Yo me considero un hijo del Mediterráneo. Aceite, perejil y orégano son mi Santísima Trinidad. Muchos de mis amigos más cercanos, italianos como yo, en cuanto pueden, huyen hacia el norte de Europa, para recrearse, envidiando el espíritu cívico, el dinamismo, la orden y la búsqueda constante de la modernidad que caracterizan a esas gentes. Yo, por el contrario, cuando puedo huyo hacia el sur. Y siempre tendría un sur más al sur a donde ir.

El Mare Nostrum de los romanos desde siempre parece juntar a los países que baña en un destino común. Son principalmente los estados caóticos del sur de Europa, de hecho, aquellos que, en estos momentos, están a punto de arrastrar a los abismos financieros los rigurosos norteños. En general, en el mundo, es la línea entre el Norte y el Sur, la que marca las diferencias entre dos mundos y dos perspectivas completamente diferentes. Entre un yin y un yang. Una línea que puede manifestarse con los perfiles concretos y rocosos de los Alpes y de los Pirineos o con los límites abstractos y topográficos del ecuador. Incluso dentro de los mismos países, las diferencias de carácter y hábitos maduran casi siempre en el ámbito de un sur y de un norte.

Sin embargo, existe otra línea divisoria, vertical, que separa el este del oeste, y que, en algunos momentos particulares de la historia, ha signado la frontera entre los dos polos de la humanidad. Ocurrió con la división en dos bloques del Imperio Romano y después con la Guerra Fría. En general, se trata de una distinción más difícil de comprender, porque no se perciben inmediatas referencias climáticas y las somáticas se manifiestan de manera más matizada. Aún así, puede ser igualmente profunda.

Los dos países de los que formo parte, Italia y España, a menudo y en modo un tanto tosco, vienen asociados a una idea de sur desordenado, juguetón e irresponsable, mientras que las diferencias entre los dos pueblos son enormes y fruto, precisamente, de la línea entre este y oeste.

La característica más común en los pueblos del sur es, sin duda, la vagancia, así como una especie de fatalismo. Sin embargo, a Italia hay que añadir también los ingredientes de Levante. Es un país que mira a Oriente, desde que los romanos se enamoraron de Atenas y Bizancio e introdujeron en su cruda y oscura disciplina militar-campesina, los lujos, la pompa y el placer de vivir que en Oriente se cultivaban desde hace siglos. La actual obsesión por las formas, la estética y por una moda que, a menudo, resulta excesiva, incluso ridícula a veces, es hija también de ese antiguo amor. El chico italiano que hoy en día desfila en manada en el paseo marítimo de Lloret de Mar, luciendo un improbable polo rosa y horribles bermudas a cuadros, debe esta debilidad a la seducción que los bálsamos, los perfumes y los trucos de las provincias orientales fueron capaces de ejercer sobre los austeros romanos.

El pueblo ibérico, en cambio, es una raza del sudoeste. Incluso en su pereza y ruidosidad sureña, queda vinculado a un pragmatismo lógico, sin perendengues y, al menos en parte, organizado. La lengua española y los modales de su gente son más abruptos, más esenciales, se dice ‘sí’ o ‘no’ de una forma clara y nítida, en un restaurante se pide diciendo ‘yo quiero’ y no ‘yo querría’, como en Italia. España es la tierra del idealismo transparente del Quijote. No se conoce otra manera de ganar que no sea la de ser simplemente los mejores. En Italia, por el contrario, los resultados pueden, o tal vez deben, llegar de forma oblicua. Por esta razón, la espera, el apaño, la modificación de la realidad son la praxis y una reputación de deshonestidad, de duplicidad y opacidad acompaña a los italianos desde que se pueden definir un pueblo. Se trata de un rasgo muy oriental. El amor por el recorrido sinuoso, largo y ondulado y la desconfianza hacia lo recto, corto e linear es lo que más diferencia Italia y España.

Incluso para el italianismo Vaticano, España, desde Torquemada hasta Escrivá de Balaguer, ha tenido siempre una función práctica, de ágil y operativo brazo ejecutor de la voluntad de una jerarquía compleja y engorrosa.

“Venecia me recuerda instintivamente a Estambul” es un verso de una canción de Franco Battiato. Es cierto. Venecia fue la segunda Roma, después de que la primera cediera el cetro del Imperio a la propia Bizancio. La basílica más importante de Venecia es San Marcos, quien también es el patriarca de la Iglesia copta cristiana de Egipto, y está llena de tesoros que la Serenísima República sustrajo desde Santa Sofía, cuando conquistó Constantinopla después de la cuarta cruzada: “italianos, turcos, una cara, una raza”.

La inspiración para estas embarulladas reflexiones me vino a raíz de un encuentro con un chico egipcio, Ahmed. Un ejemplo, tal vez raro, de cristiano copto atemorizado por la pérdida de protección que la dictadura laica de Mubarak le garantizaba y decididamente en contra de los cambios socio-políticos que su generación está impulsando en el país.

Ahmed está enamorado de Italia, la frecuenta e incluso allí ha tenido una novia. Ahmed estima mucho a Silvio Berlusconi, tal y como estimaba a Hosni Mubarak. Considera a ambos como garantes de la democracia. Ahmed piensa que Italia es el país donde tal vez podría encontrar a una chica para casarse. Ya había estado cerca, después de todo: “italianos, egipcios, una cara, una raza”.

En cambio, España le resulta demasiado liberal y excesivamente frívola: “España sólo es follar”, me dijo. El machismo, la homofobia, el oscurantismo religioso, la conservación y el culto a la personalidad del sultán son, ahora, las características de Italia más fascinantes para un joven egipcio excluido de los cambios de su propio pueblo.

Ya parecen muy distantes, y quizás perdidos para siempre, los tiempos en que el puente entre Roma y Oriente estaba formado por el helenismo, el amor visceral por la belleza y el humanismo laico del emperador Adriano. Un español, por cierto.

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¿Papa o Zarigüeya?

Un reciente estudio de la George Washington University (o cualquier otra institución americana, que da lo mismo…), por fin me ha confirmado una sospecha que guardaba desde hace mucho tiempo: el cerebro humano se encoge.

No se trata sólo de la degeneración inevitable que le ocurre al ser humano después de cuatro Barça-Madrid o de una exposición forzosa al desfile de superficialidad de Callejeros Viajeros, más bien hablamos de un fenómeno natural relacionado con el envejecimiento. La disminución llega alrededor del 15 por ciento de nuestro cerebro. Otros factores que, además de la edad, pueden afectar o acelerar ese proceso son el estrés y la depresión, junto con algunas concretas condiciones y estilos de vida, que ahora les vamos a elencar, para sus alegría.

El dolor de espalda crónico puede causar una reducción del tamaño del cerebro de hasta un 11 por ciento. Yo, por ejemplo, poseo una espalda inútilmente larga (de hecho, siempre estoy sentado o tumbado) y totalmente carente de músculos. Llevo tiempo pensando en comprarme un corsé ortopédico, para obligarme a mantener una postura correcta y, al mismo tiempo, infligirme un poco de mortificación a la carne, algo que nosotros los judeo-cristianos nunca rechazamos.

El alcohol, y el vino más que la cerveza. Confieso ser un buen bebedor, pero no soy un gran aficionado a la cerveza. El orujo y el vino, en cambio, son compañeros inseparables.

Adicción a Internet. ¿Qué puedo decir? Ya les he hablado de las maravillas del teletrabajo

La falta de sueño. No es que duerma poco, el problema es que necesito plazos bíblicos. De hecho, sin mis 12 horas de sueño no soy persona.

La falta de sol. Bueno, digamos que la última vez que salí de casa, la Duquesa de Alba aún se podía considerar un buen braguetazo.

Marihuana. El estudio se llevó a cabo con grandes fumadores, con un promedio de cinco porros al día durante veinte años. Digamos que todavía no juego en esa liga de profesionales, pero sí tengo talento.

La religión. Aquí el estudio podría perder toda su credibilidad (en caso de que nunca la hubiera tenido…) y, en todo caso, es el único punto de la lista que me falta. Aunque sólo parcialmente.

De hecho, cuando era niño quería ser espía, pero ahora el encanto vintage de la Stasi ya no es replicable, el KGB se ha evaporado en el vodka y al Mossad ya no le quedan nazis para cazar. De modo que el segundo sueño que tenía de pequeño, ahora es el que más estimula mi fantasía: me gustaría ser Papa.

Sería un Papa muy campechano, como le corresponde a un rey de una monarquía absoluta. Disfrutaría mucho más que los dinosaurios actuales que vegetan en el Vaticano. Aprovecharía el rollo de la infalibilidad para echar chorradas urbi et orbi, a las que todo el mundo, por supuesto, tendría que obedecer. Haría obligatorio tomar zumo de pera tres veces al día, impondría la escucha de Marvin Gay en escuelas y hospitales y ordenaría a los fieles que caminaran hacia atrás durante tres cuartos de hora cada primer jueves del mes; o también argumentaría, sin reír, que las mujeres tienen alma desde hace sólo cinco siglos (ay no, esto lo han dicho de verdad).

De hecho, mi medio favorito, mucho más que los periódicos, la televisión y la radio, siempre ha sido el balcón. Es mi tipo ideal de comunicación: me asomo, pontifico durante una media hora sin interrupciones, la gente me escucha y, cuando termino, me largo sin más. Sería realmente un gran Papa. También me encantan los sombreros raros y ofrecería un gran espectáculo sobre el papamóvil, saliendo de la papacueva. En resumen, todo encajaría a la perfección.

La única alternativa del mismo nivel de la de ser Papa, podría ser la de convertirse en zarigüeya. De hecho, deben saber que la zarigüeya, a través de una estimulación adecuada, puede entrar en un estado que se aproxima al coma, que puede durar hasta cuatro horas. El bicho se cae de un lado, con la boca y los ojos bien abiertos y la lengua afuera, emitiendo un líquido verde con olor apestoso desde el ano. Esto generalmente desalienta a la mayoría de los depredadores.

Como pueden ver la elección no es nada fácil. Las dos figuras tienen su propio encanto. Tal vez, convertirse en Papa presuponga un menor esfuerzo intelectual y puede que, con más de treinta años, ya sea mejor conformarse. Por otro lado, desde Cambridge, el profesor Simon Laughlin, un neurobiólogo, afirma que la inteligencia humana ya ha alcanzado su máximo desarrollo posible y que la evolución no da para más, porque también las neuronas tienen sus límites. De modo que si de verdad es así, tenemos que tomar nota y no pretender lo imposible.

Sin embargo, la religión sigue siendo un argumento interesante, lástima que la gente se lo tome demasiado en serio, hasta el punto de que a alguien, por ejemplo en un país nórdico, con poco sol, noches de verano muy cortas y poco sueño, buenas conexiones a Internet y un consumo elevado de alcohol, se le encoja demasiado el cerebro y decida matar a docenas de personas con una ametralladora.

En realidad, es bastante comprensible, es decir, si disfruto leyendo mucho, acabaré teniendo ganas de escribir; si me gusta comer bien, antes o después, es probable que quiera cocinar; y si, en cambio, me paso todo el tiempo entreteniéndome con el más allá y con lo que habría después de la muerte, pues es normal que acabe deseando crear un poco de esa muerte…

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Risk!

Definitivamente he encontrado mi nuevo héroe. Se trata de Niko Alm, un joven empresario austríaco que posó para la foto del carnet de conducir con un colador de pasta en la cabeza, símbolo religioso de los pastafarianos. El “Espagueti Volador”, el Dios de los pastafarianos, por fin me ha dado la respuesta a la madre de todas las preguntas: ¿Qué hay después de la muerte? Una carbonara.

De modo que con una renovada confianza en el futuro y un espíritu verdaderamente milenarista me aventuro en previsiones apocalípticas para este montón de piedras, agua y cremas solares que es la Tierra. Mi conocido sexto sentido de araña me dice que nos acercamos a una buena guerra. Eso sí, no será mañana o pasado, pero vamos hacia esa dirección. Que es un poco como decir que nos acercamos al fin del mundo o la vejez: es decir, una cosa natural. Esta sensación, combinada con una gran pasión por el juego de mesa Risk, me lleva a imaginar un escenario global dividido por tres jugadores: Estados Unidos (EEUU), China y Eurusia.

(Aviso a los navegantes: a partir de ahora el tono dejará de ser satírico, para convertirse simplemente en una inútil chapa. Para los que quieran leer algo más serio, como siempre, les consejo nuestros amigos de lavanguardia.es, que les entretendrán con la interesante historia de la mozzarella de búfala catalana).

Según un texto de geopolítica muy en boga en los años setenta, Guerra y cambio en la política internacional de Robert Gilpin, cualquier sistema político se mantendrá estable, siempre y cuando ningún actor tenga un incentivo para el cambio y, sobre todo, hasta que el sujeto hegemónico, en nuestro caso EEUU, tenga los recursos necesarios para su defensa. El problema es que, una vez alcanzado un equilibrio entre costos y beneficios de una expansión, los costos de mantenimiento del statu quo tienden a crecer más rápidamente que la capacidad de su financiación, con el consiguiente riesgo de crisis fiscal de la potencia dominante. Bueno, hasta aquí es más o menos crónica de las últimas horas.

Si la situación continúa de esta manera, el sujeto hegemónico llega inevitablemente a la decadencia económica y política. Frente a este desafío, a su vez, el país dominante puede responder de tres maneras. En primer lugar, tomar medidas sobre la gestión interna de sus recursos económicos. En segundo lugar, la disminución de los compromisos internacionales, reducir los gastos de defensa y/o una redefinición de las prioridades de política exterior, con el abandono de los escenarios no estratégicos. Y aquí también estamos bastante cerca de la actualidad.

Por último, la tercera vía es aprovechar la ventaja militar para recuperar el terreno perdido en la economía, optando por una guerra preventiva. Esta guerra va a dar lugar a una redistribución del poder entre los Estados. Sucedió con la guerra del Peloponeso entre Esparta y Atenas, con la Guerra de los Treinta Años, con las guerras napoleónicas, y, finalmente, con la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Obama, por ahora, parece haber optado por la retirada estratégica. Hoy en día EEUU se encarga de la mitad del gasto militar mundial, y muchos piensan que, en tiempos de crisis, tal vez sea el momento de dejar a sus aliados europeos a su destino, privándolos de la sombrilla militar que los ha protegido durante 62 años. El Pacto Atlántico ya está superado.

En tema de guerras preventivas, útiles para reducir el esfuerzo, la clave es la tempestividad y creo que EEUU ya ha perdido ese momento. Para poner en seguridad su dominio planetario, América habría tenido que ir a la guerra contra China después de Tiananmen. Los chinos estaban muy mal armados, tenían la artillería rusa de los años 50 y, aparte de algunas camisetas, no producían nada que sobreviviera al primer lavado. Una gran parte de la población estaba dispuesta a rebelarse, facilitando la entrada en masa de capitales estadounidenses y la compra del país. Un remake del Plan Marshall. Luego, al igual que los británicos después de las Guerras del Opio, habrían podido fomentar el nacionalismo cantonés con la división en al menos cuatro estados (China del Norte, China del Sur, Tíbet y uno o dos repúblicas asiáticas, Uigur y demás).

Sin duda, habría sido una tragedia sin precedentes, con millones de refugiados, pero los Estados Unidos, recientes ganadores de la Guerra Fría, en ese momento tenían la autoridad moral y el poder para hacerlo. Ya no es así. EEUU se ha deleitado durante veinte años con su supremacía mundial, perdiendo la visión estratégica, cuidando sólo de las fuentes de materias primas en una guerra sin sentido e innecesaria contra el Islam, aliándose con Pakistán en lugar de con India y cuando se ha dado cuenta de China ya era demasiado tarde.

Ahora el gobierno chino cuenta con el apoyo de la mayoría de la población, los jóvenes son más conformistas que los de los años 80 y ven el resultado de dos décadas de industrialización y desarrollo. Quieren vivir como occidentales y no se preocupan demasiado por los derechos civiles y políticos. Son nacionalistas y esencialmente están agradecidos a sus élites políticas. Las economías del mundo dependen cada vez más del mercado chino que del americano, que, en cambio, no hace otra cosa que crear burbujas aterradoras. Por otro lado, China ha logrado el récord mundial de consumos y desde hace dos años se ha vuelto el mayor importador de petróleo de Arabia Saudita, superando a Estados Unidos. La reducción de los recursos alimentares y el crecimiento de la población han creado un nuevo colonialismo agrario, llevado a cabo principalmente por el Celeste Imperio, que ha conquistado vastos territorios de América Latina y de África, con moneda en vez de armas.

Al mismo tiempo, las bases militares estadounidenses rodean China en el Pacífico, con una doble línea desde Japón a Filipinas. China importa el 80% del petróleo a través del Estrecho de Malaca, por el que la supremacía naval en el Pacífico es esencial para su existencia. Sin embargo, ahora quien manda en los mares es EEUU, que todavía tiene mucha credibilidad y, finalmente, el poder, que proviene de su fuerza militar. La guerra preventiva, de momento, parece congelada en función de una guerra de desgaste.

En cuanto a Eurusia, el eje Moscú-Berlín (el gasoducto North-Stream) ya es una realidad y está destinado a reforzarse por el bien de ambos. Mi visión de Europa es muy similar a la medieval. Ya que una verdadera unidad federal no se realizará nunca, confío en el nacimiento de una gran federación dividida sobre la base de distritos regionales económicos y productivos, cuyas principales tareas comunes sean delegadas a partes de esa, de acuerdo con el ejemplo supremo de Carlomagno. De modo que los francos, grandes guerreros, serían los responsables, junto con los turcos neo-otomanos, de la defensa. La que fue la Liga Hanseática (Alemania, Países Bálticos y Escandinavia), junto con Suiza, Holanda y las ciudades del norte de Italia se dedicaría a la producción industrial y al comercio, de acuerdo con la tradición de la tierra que inventó los bancos y la figura del comerciante-empresario. Los británicos, en cambio, no son parte de Europa, hay que asumirlo de una vez. Todas las demás regiones, que no creen problemas y que se conformen con el sol y el turismo, que ya es mucho.

Desafortunadamente, debido a la expansión del culto de los espaguetis, ya no será el Vaticano como en la Edad Media quien proporcione el sustrato ideológico-religioso común, habrá que inventarse otra cosa (¿Eurovisión? ¿La Champions?). Luego, dejaremos que Alemania ocupe Polonia y aplaste el Grupo Visegrád (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia), pro-estadounidense y esencialmente hostil a la tenaza de Eurusia, que Francia se tome Bélgica (de hecho, Marine Le Pen ya acaba de proponer la anexión de Valonia a la Republique, o sea, que vamos bien), además de otras necesarias simplificaciones territoriales. No obstante, ça va sans dire, seremos firmes en la protección de la mozzarella de búfala catalana.

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El Estilita

El otro día mientras estaba a punto de comenzar la gran revolución de nosotros-los-jóvenes-rebeldes-de-internet, mirando en el Youtube unos vídeos subversivos de gatitos, me encontré con una noticia que ha desviado por un momento mi indignadísima atención de los preparativos para la conquista del planeta.

El artículo trataba de un par de simpáticos ladrones que habían establecido una estrategia criminal nada mala. El primero depositaba dos maletas dentro del maletero del autobús que transporta a los turistas Ryanair desde el aeropuerto de Girona a Barcelona. El segundo se quedaba encerrado en una de las dos maletas. La otra estaba vacía. Al ponerse en marcha el autobús, el contorsionista salía de su escondite y, armado de una linterna y una lezna, abría y saqueaba los equipajes de los pasajeros, guardando el botín en la valija vacía. Después volvía a ponerse a piltra en su trolley y al llegar a la estación era retirado por su cómplice.

Bueno, ésta para mí es una manera de ganarse la vida digna de mención. Implica riesgo, ingenio, habilidades técnicas y acrobáticas no comunes. Yo, en cambio, teletrabajo y nadie me toma en serio. Ni siquiera los seres más queridos, a los que, por pereza, siempre termino proporcionando versiones fantasiosas para justificar el mísero sueldo que percibo. De hecho, es sabido que el trabajo determina la opinión sobre las personas y que la consideración y la estima de la gente proceden exclusivamente del dinero que se produzca con el trabajo, o, en caso de falta de dinero, de la fama que seamos capaz de adquirir. En un contesto social normal, a falta de dinero y de fama, para obtener la consideración de los demás, como minimo tienes que trasplantar gratuitamente corazones a niños mutilados.

El teletrabajo, sin embargo, tiene también aspectos positivos. Para un sociopata como yo, representa el antídoto a la ferocidad del mundo. Te concede el calor del hogar durante lo fríos días de invierno. Puedes cultivar luminosas dermatitis que te acompañarán por el resto de tu vida junto con la escoliosis. Cada media horita puedes averiguar si el Madrid y el Barça finalmente han fichado a Maradona, Marilyn Monroe y John Belushi, como se aseguraba media hora antes, controlar que en Bélgica no se haya, por error, formado un gobierno, mirar el color de la ropa interior de Lindsay Lohan, explorar un poco de porno casero, aprender que la alcachofa de Navarra cura/causa el cáncer y encontrar al menos un par de razones para indignarse tan fuerte contra el capital, los bancos, el gobierno y el vecino de arriba, que no podrás evitar comprar una tienda de acampada en el Decathlon… ¡Y todo eso únicamente abriendo la homepage de LaVanguardia.es!

Aún así, nadie te toma en serio. No puedes decir que estás cansado, porque nadie te creería. No puedes decir que no te apetece salir de casa, porque nadie lo entendería. No puedes quejarte del tráfico, del tiempo, de las mierdas de perro, del terrorismo internacional, de los policías, de los chinos o de los gallegos, porque nadie te tomaría en serio. Por qué trabajas en casa. Eres como un niño de ocho años. El mayor problema del teletrabajo es que te quita el derecho a quejarte en público. Si te deprimes (y te deprimes con toda seguridad), tienes que apañarte solo. Ya no eres parte de los “normales”, perteneces a una especie de secta de pringados. Al igual que los metaleros o los panaderos. Cuando te das cuenta de eso, acabas descubriendo los foros, los blogs y las redes sociales y es allí que inicia el final del individuo.

Por lo general, no se juzga una cosa por lo que es, si no por lo que representa para los demás. Del mismo modo, el teletrabajo para los demás nunca será un trabajo real, ya que se asocia inevitablemente con el concepto de hogar, que es incompatible con el de trabajo. No hay nada que hacer. Es como juntar el jamón con la nocilla. A menos que no se abra un puticlub (y no se crean que no me lo haya planteado), tele-trabajar nunca gozará del mismo prestigio de trabajar. Una condena a la mediocridad que no puedo aceptar.

Así que creo que renunciaré. No solo al tele-trabajo, si no que al trabajo en general. Los que consideran que el ocio es el padre de todos los vicios, en realidad están diciendo que ser libres es el padre de todos los vicios. Por otra parte, hace siglos ociar era considerado noble y trabajar vergonzoso y yo con el pasado siempre me he llevado mejor que con el presente y con el futuro. Se preguntarán cómo podré sobrevivir. Bueno, muchos de mis ilustres predecesores, como Buda, Lao-Tsé, o San Francisco, han encontrado la armonía en la renuncia a los bienes materiales y en la peregrinación. Moverse continuamente para no depender de nada.

Ahora, en términos generales, estoy de acuerdo con esa idea, sin embargo, la movilidad constante ínsita en el concepto de nomadismo, en mi caso ya se ha vuelto impracticable por la atrofia muscular causada por años de teletrabajo. Si ya no estoy acostumbrado a estar de pie, figúrense a caminar. Además, también la peregrinación me parece una forma de inquietud y de búsqueda constante de factores estabilizadores externos. El peregrino también depende de la aprobación del prójimo y de su acogida, en cambio yo quiero eliminar cualquier vínculo y dependencia del mundo exterior.

De modo que mi modelo de libertad sigue siendo el del estilita, que luego ha sido remoldeado, con su habitual laxísmo, por los cristianos, a través de la figura del ermitaño. Ya ven que esfuerzo, vivir una vida entera en un refugio de montaña. Por mi firmaría ahora mismo. En cambio, el estilita transcurría el resto de sus días sentado encima del capitel de una columna. Una experiencia mucho más radical y merecedora. Ahora sólo tengo que encontrar una columna con un par de entradas USB.

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Ayrton, el Héroe

Publicado por El Destilador Cultural

Senna, del director británico, Asif Kapadia ( Far North) probablemente es el mejor biopic que haya podido ver durante los últimos años. Siempre he sufrido una forma de fascinación ambigua hacia las operaciones de hagiografía del héroe, a menudo realizadas por Hollywood y alrededores. Por un lado, me conquistan, ya que la magnitud de las historias memorables, fuerte del poder de atracción gravitatoria de sus grandes masas, consiguen interceptar la atención del polvo atmosférico formado por los anónimos como yo. Por otro lado, sin embargo, siempre he logrado mantener una reserva de escepticismo, debida principalmente al rechazo de la grandeza ajena, en nombre de una hipotética (cuanto poco probable) futura grandeza personal. Envidia, dirían los pobres de lenguaje.

Senna‘, sin embargo, es otra cosa. En primer lugar es un documental y no una reconstrucción imaginaria de la vida de una personalidad monumental. Siempre me han dejado perplejo las formas con las que se describen los grandes hombres en las películas biográficas. Se suele arrancar de la certeza de que también fueran grandes adolescentes y, antes de eso, incluso grandes niños. En cambio, ‘Senna‘ empieza por donde tiene que empezar: las carreras. Las orígenes de Ayrton no se encuentran en las favelas, al revés, son las de un hijo de una rica familia de blancos paulistas, que ha podido continuar en búsqueda de la velocidad gracias al dinero de los padres. La construcción del mito personal empezó únicamente desde el momento en el cual se puso en la pista.

Viví en primera persona aquella epopeya, porque tenía los años adecuados y la pasión para los motores, que me deriva del haber nacido en la misma tierra del mito ferrarista. La Fórmula 1, antes de que se convirtiera en el departamento de I+D de los grandes fabricantes de coches, era uno de los deportes más románticos y (paradojicamente) humanos que hubiese. Era el desafío supremo del talento del hombre que arriesgaba su vida para demonstrar su valor en la manera más clásica y épica que exista: la velocidad. Era como la corrida de toros. Pero el ser humano desafiaba únicamente a sigo mismo y sus límites. No había otras víctimas, si no el mismo héroe.

Ayrton Senna era todo esto. Era el héroe perfecto. Bellísimo, astuto, inteligente, sensible, ganador, humano e inadecuado a la política, porque talento puro. Como envergadura filosófica se trata casi de un personaje de Werner Herzog: un hombre que protagonizaba duelos públicos con la “naturaleza” y a menudo salía ganador. Hasta el final trágico y épico. Ciertamente, esta es la visión de quién, como yo, ha profundamente amado e intenta, con mucha dificultad, seguir amando este deporte. La misma visión que, obviamente, ha animado a los que realizaron este documental. Ayrton no era un santo y no era perfecto. También perdió o ganó mal. Pero la muerte joven y trágica le ha hecho inmortal e inalcanzable por otros mitos del deporte moderno.

Las imágenes de archivo presentadas en el documental son extraordinarias. Se trata en gran parte de material privado proporcionado por la misma familia Senna y de secuencias exclusivas, que, por primera vez, la sociedad que gestiona los derechos de la Fórmula Uno ha aceptado publicar. Por lo tanto, podemos asistir a las reuniones técnicas de los pilotos antes de las carreras, que ofrecen una visión sin precedentes de la realidad del circo de la velocidad. Donde un presidente déspota y hosco debe mantener a raya a los numerosas gallos de un gallinero rico, pero frágil, ya que fundado sobre la danza del límite. Sobrepasar el confín podría significar el fin de los juegos, sin embargo, no intentar alcanzarlo resultaría igualmente un fracaso.

Del mismo modo, las caras de los pilotos, de la gente real, tienen una fuerza que ni el mejor escritor, con el respaldo de los actores más intensos, habría podido alcanzar. Alain Prost y Senna ponen en escena una rivalidad tan visceral y autentica que sería impensable en el deporte plastificado y dominado por los patrocinadores al que estamos acostumbrados hoy en día. Las imágenes de Ayrton que, destrozado por la fatiga, es incapaz de levantar el trofeo de una carrera dominada, o los fotogramas robados al piloto en la soledad de su monoplaza, antes del inicio de su última puesta en escena, cuando parece (parece) que supiera lo que iba a pasar, poseen una fuerza dramática extraordinaria. A partir de ese terrible domingo 1 de mayo de 1994, este deporte ya no ha sido el mismo y por primera vez en mi vida me di cuenta de que la inmunidad no existe. Incluso los héroes mueren.

Senna‘ es cine y es cine muy potente. Pero no estoy cierto que lo sería para todos. Personalmente, me hizo revivir las mismas emociones de hace casi veinte años. La misma confusión e incredulidad para la muerte inaceptable de un hombre que no podía, ni debía morir. Por supuesto, incluso en este relato, la ‘leyenda‘ a menudo supera el ‘hombre‘, y las empresas deportivas acaparan la admiración del espectador, que todavía hoy se queda extasiado por el tamaño de gestas que parecen desafiar a los dioses y evocan el mito clásico de Prometeo y de la ‘hybris‘ humana. Por otro lado, ¿que es el deporte, si no leyenda, epopeya y mitología? El deporte necesita héroes y Ayrton lo fue, a pesar de que sus ojos, capturados en la soledad de los boxes, a menudo revelan la naturaleza frágil y profundamente humana del campeón.

Tal vez sea este el mérito principal de la obra de Kapadia. Probablemente sin darse cuenta, el director, que quería entregar el mito deportivo inmortal a la historia del cine, ha tenido que ceder ante la urgencia de la naturaleza profundamente humana y mortal de Ayrton Senna da Silva.

Únicamente en el final, el cine revela su esencia de ficción. Cuando, después de las imágenes oceánicas del funeral en Brasil, Ayrton vuelve a la vida, sonriendo, invencible e inmortal, como ningún ser humano puede ser, por desgracia.

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No soy Francés

Publicado por ElEuropeo.es

Hace aproximadamente un mes un grande de mi deporte favorito, el ciclismo, ha cumplido 75 años. Se trata de Raymond Poulidor. Francés. Su nombre es legendario y se ha vuelto una antonomasia. Es decir, que su apellido encarna un concepto, como Stajanov, como Lapalisse. Poulidor ha pasado a la historia del deporte y del costumbre como el eterno segundo. Un destino ingrato para quién, en realidad, ganó mucho (incluyendo una Vuelta de España y numerosas ‘clásicas’), pero su suerte queda inevitablemente ligada a la del Tour de Francia. Ha participado a 14, terminado 12, pero no ha habido ni un sólo bendito día en el que Poulidor haya podido llevar la camiseta amarilla de líder. La acarició en varias ocasiones, pero nunca la pudo agarrar. Fue segundo por detrás de Anquetil, y cuando no hubo Anquetil, fue segundo por detrás de Gimondi, y cuando no hubo ni Gimondi ni Anquetil, fue segundo por detrás de Merckx. La leyenda cuenta que Anquetil, casi al borde de la muerte, le llamó por teléfono para decirle: “Ni siquiera esta vez lo conseguirás, terminarás segundo”. Sin embargo, o tal vez justamente por eso, Raymond Poulidor es el ciclista y el deportista (y no solo) más querido de Francia. Ya lo era cuando corría, lo ha sido aún más desde que se retiró en 1977.

Me pregunto si este tipo de fenómeno podría ocurrir en otros países distintos de Francia. Los súbditos de Sarkó aman visceralmente ese tipo de historias, son maestros de la queja y del pesimismo y una derrota emotiva casi siempre les resulta más apetecible que una victoria fría. Un reciente estudio, encargado por la empresa suiza Gallup Internacional, ha evaluado el nivel de optimismo de un centenar de países. Por supuesto, Francia es el líder del pesimismo. Las reacciones a la crisis económica mundial han sido diferentes y en Europa, en general, el aire no es nada alegre. Los más optimistas parecen ser los alemanes, mientras que los franceses adelantan en pesimismo a países como Afganistán, Pakistán e Irak, naciones con algunos problemitos más que los parisinos… El estado de ánimo es bastante melancólico también en Gran Bretaña, mientras que parecen más optimistas los españoles y los italianos, países que están constantemente al borde del precipicio. Incluso África ve su futuro lleno de oportunidad. ¿Acaso demasiado sol vuelva irresponsablemente optimistas? ¿O es que el tener demasiado acostumbra mal? La revista alemana Der Spiegel, comentando el sondeo, se ve un poco despistada, ya que “los franceses entre nosotros todavía gozan de buena reputación y de una cierta envidia, se consideran artistas, capaces de disfrutar del lado más dulce de la vida y con una buena cocina que saben imponer a nivel mundial”. Ya, claro, aún así, al parecer, no es suficiente. A non ser que seas el jefe del Fondo Monetario Internacional, que entonces todo te parecerà perfectamente legal…

Personalmente considero el pesimismo como una buena arma defensiva: nunca hacerse ilusiones. Como sentencia el sabio Marvin, el robot paranoide de la obra maestra de Douglas Adams, Guía del autoestopista galáctico: “Lo bueno de ser pesimista es que estás destinado a tener una grata sorpresa, o a estar en lo cierto”.
Esta es una visión que me ha guiado durante mucho tiempo, pero en los últimos años algo ha cambiado. Por supuesto sigo cultivando el arte acrobática de la ‘no ilusión’, porque antes de todo predomina el instinto de auto-protección, pero la fascinación hacia la negatividad ha perdido mucho del encanto que tenía en juventud. Aunque a menudo me guste ocultarlo y me prepare públicamente a lo peor, tiendo instintivamente, en la intimidad de mis sinapsis, a centrarme en la parte media llena del vaso.

El ‘spleen‘ baudelairiano ha dejado de interesarme realmente cuando tenía quince años. La negatividad y el lamento constante ya se me hacen intolerables. A medida que pasan los años, más me cuesta soportar el pesimismo preventivo. Nunca he sufrido del mito romántico de la derrota. Del Romanticismo, del Sturm und Drang, me he limitado a utilizar la parte que servía para ligar. Pero también ese atractivo, sanados los granos, se ha fundido como pus al sol. A los mitos modernos de la derrota deportiva, como Jean Alesí o Roberto Baggio (ustedes me disculparán las referencias italocentricas), siempre he preferido ganadores antipáticos como Michael Shumacher o Alessandro Del Piero. De Jim Morrison y Kurt Kobain he sido un admirador musical, no un exegeta del mito auto-destructivo. Cuando me encuentro con una película biográfica sobre el típico ‘bello y maldito’ (cualquiera, total, todas tienen más o menos la misma estructura), me entusiasmo por el ascenso al éxito, pero cuando llega el inexorable descenso al infierno, me deprimo, monta una especie de sensación de malestar físico, que a menudo desemboca en el mando de la tele. No acepto la derrota como catarsis. Me toca las narices. Muy pocas veces (en extrema joventud) he votado para partidos de protesta, marginales o de simple vocación testimonial. No me sirve para pacificarme la cocienca el hecho de formar parte de una ultra-minoría iluminada y inevitablemente condenada a la irrelevancia. Debo admitirlo: me gustan Ronald Reagan y Michael J. Fox. Me gusta ganar como sea, joder!

¿Por lo tanto, soy un casposo reaccionario, neo-burgués, cripto-fascista sin alma? Es posible. Ciertamente, soy un miope irresponsable, además carezco de espíritu crítico y a menudo me niego a ver la realidad. Como mi madre que se auto-convencía de que lo que a veces me encontraba en la mochilla fuera oregano… Pero el deleite de la queja, a la francesa (o a la catalana, si me permiten…) no va conmigo. Probablemente porque vengo de un país donde las expectativas son tan bajas y la conciencia de que la queja no será escuchada es tan arraigada, que he aprendido a contentarme con los aspectos positivos que casi siempre consigo encontrar, incluso en el peor mal servicio.

Por lo demás, es cierto que me encanta el cinismo, pero el cinismo no tiene nada que ver con la negatividad. Es un esquema de interpretación, no una visión. Un método, no una función. Se puede perfectamente ser cínicamente positivos. Siempre pensé que el pesimismo fuera una consecuencia inevitable del envejecimiento, como la prostatitis. Por el contrario, noto como con los años que se suman, me está pasando exactamente lo contrario. Y eso que mi vida no marcha precisamente hacia el rotundo triunfo… Afortunadamente, me he salvado también del virus de la coherencia. Tal vez simplemente me he atontado antes de tiempo, como los ancianos que se vuelven niños y ya no saben enojarse, después de haberse enojado demasiado.

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Sex & The Ciber

Sí, admito que el título era una trampa. Pero ahora que ya estás dentro, más vale seguir adelante. Algunos de mis intereses principales son la lingüística, la política, la era digital y, en menor medida, el sexo, entendido como debate sociológico. Así que el otro día, estaba curioseando en Internet en búsqueda de porno catalán. La urgencia de autodeterminación lingüística y política del pueblo catalán me fascina y por esto buscaba pistas también en el mundo del cibersexo. Bien, algo he encontrado, aunque, en realidad esperaba toparme con exóticos títulos en idioma. Algo como: “El teu cogombre m’agrada molt“, “La Lladre i els seus Mossos“, o incluso, “Visqui la independencia de les meves natges!“. En su lugar me encontré con un rodaje en gallego: “O divino ferrete“. Nada, de momento, en euskera.

El sexo en la Red ha sido siempre un tema que ha captado gran parte de mi tiempo. Como estudioso del comportamiento humano, por supuesto. A menudo me he preguntado sobre cuales tipos de cambios respecto a los hábitos sexuales habría provocado la ola de estímulos de cualquier tipo, forma y tamaño, que Internet ha vuelto de fácil acceso a todo el mundo. Cuando la adolescencia golpeaba como un martillo sobre mis hormonas, hace ya unos años, todavía no existía la posibilidad de acceder al mundo virtual y había que buscar satisfacción con los catálogos de ropa interior. Las nuevas generaciones, en cambio, están invadidas por estímulos eróticos, especialmente visuales. Las posibles consecuencias, en mi opinión, son dos: la aparición de ejércitos de erotómanos empedernidos, o, por el contrario, la pérdida de atractivo de la esfera sexual, inflacionada por exceso de oferta.
Yo diría que se están produciendo ambos fenómenos. Por un lado, vemos como sube constantemente el listón de la perversión. O de la originalidad extrema, si lo prefieren. En segundo lugar, se certifica un cierto desapego del sexo real, a menudo considerado demasiado complicado y comprometedor.

A Billion Wicked Thoughts (Mil millones de pensamientos perversos), es un libro producido en los EE.UU. por dos “expertos” del sector, Ogi Ogas y Sai Gaddam, que se ha preocupado de elaborar un mapa del consumo sexual en la Red. Los dos autores se han limitado a tomar las bases de datos de algunas de las web más grandes y concurridas de porno gratuito y se han puesto a estudiar las palabras clave que los usuarios escriben en búsqueda de la perversión deseada. Según el estudio, el público se compone aproximadamente por un 75% de hombres. Aunque la popularidad de las mujeres adultas (Milf) no alcanze las alturas estratosféricas de las adolescentes (Teen), es justo subraiar como cada vez más haya hombres buscando vídeos de mujeres de cincuenta años. Incluso aumenta el número de gente rastreando vídeos de abuelas. Las búsquedas por mujeres un poco regordetas son muy superiores a las por chicas piel y huesos, mientras que la longitud del pene es un requisito importante para todo tipo de público, también masculino y heterosexual.

Una de las perversiones 2.0 que más me fascinan es la de los llamados ‘furry‘. Se trata de personas normales, si “normal” significa para usted desear ser un lobo bisexual de dos metros con la menstruación, un pene, cuatro pechos de mujer y un fetiche para el cuero negro. Esta gente sueña con ser y acostarse con animales de peluche antropomórficos, de una cierta estética japonesa y atributos sexuales múltiples y post atómicos. Cuando me encontré con la doble penetración anal de un delfín, decidí que ya podía tirar el módem. Había llegado al final de Internet. Sabía que iba a suceder tarde o temprano. Estuvo muy bien, pero ahora ya no hay realmente nada que pueda sorprenderme. Hace apenas unos años nos aseguraban que la Red iba a cambiar la economía mundial, que la nevera se habría encargado de hacer la compra y que conectando un electrodo con el oído nos habríamos encontrado nadando en el Pacífico. Todo esto se ha revelado un farol, mientras que la novedad substancial presentada por el web ha sido la de haber reunido y dado voz a todos lo que, por sus dudosos gustos, normalmente no habrían podido salir de casa sin temor a recibir un puñetazo en la garganta. Además del desbordamiento de las perversiones, también es justo decir que Internet ha afectado el atractivo del sexo real.

Una noche, en un apartamento en Nueva York, una mujer anunció alegremente a las demás invitadas: “Pagaría a alguien para que se acostara con mi esposo”. La declaración fue recibida con risas y sin asombro, incluso parece que una chica aplaudió. Es lo que escribe Meg Wolitzer, escritora estadounidense, que se ha preguntado en el New York Times, si esa no represente una señal del fin del sexo, algo que, sobre todo, está implicando a las mujeres de más que treinta años. Se trata de una nueva lista de prioridades, en la que la cama se utiliza para la lectura antes de dormir, trabajar, estar en Facebook, ver películas porno, lo que sea con tal de no practicar sexo real.

El otro día fue al dentista. Hacía años que me negaba a ir. Como siempre en estos casos, desde una trivial limpieza de dientes ha brotado una serie interminable de males terribles, que solemnemente la joven señorita con la bata, trataba de venderme como la antesala del infierno. Gingivitis, placas, papiloma, e incluso una lesión de menisco. ¿Pero él menisco no estaba en la rodilla? No, al parecer hay algunos meniscos lesionables también en la mandíbula. Sin embargo, el higienista no ha logrado intimidarme. De hecho, me resulta difícil tomar en serio las preocupaciones de la odontología. En cambio, la sensación que me dominaba, mientras que la doctora me estaba hurgando en la boca con las manos enfundadas en el látex, era la excitación. Un instinto irracional e incontrolable que me empujaba a chupar los dedos de la dentista para ver cómo iba a reaccionar. Me encontraba obviamente bajo la influencia alucinatoria de las bombillas de neón plantadas en la cara, pero el rostro de la doctora cubierto por la máscarilla, que dejaba a la vista sólo dos hermosos ojos negros, me llevaba a la mente sugestiones de Oriente Medio. Un harén de la higiene oral. De hecho, en el estudio de mi dentista son casi todas mujeres, que vagan por los pasillos autoritarias y enigmática, con la cara ocultada y listas, al despiste, para meterte las manos en la boca. Sin duda se trata también de una perversión, impulsada por el deseo de dominación y control y un toque de masoquismo. Yo diría casi que una forma de placer anal retentivo (en el sentido freudiano). Una sensación que además ha sido amplificada por la capa de vaselina que la amable doctora me untó en los labios (sí, mi dentista es diferente).

Bueno, tal vez debería haber filmado todo, para luego ponerlo en YouTube y probar el efecto que da.

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Guerra y Paz

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Las que empezaron como poéticas rebeliones, más o menos pacíficas, de pueblos oprimidos que, cabalgando el moderno y el posmoderno (Twitter y Facebook, Wikileaks y Al Jazeera), fueron capaces de cambiar la historia, ahora se han embotellado en la más clásica de las guerras civiles, incluso tribales.

El Mediterráneo ha forzado de nuevo a todo el mundo, ansioso de volver la mirada hacia los amplios espacios del Pacífico (después de haber chapoteado durante mucho tiempo en el Atlántico), a redirigir su atención hacia ese charco en donde se asoman tres continentes, tres religiones y alrededor de seiscientos millones de personas. El siglo XXI, dominado por los Estados Unidos del hawaiano Obama y por los ambiciosos países BRIC (Brasil, Rusia, India y China), y que ya parecía olvidarse de la vieja Europa y del pequeño Mare Nostrum, ha tenido que volver a mirarnos. ¿Y nosotros cómo nos hemos hecho encontrar? Pues, como siempre, en ropa interior, con los platos sucios y tirándonos de los pelos.

Alemania se ha declarado contraria a cualquier intervención militar en Libia, se ha abstenido sobre la resolución de la ONU contra Gadafi, ha retirado hombres y barcos desde el mando de la OTAN en el Mediterráneo y bromea constantemente sobre los errores de la coalición. La Francia hiper-agresiva de Sarkozy se ha involucrado en una guerra personal contra el Coronel, ha atacado sin esperar a los aliados, bombardea convoyes y almacenes y se opone al traspaso del mando de las operaciones a la OTAN. A los pocos días, Alemania ha destruido la credibilidad política de la UE, mientras que Francia ha destrozado la de la OTAN, reducida a una especie de club de fumadores en tiempos de guerra al tabaco. Por otra parte, el eje franco-alemán ya había mostrado una admirable lucidez durante la reciente crisis sísmica y nuclear de Japón. Angela Merkel, a la espera de que se calmaran las aguas y las placas, congelaba durante tres meses una “leyecilla” suya, que establecía la extensión de la vida de las centrales nucleares alemanas, únicamente por miedo a perder unas dichosas elecciones regionales. La ultranuclearista Francia antes aseguraba que “no estaba pasando nada”, luego precisaba que tal vez era mejor que todos los súbditos de Su Carlà estacionados en Japón volvieran rápidamente a su país, donde, es sabido, sus 59 centrales nucleares hornean deliciosas madeleine de mantequilla…

Italia, por lo muy poco que pinta, envió a sus ingenieros a Tokio para medir el nivel de las radiaciones y descubrió que las de Roma eran muy superiores… Y eso que ni siquiera tiene centrales. Por lo de Libia, primero (y por boca de Culo Flácido) no se quiso molestar al Coronel. Segundo se le dió por derrotado y exiliado. Tercero nos dió una pena tremenda y personal. Cuarto volamos, pero no disparamos. En fin, que estamos, pero no estamos, según antigua y exitosa tradición. España contribuye a la no-fly zone, con el envío de un submarino… Vete a saber. Queda Inglaterra, que con Europa no quiere tener nada que ver y que si hay que jugar con los cañoncitos nunca se echa atrás.

En fin, que Europa no existe. Los programas de cooperación militar están en declive incluso en comparación con los años 80 y 90, la época del Eurofighter y también la política de abastecimiento energético, que debería ser común, ve a todo el mundo proceder en esplendida soledad. La Alemania del Nord Stream (el gasoducto ruso-alemán) anuncia el abandono de la energía nuclear y también de las operaciones contra Gadafi; al mismo tiempo, Francia defiende sus centrales y se tira de cabeza sobre el gas del Coronel… ¿Acaso han oído una sola palabra salida de la boca de esa figura mitológica que es el Mr. Pesc, el supuesto superministro de política exterior de la Unión? Qué va, aquí cada uno a su bola.

Nuestros vecinos de la Liga Árabe, el único posible mediador creíble de cara al Perro Loco de Trípoli, no han quedado mucho mejor. De hecho, parece que hayan vuelto hacia antiguas y nunca superadas posiciones de ambigüedad levantina. En primer lugar han reclamado a grandes voces la creación de una no-fly zone. Inmediatamente después de haberla obtenido, han comenzado a criticar los ataques necesarios para que ésa funcione. Charlan continuamente de pan-arabismo (que solo aquel genio de George W. Bush podía creérselo), cuando en realidad se odian y se envidian entre sí, como bien han demostrado los cables de Wikileaks. Los estados árabes (y no son los únicos) nunca asumen la responsabilidad de hacer lo que pretenden que sea hecho por otros, y luego, cuando lo obtienen, comienzan a aplaudir en público y a criticar en privado, o viceversa. Egipto y Túnez no han cambiado nada.

Considero que la resolución 1973 de la ONU ha sido un acto políticamente inevitable. Más que nada para pegar una apariencia de sentido sobre esta polvorienta institución notarial, superada por los tiempos y por los hechos. El problema real es que la resolución ha sido escrita mal y deprisa, dejando prácticamente mano libre a todos. Además, como siempre, explica cómo empezar, pero no cómo acabar. Al igual que con las centrales nucleares, o con los últimos conflictos que tuvimos el placer de vivir, somos muy hábiles para comenzar las cosas, pero pésimos para llevarlas a cabo. De hecho, los estadounidenses ya tienen pesadillas cuando oyen la expresión exit strategy. También por esa razón, y a pesar del petróleo y del gas libio, esta vez los yankees tienen una prisa de mil demonios para quitarse el “marrón” de encima y volver a mirar hacia el pacífico Pacífico.

Para mí la guerra no es un tabú. No soy un pacifista. Soy un tipo pacífico, pero no un pacifista. El tabú de la guerra, de hecho, es anti-histórico y un poco ingenuo. La que vivimos es una época (relativamente breve, en una perspectiva histórica) de pequeños conflictos regionales, con los cuales se amplían sin muchos daños las respectivas esferas de influencia. Sin embargo, tarde o temprano, tenemos que lidiar con el hecho de que “Cartago delenda est”. Es decir, que la guerra, incluso de las grandes, antes o después se monta, de lo contrario, no hay movimiento (hacia adelante o hacia atrás, para bien o para mal). Además, y a lo neto de todos los intereses más o menos ocultos de los occidentales, con un personajito como el Michael Jackson de Libia, que bombardea sin problemas a su propio pueblo, era difícil negociar armados sólo de sonrisas y diplomacia. Los romanos, que ciertamente le daban a las armas sin muchos escrúpulos, sintetizaban: “Dum Romae consulitur, Saguntum expugnatur”, es decir, mientras que en Roma se discute, Sagunto ha sido expugnada.

Por otra parte, siempre se puede apoyar a los gobiernos anti-intervencionistas reconocidos por su profundo respeto de los valores democráticos, como es el caso de China (mosqueada porque, de escaqueo, se estaba comprando media África para asegurarse las materias primas que no tiene y que necesita) o de Rusia (a la que le encanta decir que no a todo, así, por diversión). Ambas, en realidad, están evidentemente preocupadas por el riesgo de contagio revolucionario.

Queda claro entonces que se están perfilando despliegues globales cada vez más definidos. También por eso, hoy, me siento tal vez menos europeo, pero más occidental. De hecho, antes o después, en un bando o en el otro habrá que meterse.

En cambio, otra opción muy útil sería la de ponerse en pelotas y correr a manifestarse en favor de la paz en alguna plaza de Madrid o San Francisco, para luego ir a chupar los techos de las casas de los pitufos para ver si es cierto que colocan…

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Happythankyounoseque

Publicado por El Destilador Cultural

Si ustedes intentaran aconsejarme una película, esperando convencerme con frases como, “Es una historia adorable que conquistará tu corazón”, o “Es un redondo canto generacional”, es muy probable que acabe buscando una llave en el bolsillo para rayaros la puerta del coche. Las comedias románticas no son lo mío, es cierto. El poco interés que pude encontrar en ellas fue asesinado hace años por el bisturí que desfiguró para siempre el rostro adorable de Meg Ryan. Sin embargo, estos fueron los comentarios de la ‘crítica’ a Happythankyoumoreplease, escrita, dirigida y protagonizada por Josh Radnor (Cómo conocí a vuestra madre y ‘No es otra estúpida película americana’), que ganó el premio del público en el Sundance Film Festival y que, sobre todo, ha sido presentada como la encarnación del legado fílmico de Woody Allen.

En pocas palabras, la trama. Sam (Josh Radnor) es un aspirante escritor en busca de historias. En el metro se encuentra con un niño abandonado, Rasheen (Michael Algieri) y decide cuidar de él, pasando de las autorizaciones legales necesarias. Mientras, conoce a Mississippi (Kate Mara), con quien comienza una relación amorosa. Al mismo tiempo, la mejor amiga de Sam, Annie (Malin Ackerman) busca y, quizás, encuentra el amor con un hombre que al principio odiaba. Por otro lado, Charlie y Mary (Zoe Kazan y Pablo Schreiber) están poniendo a prueba sus relación con un dilema: quedarse en Nueva York o emigrar a Los Ángeles en busca de fortuna.

Como se puede ver el guión es muy clásico, como, por otra parte, es el caso también de muchas de las obras de Allen. Ya porque está claro que si todo el mundo se empeña en hablar de Woody, pues, yo también empezaré a comparar y mis expectativas crecerán peligrosamente… Efectivamente Nueva York está allí. Es hermosa, llena de colores, entre el Central Park y Brooklyn. Están los cafés literarios y los teatros off-off Broadway. La luz es la correcta, tal vez no estemos en los niveles de Gordon Willis o Carlo Di Palma, pero es adecuada. También hay mucha música, eso si, ni jazz, ni clásica, si no más bien un pop generacional. Están las parejas en crisis por varias razones. Incluso nos encontramos con un tema clásico del director neoyorquino: el odio hacia Los Ángeles en comparación con su amada Gran Manzana y a un cierto punto de la película la inspiración se vuelve homenaje patente, cuando Mary y Charlie, al regresar de una noche en el cine, sugieren, sin nombrarlo, al autor de ‘Annie Hall que sea un poco menos productivo y que “dedique una par de años a su esposa-ex hija”.

En resumen, el espíritu de Woody está muy presente, pero carece del todo su cuerpo. Los personajes de la ópera prima de Radnor resultan bastante predecibles y bidimensionales. En los diálogos no se percibe rastro de humor, o bien, se intuye la intención, pero el resultado se queda años luz de distancia incluso de los trabajos más cansados del Maestro. Personalmente, y vale que soy un rancio, he logrado sonreír sólo cuando el protagonista afirma haber podido dormir a su joven amigo gracias a una fuerte dosis de Leonard Cohen… El juego coral entre las parejas es prácticamente ausente y las tres mini-historias resultan esencialmente independientes. El esquema parece elegido más para llenar el guión que para crear una dinámica de grupo, con la sospecha concreta de que ninguna de las líneas narrativas aguantaría un desarrollo autónomo. En uno de los pasajes más honestos de la película se vislumbra la admisión, puede que involuntaria, de este límite. Ocurre cuando Mississippi reprocha a Sam el hecho de que a él le gusten “los cuentos, mientras que yo estoy en busca de una novela”.

La película se abre con una exhortación al protagonista, el aspirante escritor, a volverse “la voz de nuestra generación.” Casi parece una declaración de intenciones. El deseo de escribir una comedia romántica fuera de los Estudios, independiente e actual. Hecha por trentañeros, para trentañeros. En realidad tampoco se trata de un proyecto muy original y creo que  las intenciones no han sido seguidas por acciones. Los clichés, de hecho, son muchos. A partir de la relación entre el adulto inmaduro solitario y el crío solitario pero maduro. Esa dinámica, por ejemplo, se desarrolló con mucho más brío en ‘About A Boy‘, gracias, sobre todo, a la escritura de Nick Hornby. Además, esta historia de que todos los hombres sean siempre, irremediablemente, inmaduros comienza a cansar un poquito. Vale si, somos inmaduros. ¿Y qué? Es nuestra naturaleza. Una mujer que busque a un hombre maduro es como un chico que quiera encontrar a una chica sin menstruación. Simplemente es imposible. O, de todas maneras, en ambos casos habrá que esperar, por lo menos, hasta los cincuenta años. Otro tópico es el que dibuja una Nueva York en la que todos son artistas. Escritores, cantantes, pintores, incluso el pequeño Rasheen es un Jackson Pollock en miniatura. Aquí, por desgracia, no hay ‘Cajeros‘…

Finalmente, lo que destaca de Happythankyoumoreplease es la dificultad que esta generación encuentra para contarse a si misma con sinceridad y también la cruda realidad de que para pintar frescos ligeros y brillantes de las relaciones de pareja, el viejo judío con sus setenta y cinco años sigue siendo insuperable. Desde la perspectiva de la comedia romántica ’500 días juntos‘ resultaba probablemente más lograda (aún así, dejo juzgar a los apasionados del género), por lo que se refiere, en cambio, a la comedia generacional, nos quedamos bastante lejos de éxitos como, por ejemplo, Bocados de realidad. Sin embargo, estos podrían ser los puntos de referencia de Radnor, unos ámbitos donde podría construirse su nicho de mercado. Al revés, presentarlo como el nuevo Woody Allen es la mejor manera de matarlo en la cuña.

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Hay Esperanza

El otro día el gusto por el masoquismo y la mortificación de la carne y del espíritu que me derivan de una educación católica nunca completamente encubierta, han hecho que asistiera a toda la noche de los Goya. Una verdadera viacrucis. A menudo, el aburrimiento que produce este tipo de celebración es comparable sólo a la mala calidad de las obras ganadoras. Lo mismo, por supuesto, se puede decir de los Oscar, de los MTV Awards, o del Eurofestival.

Los Grammy no representan ninguna excepción. Merecen la molestia de la visión como mucho para supervisar el estado de descomposición física de alguna divinidad clásica. Al respecto, busquen los vídeos de Bob Dylan septuagenario tambaleando durante una versión coral de “Maggie’s Farm o de Mick Jagger que homenajea Solomon Burke con “Everybody needs somebody to love”. En los últimos años, además, el monopolio de las “social network’s stars” ha sido tan difundido, cuanto doloroso. Ya porque Twitter, Facebook y socios no han generado solamente las revoluciones en el norte de África o el culto a la personalidad de Julian Assange, sino que también la nociva difusión de modelos musicales efímeros como Katy Perry o Lady Gaga. Y tampoco es que la década inmediatamente anterior, con Britney Spears y Christina Aguilera, hubiese regalado fenómenos mucho mejores. Es curiosa, de hecho, la declinación femenina de esa terrible deriva de la música Made in Usa.
Sin embargo, la última edición de los Grammy ha consagrado una figura femenina que se diferencia del pésimo estándar general. Se trata de Esperanza Spalding, ganadora como Mejor Nueva Artista.

En primer lugar, confieso: antes de los Grammy no tenía idea de quién fuera. Así que, intrigado, he investigado y lo que he encontrado no está nada mal. Se trata de un jazzista de veintiséis años semidesconocida a nivel internacional. Es de Portland, Oregon, y ha publicado tres discos: Junjo en 2006, Esperanza en 2008 y Chamber Music Society en 2010, que ya he procurado descargarme (si, podría decir comprar, pero ¿quién se lo va a creer?).

Esperanza es una elegante polinstrumentista, cantante y contrabajista. Comenzó a tocar el violín a los 5 años, luego estudió con su madre y se convirtió en primer violín de la Chamber Music Society de Oregón. Empezó a seguir clases de jazz como espectadora y, más tarde, se graduó al Berklee College, donde asumió el papel de profesora de contrabajo a la edad de 20 años. La música de Esperanza, al igual que las influencias que han marcado su formación, es un conjunto de culturas, influencias e idiomas diferentes, una mezcla de jazz, experimentación, pop y ritmos brasileños. Ha colaborado con músicos de primer plano como Stanley Clarke, Pat Metheny, Donald Harrison, Joe Lovano y la cantante Patti Austin.

Su disco homónimo, de 2008, es el que más me ha gustado. Se abre con “Ponta de Areia”, que introduce a las que serán las sonoridades de todo el álbum: cantada con naturalidad y elegancia en portugués, su voz juega entre las líneas del bajo y de los coros, acompañada por el piano de Leo Genovese y las percusiones de Jamey Haddad y Otis Brown. “I Know You Know” o “Precious”, se ven dirigidas a un público más amplio, pese a los altos niveles de calidad. Digna de mención también la inédita versión del estandard “Body & Soul”, propuesta por primera vez en castellano. Su último trabajo, Chamber Music Society, cambia de registro. Siguen apareciendo las notas (bienvenidas, por lo que me compite) de word music, como en “Chacarea” (siempre con Genovese) o en “Inútil Paesagem”, pero aquí entra incluso la sombra de Frank Sinatra en un dueto impecable con Milton Nascimento en “Apple Bossom“. Además, Esperanza impresiona de verdad con su voz en “Knowledge of Good and Evil“. Sin embargo, puede que haya cargado demasiado el disco de tonalidades otoñales, mientras que personalmente ya empiezo a estar un poco hartito del frío… De modo que el álbum que le ha dado el Grammy acaba sonándome demasiado construido y ‘limpio’.

En fin, reconozco que las atmósferas son sugestivas y que se trata de un artista ni siquiera comparable con la basura que ha invadido la escena musical mundial. O sea que Esperanza es decididamente bienvenida. Chamber Music Society, por ejemplo, es un álbum perfecto para ser escuchado de fondo, mientras trabajas, o si quieres aparecer lo suficientemente sofisticado en una fiesta un poco esnob… Sin embargo, y con ganas de encontrarle algún defecto, confieso que mis preferencias se dirigen más bien hacia un tipo de jazz más despeinado. No voy a decir más auténtico, porque aquí no hay nada falso (es decir, por suerte no estamos en frente de una Amy Winehouse del jazz…), pero si hecho en falta un toque un poco más irreverente.

Pero bueno, una vez acabada la cena, no se aprecia la cuchara… Además, estoy orgulloso de haber sido capaz de escribir este artículo sin mencionar el hecho de que Esperanza Spalding, entre sus muchos méritos, también es guapísima.

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Como conejos

Publicado por El Europeo

En Italia, es sabido, somos gente extravagante. Pese a la inmovilidad más absoluta, no descartamos la posibilidad de adhesión a ninguna causa, especialmente las más absurdas. Hace algún tiempo, por ejemplo, estaba leyendo el estatuto de la asociación Regreso Dulce, que se propone reducir la población mundial a dos mil millones de personas.

La pasada semana la ONU ha dado una alarma: en 2070 seremos 9.400 millones de seres humanos. Demasiados. Siete mil millones, en cambio, es el número de habitantes que nuestro planeta alcanzará a finales de este año. Sólo en Europa desde principios de 2011 nacieron cerca de 800 mil niños: 2,5 por segundo. Y luego dicen que los jóvenes son unos vagos. Aunque la tasa de fecundidad haya venido disminuyendo desde hace medio siglo (pasó de 4,9 en 1950, a 2,6 en 2010), en términos absolutos nos estamos acercando a cifras insostenibles. Desde 1995, cada año en la Tierra se han añadido un promedio de 79 millones de habitantes. Esto se debe, sobre todo, a una mejora de las condiciones de salud y a la reducción de la mortalidad. Baste decir que en los países en desarrollo la esperanza de vida ha aumentado desde 42 a 68 años, sólo en el último cuarto de siglo. A partir de 2070, de acuerdo con las hipótesis más realistas, y si no nos habremos cargado antes el planeta, empezará un lento y dificultoso decrecimiento. La fertilidad tenderá a disminuir en la mayoría de los países, debido a una mayor educación y a estilos de vida que se irán occidentalizando.

En resumen: cuanto más culto eres, menos niños haces. Ahora, yo siempre he presumido de una cierta cultura. Nada especial, por supuesto. Algunos libros leídos, algunas películas vistas, muchas citas superficiales listas para el uso y, sobre todo, un aire pedante bien estudiado. ¿Tendré entonces que sacar las consecuencias de mi naturaleza incluso respecto a la remota hipótesis de poderme, algún día, reproducir? Creo que sí.

A nivel global queda bastante claro que las nuevas generaciones tendrán que luchar por los escasos recursos que les dejaremos. Nuestros hijos nos verán como gordos y viejos ávidos que les irán robando el pan de los dientes. Tampoco estarán del todo equivocados y existe la concreta posibilidad de acabar como Crono. No soy tan valiente, de modo que evitaría ese riesgo. Tal vez una buena guerra, como las de antes, refrescaría el ambiente. Eliminaría especialmente a los jóvenes, pobres y hambrientos. Pero tampoco es tan seguro que nos dejaría fuera de la hecatombe. Demasiado peligroso.

A nivel personal las dudas aún son mayores. Convivir con un bebé es como meter en casa un camión. Ambos generan mucho ruido, olores desagradables y no escuchan cuando les hablas. Pero, por lo menos, para el camión uno puede sacarse un carnet y saber cómo pilotarlo. Un hijo, en cambio, es un salto al vacío sin manual de instrucciones. ¿Y si luego te sale, yo que sé, pepero, o, peor, abogado? No lo soportaría. Además, soy demasiado egocéntrico, terminaría obligándole a seguir todas mis pasiones, querría plasmar mi clon personal sin posibilidad de rebelión. Y, en caso de que se opusiera, no le regañaría (no soy creíble cuando estoy enojado), si no que le pondría morros. Sí, porque, entre otras cosas, también soy monstruosamente inmaduro y no acepto competencia interna bajo este aspecto. El niño mimado soy y seguiría siendo yo. Chato, no hay sitio para los dos en este apartamento. En el que, dicho sea de paso, vives sin pagar el alquiler.

Aún así, reconozco que jugar con las maravillas de la ingeniería genética y la posibilidad de crear una pequeña criatura hecha a mi imagen me fascina. Sería un poco como tener un Mini-Yo, pero menos inquietante. Podría enseñarle las nociones básicas de la existencia, como, por ejemplo, el hecho de que matricularse en un máster es completamente inútil, o que para conseguir un buen mojito, hay que picar el hielo muy finito. Pero ni siquiera así estoy seguro de que valdría la pena. Es que realmente se debería amar mucho a la humanidad para querer asistir a su proliferación incontrolada y, desde luego, no es mi caso. Es cierto que una vez que nos hagamos mayores, mejor sería poder aprovechar del soporte familiar para derrotar a la melancolía, pero yo soy italiano y últimamente me he enterado de que incluso en la vejez todavía se puede pasar genial

Supongo que el varicocele latente que llevo cultivando con amor desde hace unos años y la insistencia inconsciente con la que dejo que las radiaciones de mi móvil se propaguen desde los bolsillos de mis pantalones hacia mis partes íntimas, pues, delata la falta actual de cualquier instinto paternal.

Sin embargo, no se puede tomar una decisión definitiva. Tampoco es necesario, la verdad. Aunque el curso natural de la biología plantee límites claros. Quizás en el futuro podría optar por la adopción. Sin agobiar el planeta con la multiplicación de mis genes. Adoptaría a un joven de unos treinta años, con una buena posición en el mercado laboral. Un braguetazo de adopción. Pero, pensándolo mejor, también la de adoptar es una opción un poco radical. Mucho compromiso. En fin, tal vez la solución perfecta para mí podría ser el alquiler. De hecho, creo que empezaré a buscar alguna buena oportunidad en el Loquo.

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¿A que hora es la Revolución?

Venid madres y padres
desde todo el país
y no criticad lo que no podéis entender
vuestros hijos y vuestras hijas
están fuera de vuestro comando
vuestra vieja carretera
envejece rápidamente.
Por favor, salid de la nueva
si no podéis echar una mano
porque los tiempos están cambiando

Hace tres años me compré una guitarra. No era la primera vez. A lo largo de mi vida he intentado varias veces producir música simplemente rodeándome de instrumentos, como si su mera proximidad tuviera el poder de infundirme la ciencia del pentagrama. Por desgracia, no funciona así. Por otra parte, soy un consumidor bulímico de música y habría querido ser capaz de contribuir activamente a la creación de nuevas obras de arte capaces de cambiar el curso de la humanidad. Siempre he envidiado el talento y he tratado de neutralizar la frustración almacenando nociones teóricas y bibliográficas. De hecho, es sabido que los que no sepan practicar, enseñan o critican la teoría.

De todas formas, también esa guitarra acabó pronto encerrada en un armario. He abusado de ella durante varios meses, hasta que, ya completamente desafinada, se volvió incapaz de producir sonidos perceptibles por el oído humano. La simple incapacidad de afinar el instrumento ha detenido una vez más mi curiosidad y la pereza prevaleció.

Al mismo tiempo he empezado a pensar que salir por la noche, sin un objetivo concreto que no fuera simplemente “ver a gente”, era una pérdida de tiempo e incluso emborracharse ya no me parecía una perspectiva tan interesante. Cuando me atrevo, la resaca es una agonía que dura días. He empezado a notar que la barbilla descuidada que durante años me había parecido un grito valiente y desafiante de rebelión, ya me sugería una impresión inquietante de desorden y que era mejor regularla un poco. En mis escuchas la intransigencia cristalina del cuatro cuartos ha sido sustituida progresivamente por sincopas contradictorias y ambiguas. He comenzado a sentirme incómodo con la camisa puesta fuera de los pantalones y por la mañana me he sorprendido erradicando aventureros pelitos negros que intentaban escapar de mi nariz. Cuando escucho la palabra “revolución”, mi cinismo me procura inmediatamente una reacción alérgica. Me interesa la economía. Definitivamente ya no soy un joven.

En cualquier caso, nunca he sido un corazón de león, y ahora, sin duda, soy mucho más cauteloso que hace diez años. Sin embargo, quizás por la cobarde ilusión de que los demás vendrán a resolver mis problemas, me parece vislumbrar algo en el horizonte, o tal vez sea sólo la esperanza de ello. Y después de todo, si Ratzinger puede hablar de educación sexual, yo puedo hablar de los jóvenes.

Apenas nos encontramos al principio. De década, de siglo e incluso de milenio. En muchos sentidos, el siglo XX cerró partidos que estaban abiertos desde hace siglos, desplazando el eje de equilibrio del mundo hacia áreas demográficamente más activas que la anciana Europa. Las minorías residuales de los jóvenes de Italia, España, Francia, Inglaterra, Grecia e Irlanda, compuestas principalmente por personas post-ideológicas, nacidas después de la caída del muro de Berlín, en los últimos meses han comenzado a manifestar por razones aparentemente diferentes pero con un objetivo común: ®existir.

Al margen de la menor difusión del LSD, hay otra gran diferencia con las revueltas estudiantiles del 68. Aquellos chicos tenían un programa. Fue un movimiento anti-autoritario, que aprovechaba la ola demográfica occidental post-bélica y aspiraba a una sustitución en el poder, también sobre base numérica. En cambio, la protesta de la juventud de hoy es una forma de auto-defensa. Más simple, más anárquica, pero tal vez más urgente. Es una guerra para la supervivencia de la especie.

Los anuncios en la televisión alternan promesas de coches inalcanzables, con los que endeudarse para una década, y cremas contra ‘el efecto del tiempo’, dirigidas a personas que jóvenes ya no son, pero quisieran parecerlo. Los adolescentes consumen poco y están fuera del mercado; ya ni siquiera son un target para los publicitarios. Los pocos (porque son pocos, a pesar de que mucho más llamativos) privilegiados se comportan como adultos envejecidos de forma prematura. En los EEUU el 20% de las mujeres que usan Botox tienen menos de 34 años, y entre los 13 y 19 años se realizaron nueve mil cirugías de mama el año pasado. El futuro, en una sociedad que desea congelar el presente, que le tiene miedo a todo, ya no existe. Ha sido abolido.

El desempleo afecta al 40% de los chicos entre 15 y 24 años en España, el 20% en la zona de París, el 25% en la de Londres. El 29% en Italia. En todas partes, para los jóvenes la precariedad se ha convertido en norma. Millones ya no estudian ni trabajan. Están allí, en la orilla, esperando que algo suceda.

Stéphane Hessel no es un joven. Tiene 93 años. Participó en la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial y fue uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hessel es un anciano señor que escribió un folleto de 32 páginas titulado Indignez-vous!. Tengan la fuerza de indignarse. Ha sido el best-seller del año en Francia. “La razón básica de la Resistencia era la indignación. Nosotros, los veteranos de ese movimiento, pedimos a la generación más joven revivir los mismos ideales”.

El pasado 17 de diciembre en Sidi Bouzid, una pequeña ciudad de Túnez, la policía se incautó del banquete de frutas abusivo de Mohamed Bouazizi, de 26 años, licenciado. El joven protestó y le abofetearon. Luego Mohamed escribió un mensaje en Facebook y una carta a su madre. Le pidió perdón con esta frase memorable: “Dirige tus reproches a nuestra época, no a mí”. Entonces se presentó delante del edificio del gobierno, se roció con gasolina y se prendió fuego. Ha sido el comienzo de una revolución.

Túnez, igual que Albania, es parte de un mundo regido por ancianos; sin embargo, a diferencia de Occidente, aquí los jóvenes son la mayoría y lo que se puede perder sigue siendo menos que lo que se puede ganar. Es a partir de ahí, entonces, que irremediablemente deberá empezar el cambio. Que involucrará a todos. A pesar de que parezca lejano o improbable, recordémonos que hasta el día antes es imposible saber cuándo se alcanzará y superará el nivel de aguante.

De modo que, como se decía en aquella película: “¿A qué hora es la revolución? ¿Será mejor venir comidos o en ayunas?”.

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El zodíaco e Ingmar Bergman

No soy una persona supersticiosa. Pero ni siquiera soy un ‘muyahid’ de la racionalidad. Algunos rituales, algunas leyendas, me despiertan curiosidad, no las rechazo a priori. De alguna manera me fascinan. El horóscopo, por ejemplo, no es que me lo crea de verdad, faltaría más, pero la narración es interesante. Aparte que siempre es útil tener ciertos conocimientos de astrología. Durante las fiestas, en sociedad, es un recurso muy eficaz. Especialmente con las mujeres. No nos engañemos, es cierto que la astrología encuentra su mayor audiencia entre la población femenina, de modo que dominar por lo menos los puntos cardenales del tema nos proporcionará un argumento de conversación inmejorable. Bueno, ya veo escuadrones de mujeres mortalmente ofendidas, listas para perforarme con horcas ardientes. Calma. Para los hombres también valen prejuicios similares. De hecho, cualquier ‘machote’ que durante una cena con los colegas no sepa alinear un par de agudas reflexiones sobre la evolución del fuera de juego, quedará irremediablemente marginado de cada contexto con alta tasa de testosterona.

Después de todo, astrología y fútbol tienen mucho en común. Ambas son mitologías. Como las del panteón griego con las aventuras de Zeus y Afrodita. No fascinan por la veracidad o la fiabilidad de los hechos que cuentan, sino por la estructura del cuento en sí. Sabemos (o, por lo menos, deberíamos saber…) que tanto el horóscopo como la gran mayoría de los deportes profesionales no tienen ninguna base de realidad, son relatos creados con el propósito único de entretener, tramas manipuladas para satisfacer el gusto y el interés del usuario. Sin embargo, aceptamos la ficción porque nos resulta útil, nos hace soñar y nos ofrece un mundo más inteligible, lleno de explicaciones exhaustivas y de personajes prototípicos hacia los cuales podemos experimentar simpatía u odio. Da lo mismo que se trate del pérfido Saturno o del maléfico Mourinho. Necesitamos superestructuras que nos provean un significado y una interpretación simplificada de la existencia.

En tema de supersticiones, últimamente me han informado sobre la existencia de un nuevo e interesante sujeto. Se trata del I-Ching, una especie de horóscopo chino muy complejo, capaz, al parecer, de proporcionar oráculos altamente fiables. Siendo por naturaleza incapaz de ignorar este tipo de fruslerías, he consultado la versión online. A la más tonta de las preguntas: “¿Triunfaré?“, el oráculo chino destrozó todas mis certezas con una respuesta tanto perentoria, cuanto ambigua: “¡Tienes que ir hacia el suroeste!“. La revelación me ha dejado horadado por un enorme signo de interrogación. ¿Qué demonio significa? ¿Quizás tenga que mudarme a Huelva para aprovechar de unas increíbles oportunidades profesionales en el campo del cerdo ibérico? ¿O tal vez era una profecía llegada con un retraso debido a la falta de actualización del software, y el oráculo, simplemente, quería decirme que mi traslado desde el norte de Italia a Barcelona fue decisión correcta y que de un momento a otro comenzarán a llover billetes de 500 euros por mi ventana? Misterio.

De todas formas, el vaticinio me dejó particularmente descolocado, porque me di cuenta de que estaba completamente fuera del camino. De hecho, tal vez por la atmósfera navideña que siempre se me inocula, llevaba meses dedicando la mayor parte de mi atención a los acontecimientos del norte de Europa. Una tierra que siempre me ha fascinado y que considero ideal bajo muchos aspectos.

Suecia, en particular, no es sólo el esplendor de la naturaleza incontaminada, muebles baratos o premios Nobel desertados, también es la patria del mítico Estado social o de la nunca suficientemente admirada Tercera Vía, la socialdemocracia lograda. Y vale que ahora el viento político ha cambiado, que ellos también están en Afganistán (y que a alguien la cosa le sienta particularmente mal), o que últimamente se ha puesto de moda la caza al inmigrante. Aún así, en fin, se trata siempre de una caza al inmigrante realizada dentro de un contexto de civismo ejemplar, respeto medioambiental y libertades individuales tuteladas. O sea, que ninguno es perfecto y tampoco podemos ir demasiado de delicados…

Entre otras cosas, también tocaría refutar ya la leyenda urbana según la cual el país escandinavo sería cabeza de lista en las estadísticas de los suicidios. En realidad, Suecia, minuciosa como es ella, simplemente ha sido una de las naciones pioneras en la introducción de estadísticas detalladas sobre la cuestión (cuando en otros países el tema seguía siendo un tabú). De hecho, la tasa de suicidios por cada cien mil habitantes en la Europa occidental es: Lituania: 38.6, Francia 17.6, Suiza 17.5, Austria 15.6, Suecia 13.2, Alemania 13.0, Portugal 11.0, España 7,9, Italia 7.1. Se trata de un fenómeno en aumento sobre todo en la Europa del este, donde se producen un promedio de 45 casos por cada cien mil habitantes, frente a los 4.8 de las naciones del Mediterráneo. También es cierto que en países como China, Irlanda, Nueva Zelanda y Australia, el suicidio es la causa principal de muerte entre los adolescentes menores de 15 años. Y luego no me digan que es porque en Australia hace frío o da poco el sol…

Desde luego que el clima y la comida escandinava no representan ningún atractivo. Sin embargo (tal vez…), estaría dispuesto a superarlo a cambio de la oportunidad de estudiar, comprar casa, curarme y moverme con facilidad y con la protección no opresiva de un Estado, que se hace, verdaderamente, comunidad. Hay culturas en el mundo, las más diferentes, que tienen como denominador común el respeto hacia los valores de la convivencia civil. Lugares en donde, a lo mejor no se organizarán fiestas locas o ‘botellones’ oceánicos, pero difícilmente intentarán timarte en el rellano de casa… Países en los que cada acción individual es funcional al bienestar de la comunidad. En Japón, por ejemplo, si te tiras bajo un tren para suicidarte, tus herederos deberán pagar por los daños…

De todas formas, lo del suicidio sigue siendo un tema muy complejo y por supuesto no lo solucionaremos aquí. Solo quiero decir que, más allá de la esfera estrictamente personal, creo que las razones para un elección tan dolorosa pueden encontrar respaldo tanto en las dinámicas de sociedades atrasadas e injustas, cuanto, paradójicamente, en las de las comunidades más avanzadas y civiles. La falta de costumbre a la lucha diaria por la supervivencia, el no tener que preocuparse por las necesidades básicas, de hecho, podría causar debilidad, una especie de ausencia de anticuerpos contra la depresión, que, al igual que la ansiedad, es una enfermedad de la prosperidad.

Es cierto que la paz y la tranquilidad de los paisajes majestuosos de la tundra sueca, durante los largos inviernos boreales, hacen que reflexionar sobre el significado de la existencia se vuelva casi obligatorio, y desde luego no es raro que demorando mucho sobre estos temas se llegue a descubrimientos desagradables. En estas latitudes han nacido genios absolutos que han sido capaces de enfrentarse de manera sublime a la madre de todas las preguntas, llegando a comprender como, a menudo, para encontrarle un sentido a la vida, se requiere el cumplimiento de una acción, incluso banal, pero que, como la vida misma, tenga un principio y un final. Como un partido de ajedrez.

A latitudes más meridionales, en cambio, otros genios distintos han decidido que ya habían tenido bastante. Que el hombre tal vez no esté hecho para vivir cien años. Y cuando llegas a entenderlo, ya no importan el clima, la comida o lo que prometen los oráculos. Es suficiente una ventana para rodar un último, espectacular final.

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El país de Bungawalia

El Estado de Bungawalia no será conocido por muchos, pero bien sabemos que fronteras y toponimia en el continente africano varían con la velocidad de una corriente oceánica. Bungawalia es en muchos sentidos la cuña de la civilización africana y mundial; un Estado bendecido por los dioses y destruido por los hombres. Durante décadas ha sido una nación relevante en la política internacional, pero en los últimos treinta años ha sufrido una degeneración implacable que lo ha llevado al borde de la autodestrucción. En realidad, hacia los bungawalianos siempre ha existido un prejuicio que los pintaba como un pueblo ruidoso y liante, sin credibilidad. De alguna manera es como si esa gente se hubiese cansado de la mediocridad y hubiese decidido volverse definitivamente y orgullosamente lo que al fondo todo el mundo pensaba que fueran: unos payasos. Curiosamente, esta decadencia no se produjo como consecuencia de una de las numerosas guerras civiles que ensangrientan el continente, sino más bien como resultado, solo en parte inconsciente, de una parálisis lenta y constante de todos los órganos vitales del país. Un estado de coma progresivo que condujo a la farsa y la opereta (cánones musicales típicos de la zona), más que a la tragedia. Hechos sobre los que si no hubiesen pasado en Africa, no podríamos creer.

La clase dirigente ha cultivado a la población en la ignorancia, proporcionando un adoctrinamiento diario, durante treinta años. Desde la televisión (esencialmente el único medio de información y formación de valores sociales y de identidad frecuentado por los bungawalianos) se ha desarrollado una campaña intensa para incentivar el culto de muslos y tetas, de los atajos hacia un triunfo sin talento. Instintos tribales que han cosquillado una predisposición natural. Además de esta “revolución cultural”, hay que añadir la interferencia de la religión local, poderosa y despiadada, siempre dispuesta a apoyar a cualquiera con tal de mantener al pueblo en el conformismo y en la ignorancia, hasta hacer de Bungawalia el país más ‘talibán’ del continente.

También ha sido esencial la predisposición natural de la población a ser comandada. De hecho, es sintomático que Bungawalia sea uno de los pocos Estados africanos donde nunca hubo una revolución en milenios de historia. Siempre ha cambiado todo, para que no cambiara nada, como dijo un escritor local en un famoso libro. Un pueblo anciano y asustado. Gente acostumbrada a tener dueño, pero al mismo tiempo, individualista y anárquica, extraordinaria en las profesiones serviles (desde Bungawalia provienen muchos de los mejores sastres y cocineros), o autoreferenciales y sin reglas, como son todas las profesiones de arte, materia sobre la que, paradójicamente, desde esta tierra ignorante llegaron innumerables inspiraciones.

Durante los últimos dieciséis años, el país de alguna manera ha sublimado su naturaleza real, que ha llegado a su esencia, gracias a un hombre que ha encarnado (después de haber plasmado el modelo a través de las televisiones de su propiedad) su espíritu. Su nombre ya es legendario: Silvan Banana. Su acción ha estado a la altura de los dictadores más excéntricos de África, como Bokassa, desde el cual sólo le separa el canibalismo, por ahora. Por lo demás Banana lo ha hecho todo. Construyó un imperio económico y mediático gracias al reciclaje del dinero de la mafia local, sobornó jueces y testigos para comprar sentencias en los juicios en los cuales estuvo acusado, compró políticos para recibir protección para sus empresas, y cuando el sistema de poderes que le apoyaba se derrumbó, para evitar la cárcel decidió trabajar por su cuenta. Se aprovechó de las organizaciones criminales que controlan parte del país para crear (a través de bombas y atentados) las condiciones de tensión y miedo necesarias para propiciar su llegada al poder.

Desde entonces ha habido un crecimiento extraordinario de increíbles comportamientos públicos y privados, que hacen sonreír a nosotros desencantados europeos, pero que también ilustran el abismo a donde va cayendo el continente africano. Banana ha conseguido el monopolio del sistema televisivo. Ha hecho que se promulgasen leyes ad personam (su persona) para protegerse de los procesos (entre otras cosas, despenalizó la contabilidad falsa y realizó varios escudos para garantizar su inmunidad) y alentar a sus empresas dañando la competencia. Ha utilizado los servicios de inteligencia para crear falsos expedientes que deslegitiman a sus opositores políticos, se ha aprovechado de su imperio mediático para ocultar la realidad a los votantes, ha abierto los pasillos del poder a ex-strippers, ignorantes, xenófobos y mafiosos (en el sentido concreto de personas condenadas por graves delitos de mafia y no ‘mafiosos’ en el sentido de folclórico y genérico insulto, como a menudo se malinterpreta fuera de Bungawalia). Lo mismo que si en España hicieran ministro a un terrorista de ETA y una chica Interviú.

Silvan Banana, en una de sus muchas residencias principescas, posee un mausoleo personal, donde, se cuenta, ha instalado un sistema de hibernación. No es ningún secreto que B. confíe en llegar hasta los 120 años (ahora tiene 74). En estas casas organiza fiestas dionisíacas con chicas menores de edad, prostitutas, hermosas ministras y estrellas de la televisión. En uno de sus salones hizo instalar un trono de oro, rodeado de palos para la lap-dance. Aquí las chicas actúan para el sultán, que elige cuál de ellas pasará la noche con él en la cama que le regaló uno de los pocos aliados internacionales que ha mantenido: Vladímir Putin. El otro “amigo” que le queda es otro ejemplo de feroz dictadura folclórica africana: el coronel Gaddafi. Todos los líderes democráticos del mundo, de hecho, ya le evitan como a la peste.

Como en Rebelión en la granja de George Orwell, Banana ha sido capaz de crear enemigos imaginarios y variables sobre los cuales ha podido descargar toda la responsablidad por los problemas crónicos del país que nunca tuvo la intención de resolver. De modo que a veces la culpa era de los jueces (“enfermos mentales”), a veces de la anémica y en parte cómplice oposición (“portadores de hambre, carestía y muerte”) y de su electorado (“gillipollas”), o de los pocos periodistas independientes (“delincuentes”). Aún así, o, más bien, precisamente por esto, la gente, hipnotizada, siempre ha seguido creyéndole. El propio Goebbels, por otra parte, en la mucho más civilizada y desarrollada Alemania, dijo que repitiendo sin cesar una mentira, esta acabará convertiendose en realidad.

Ahora parece que el sol se hunda en el imperio de Banana. Los años que pasan inexorablemente, algunas mentiras que devuelven factura y unos amigos fieles que le abandonan. Sin embargo, no hay que confiar demasiado. Como todos los déspotas, el Caimán (así también le llaman) ha sido capaz de encarnar las categorías del amor y del odio. Muchas madres le quieren como a un hijo y varias hijas lo adoran como a un marido. Muchos hombres, por último, le envidian y le estiman por cómo ha sabido triunfar. Todos los bungawalianos de alguna forma son un producto del ‘bananismo’. Para Silvan Banana el país de Bungawalia es una de sus propriedades, que entiende ceder como herencia a su hija: la creación de la dinastía de régimen.

Todo esto sería impensable en las modernas democracias occidentales, y probablemente en la Europa civilizada nos sentimos seguros. El problema es que muchas veces, a lo largo de la historia, este pequeño país africano ha constituido un ejemplo convincente para muchos otros que se creían inmunes frente a semejantes locuras.

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Antoni Cumella



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El Diente del Prejuicio

No puedo soportar el ruido. De verdad, soy como un enorme diapasón recubierto de carne, que sufre una tremenda angustia física y psicológica cuando se encuentra sometido a fuertes vibraciones sonoras. Creo que mis graves lagunas visuales han aumentado mi percepción del sonido y ahora vago por la vida con la ansiedad sonora de un gato. A diferencia del felino, sin embargo, no es el volumen en sentido general lo que me produce pánico y rechazo. En los conciertos, por ejemplo, si la propuesta musical encuentra mi gusto, me encanta sentir el bombo reverberando dentro del tórax. Pero se trata de una sensación ordenada y casi táctil. No comunica un mensaje, si no una emoción. En cambio, lo que me entra por los oídos para descansar directamente sobre el cerebro con la pretensión de comunicar debe tener un significado. De hecho, el cerebro es la casa de la lógica y del orden, mientras que el tórax es la funda de la emoción. Así que lo que realmente no aguanto es la desorganización del sonido. El ruido no controlado, el caos, las bocinas, los gritos. Un tono de voz demasiado fuerte es algo que me paraliza, que me impide pensar y reaccionar, y, por supuesto, escuchar. De hecho, si hay una cosa en la que el ser humano ha aplastado a todos los demás animales, es su extraordinario talento para la producción de ruidos. Desde el nacimiento hasta la muerte, el hombre no es más que una prodigiosa máquina para la producción de ruidos ensordecedores y molestos. Las personas parecen entusiasmadas con la oportunidad de infligir su ruido a los demás. El concepto es: “Los sonidos que produzco son una expresión de mi extraordinario ser, imponértelos significa compartir contigo mi extraordinaria vida”. “Gracias, no hacía falta”.

A pesar de esta idiosincrasia, soy italiano. Profundamente y dramáticamente italiano. La imaginación colectiva desarrollada durante décadas gracias, sobre todo, a la cinematografía, pero también a los ejércitos en carne, huesos y chancletas floreadas de turistas italianos gritones, nos describe como personas ruidosas, obsesionadas con las mujeres y la comida, así como vagamente pícaros. Ahora, por mi parte confieso que me encanta la pasta, que en el fútbol antepongo el resultado al espectáculo y que me reconozco una cierta facilidad en la combinación de los colores, pero NO grito, respeto la ley (en la medida de lo posible…) y os aseguro que puedo aguantar hasta tres minutos sin empezar a aullar al paso de una joven hermosa.

El estereotipo sigue vivo, como demuestra el éxito de los “mapas de Europa según los estereotipos”, obra del artista búlgaro Yanko Tsvetkov, creada con la intención de reflejar la opinión que algunos pueblos europeos tienen cerca de sus vecinos.

Con estas cartas descubrimos que los italianos según los franceses son precisamente los vecinos simpáticos y ruidosos (también los griegos son ruidosos, pero no tan simpáticos y mucho más peludos…) mientras que los españoles son flamenquistas, los británicos asesinos de vírgenes y los polacos todos fontaneros. Desde el punto de vista alemán la península ibérica no es más que una extensión de hoteles y restaurantes baratos. Si, en cambio, la perspectiva es la de mis compatriotas, notamos como al este de la frontera se encuentran únicamente legiones de niñeras, ladrones y estrellas de cine porno.

Si, en fin, son los americanos los que observan Europa desde fuera, España y Portugal se reducen a departamentos de ultramar de México y Brasil (y dando un paseo entre los turistas que lucen orgullosamente su sombrero mexicano en las Ramblas de Barcelona se entiende fácilmente el malentendido generalizado), mientras que los franceses son gente apestosa y los italianos, como no, todos mafiosos…

El estereotipo es un pensamiento organizado, un esquema, una porción de sabiduría que utilizamos para entender la realidad de un grupo social. Un conocimiento que el individuo imagina poseer por defecto, sin la necesidad de nuevas investigaciones. Se identifica un objetivo, en torno al cual se organiza un conjunto de características ordenadas de forma jerárquica, para cristalizar una realidad muy variada y en movimiento, evitando de esta manera el esfuerzo necesario en captar los cambios y los matices. El estereotipo permite apropiarse de una imagen simple y proporciona la sensación tranquilizadora de una idea compartida, de pertenecer a un “nosotros”.

Es un fenómeno típico de la conservación. Sin duda surge de la pereza y de la ignorancia, pero es también una forma necesaria de organización del pensamiento. Nunca podremos llegar a conocer a todos los españoles o a todos los italianos del planeta, y las categorías generales, desde Aristóteles en adelante, son preliminares a cualquier razonamiento. El desafío consiste en evitar que los estereotipos/categorías se vuelvan los únicos recursos en que basar nuestros juicios, que tienen que depender, más bien, de la práctica y del estudio del particular. De lo contrario, nos encontraremos con el prejuicio, que por su naturaleza, es un fenómeno irracional, y, como tal, impermeable a cualquier crítica, a cualquier confrontación con la realidad. La religión, por ejemplo, es el terreno más propicio para el cultivo de los prejuicios, ya que se basa en la creencia irracional, en el concepto de comunidad exclusiva (los ‘elegidos’ y los mistificadores, ‘los otros’), y en la hostilidad a la libre difusión del conocimiento.

De modo que ya os podéis imaginar lo que hará este italiano expatriado, con la mente librada de los prejuicios, cuando dentro de poco recibirá la visita de un querido viejo amigo procediente de su tierra…

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El Trabajo del Mar

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